De nuevo nos faltaron los cinco centavos para el peso. Esos que tantas veces nos han faltado, que, si los hubiésemos ahorrado, a valor presente, hoy tendríamos un buen capital.
Media hora después de haberse terminado el partido seguíamos ahí sentados, con la mirada perdida en la pantalla, pensando en el gol que pudo haber sido y no fue; en las oportunidades que no se concretaron; en cómo era posible que después de salvarnos tantas veces de goles de los contrarios, de darnos la tranquilidad por tenerlo en la defensa, por ser nuestro poste guardián, Davinson no pudo concretar el penalty. Cómo fue posible que el ‘Cucho’ Hernández, que con su inolvidable acción hizo el pase para sellar la victoria contra Uzbekistán (cuando todo comenzó), esta vez no concretó.
¿Y ahora quién se levanta del sillón? Solo nosotros. Colombia está hecha de algo especial. Es necesario hacer el duelo, seguirá doliendo por varios años. El silencio que queda es ensordecedor. Si nos duele a quienes no somos ni familiares, ni amigos, ni remotamente conocidos de los jugadores, no quiero imaginar la noche que pasaron. Solo resta arroparlos, agradecerles por brindarnos la alegría que nos dieron, porque ellos, más que nadie, querían llegar hasta lo más alto.
El Mundial ya no sabrá a lo mismo, habrá que escoger ahora a cuál equipo apoyar, preferiblemente a cualquiera que no tenga el favorecimiento abierto y descarado de la FIFA y su entorno.
Esta tristeza también pasará. Volveremos a arrancar como lo harán Brasil, Países Bajos, Alemania, Portugal, Croacia y Egipto (para solo mencionar algunos), y llegar de nuevo en cuatro años. Porque eso es lo que hacemos los colombianos, nos levantamos, nos sacudimos y volvemos a empezar.




