Hay un momento que se repite en muchos almuerzos de domingo: alguien menciona al gobierno, otro responde con dureza, y la mesa se parte en dos. El postre llega en silencio. Lo que antes era conversación se volvió trinchera. Ya no discutimos sobre una idea; desconfiamos de quien la sostiene. Esa pequeña fractura familiar es el reflejo de una grieta mucho más honda.
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La polarización dejó de ser un asunto de campañas. El Barómetro de Confianza de Edelman (Edelman Trust Barometer), en su edición de 2026, cerca de 34.000 encuestas en veintiocho países, describe una sociedad que se repliega sobre sí misma: setenta de cada cien personas dudan en confiar en alguien que no comparte sus valores o sus ideas. Ya en 2023 el mismo estudio había clasificado a Colombia entre los seis países ‘severamente polarizados’ del mundo, junto a Estados Unidos, Argentina, España, Sudáfrica y Suecia. La forma más corrosiva de esa fractura es afectiva: dejamos de rechazar las propuestas del adversario para empezar a rechazarlo a él.
El otro deja de ser un interlocutor y se convierte en una amenaza.
La evidencia académica es contundente. Shanto Iyengar y sus colegas documentaron que en 1960 menos del 5 % de los votantes estadounidenses se incomodaba ante la idea de que un hijo se casara con alguien del partido contrario; hacia 2010 esa cifra había trepado al 49 % entre republicanos y al 33 % entre demócratas (Iyengar, Sood y Lelkes, 2012). El estudio de Andres Reiljan sobre veintidós democracias europeas (2020) muestra que el patrón desborda a Estados Unidos, con una animadversión entre partidarios que en varios países resulta aún más intensa. Detrás de esos números late una misma señal: lo primero que se quiebra es el reconocimiento mutuo, esa disposición a ver en quien piensa distinto a un igual antes que a un enemigo. Es la advertencia que Steven Levitsky desarrolla en Cómo mueren las democracias.
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Colombia conoce bien esa erosión. El plebiscito de 2016 dejó una cicatriz: un país partido casi por la mitad que todavía no termina de coserse. Y los datos confirman el desgaste. La octava ola de la Encuesta Mundial de Valores (World Values Survey) encontró que apenas cuatro de cada cien colombianos creen que se puede confiar en la mayoría de las personas. Cuatro. Una cifra que, en lugar de mejorar, ha seguido cayendo, y que el mismo estudio enmarca en una sociedad atravesada por la desconfianza en las instituciones y por la polarización.
Conviene detenerse en lo que esa cifra significa. La confianza es el hilo invisible que sostiene la vida en común: permite firmar un acuerdo, dejar a un niño al cuidado de la vecina, creerle a un desconocido. Cuando se rompe, no se cae un gobierno: se encarece la convivencia. Negociar cuesta más, cooperar cuesta más, perdonar cuesta más.
Una sociedad que desconfía de sí misma termina gastando en muros lo que podría invertir en puentes.
Hay, con todo, una señal que no deberíamos pasar por alto: en esa misma encuesta, las universidades figuran como la institución que más confianza despierta entre los colombianos. La confianza, entonces, sigue viva en alguna parte, a la espera de quién sepa convocarla. Y el país está a punto de intentarlo: en pocos días Colombia elegirá un nuevo presidente, llamado a devolverle credibilidad a sus instituciones y obligado, sobre todo, a tejer la unión y la cohesión que hoy nos faltan. Pero esa tarea no cabe entera en un despacho. Reconstruir la confianza entre nosotros empieza también en lo pequeño y cotidiano: la conversación que elegimos no abandonar, el vecino al que volvemos a mirar.
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Por eso, quien gane el próximo 21 de junio heredará, junto con el cargo, una urgencia: la de un país que ya no se reconoce en el espejo del otro y necesita volver a confiar. Reconstruir la confianza en las instituciones y forjar la cohesión entre los colombianos será la condición de la que dependan todas sus demás tareas. Un gobierno puede administrar la economía, firmar leyes y trazar planes, pero sin un tejido social que lo sostenga gobernará sobre arena. A ese desafío —unir lo que la desconfianza dispersó— está convocado el próximo presidente. Y de su respuesta dependerá, más que de cualquier reforma, el país que seremos.
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