Esta columna la estoy construyendo mentalmente desde el 21 de mayo. Vueltas y vueltas dieron en mi cabeza frases que parecían desconectadas pero que finalmente logro resumir de la siguiente manera: el camino de la transformación social nunca ha sido un terreno plano. Cuánta obviedad y cuánta frustración a la vez.
Quienes decidimos apostarle a cerrar brechas sabemos que la gestión está llena de ilusiones iniciales, de proyectos que nacen con la fuerza de un sueño compartido y que nos hacen creer, una vez más, que todo es posible en nuestro contexto. Todo es todo: lo bueno y lo no tan bueno. Sin embargo, tarde o temprano ese entusiasmo choca de frente con muros invisibles pero profundamente arraigados. Intentar cambiar las realidades desde el arte, usar el movimiento para cuestionar lo establecido y levantar la voz frente a las lógicas hegemónicas, el racismo estructural o la norma impuesta, sigue siendo una tarea incómoda para el sistema.
Bajo esa convicción construimos nuestra alianza con la Corporación Cultural Sankofa Danzafro. No ha sido un camino de soluciones rápidas ni de asistencialismo inmediato, sino un ejercicio profundo de paciencia, escucha mutua y mucha pedagogía. Observarlos con la humildad del que ignora, nos ha permitido entender que el arte no es un adorno sino una herramienta de dignidad, memoria y reclamo.
Parte de ese acercamiento y del trabajo que estamos haciendo en equipo, mediado por el extraordinario trabajo de Querida Lab., se materializó hace poco en unos escenarios vibrantes: estaciones del Metro de Medellín y el Museo de Antioquia. En el marco del mes de la Afrocolombianidad decidimos llevar una propuesta al espacio público, nos atravesamos entre el agite de la ciudad con la fuerza de la danza negra, en un recordatorio poderoso de por qué hacemos lo que hacemos.
El encuentro directo con la gente y la sensibilidad que despertó en los ciudadanos superaron cualquier expectativa o indicador de escritorio. Confieso que hubo momentos de frustración y temimos que una apuesta tan poderosa terminara diluyéndose o siendo silenciada por el entorno; pero lejos de la rigidez institucional logramos habitar una realidad humana compartida, porque la labor social también te enseña a afinar el oído y a escuchar la sabiduría de los procesos anticoloniales; porque los liderazgos que nos inspiran nos recuerdan que rendirse no es una opción y que resistir frente a las barreras institucionales es, en sí mismo, el único puente real hacia la equidad.
Mira el video de la campaña haciendo clic aquí.
Desde ONE Inversión Social no pretendemos ser los expertos en las complejidades históricas de las comunidades afrodescendientes, ni mucho menos, pero sí creemos que es nuestra responsabilidad ética actuar. Los imaginarios de exclusión y la invisibilización han calado tan hondo durante siglos que la única forma de desmontarlos es propiciando conversaciones difíciles, aceptando que los verdaderos cambios sociales no emergen de los consensos cómodos ni de las orillas seguras sino, al contrario, que nacen cuando somos capaces de sostener diálogos honestos, respetuosos y valientes sobre lo que nos duele como sociedad.
Aunque nos falta mucho camino por recorrer, esta experiencia nos permitió ampliar un poco la mirada como organización, ensanchar los límites de nuestro trabajo y encontrar nuevas formas de conectar con el ser humano.
Al final, aprendimos que la danza persiste en los cuerpos afro como una manera de vencer las dificultades cotidianas, como una fuerza para asegurar que su verdad será escuchada en medio de sorderas selectivas de un mundo que teme ser llamado racista. Al final, aprendimos el sentido profundo de la frase que tanto repite el maestro Rafael Palacios:
“En Sankofa no bailamos para ser vistos, bailamos para ser escuchados”.





