Vamos a partir de dos sentencias. La primera es que todo el mundo es experto en comunicaciones. La segunda es que eso es falso. Con la inteligencia artificial el problema de la primera tiende a aumentarse, pasando de frases como “yo no soy comunicador, pero…” A otras más cómodas: “Es que ChatGPT me dijo”.
Los comunicadores somos bastantes prescindibles… O por lo menos así nos lo recuerdan con frecuencia en las empresas. Sin embargo, los buenos comunicadores no. Las IA aún no reemplazan a los que son críticos, a los que tienen ideas creativas, a los que son estratégicos y saben leer la coyuntura, a aquellos capaces de navegar los mares de incertidumbre que hoy vivimos. A los del buen gusto y las preguntas correctas.
Estoy segura de que la idea de ser reemplazados en el corto plazo por una IA atraviesa la mente de otras profesiones en tiempos de esquizofrenia algorítmica. Se me ocurre mencionar a los diseñadores y a los marketeros. Y, según un informe elaborado por OpenAI, a los vendedores, desarrolladores de software, detectives privados y responsables de cubrimiento normativo. Son más.
Muchas de las cosas que hacemos son reemplazables y hay que ser críticos con ello. Sin embargo, no cualquiera puede hacerlo solo porque sabe activar una pregunta en una pequeña pantalla. Las IA son poderosas cuando sabemos de un tema. Pero cuando apenas lo estamos explorando, aparece el riesgo de lo que me atrevo a llamar “ignorancia ampliada”: una nueva cara de la inteligencia artificial en la que nuestros sesgos y nuestras brechas de conocimiento no se reducen, sino que crecen.
Cuando no sabemos de un tema, la inteligencia artificial puede amplificar nuestras ideas equivocadas y envolverlas en un lenguaje que suena convincente.
Eso no significa que debamos dejar de usarla para aprender lo que no sabemos. Pero sí debería ofrecernos un marco de humildad: reconocer aquello que ignoramos, dudar y confiar en otros.
La diferencia no está en la herramienta, sino en la forma de usarla. La inteligencia artificial no reemplaza el proceso de aprender; lo acelera… o lo evita.
Un buen comunicador sabe reconocer mentiras en la IA. También los clichés, las obviedades o aquello que diluye una marca y aplana las estrategias. Algo similar debería ocurrir en otras profesiones.
El problema no es menor: que la inteligencia artificial piense por nosotros puede terminar desplazando nuestra propia capacidad de hacerlo. En un mundo donde las respuestas son cada vez más accesibles, el verdadero reto no es encontrarlas, sino seguir haciéndonos preguntas. Al final, más que una tecnología, lo que está en juego es nuestra relación con el conocimiento: si la usamos para aprender o para dejar de hacerlo. Para achicar la ignorancia o para, con cierta comodidad, hacerla todos los días más grande. ¿En qué camino quieren estar ustedes?



