Hay algo profundamente extraño ocurriendo con la manera en que estamos escribiendo, pensando y conversando. Y tal vez lo más inquietante es que empezó a parecernos normal.
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Durante años encontré en LinkedIn un lugar diferente de conexión digital y social, inesperadamente humano. Un espacio donde aparecían ideas que no siempre estaban terminadas, reflexiones atravesadas por la experiencia, personas que escribían desde lugares distintos, con ritmos distintos, incluso con torpezas distintas. Uno podía sentir cuándo alguien había vivido lo que estaba diciendo. Había textos que respiraban ansiedad, otros entusiasmo, otros cansancio, otros claridad. Algunos eran excesivos. Otros desordenados. Algunos tenían frases brillantes escondidas entre párrafos imperfectos donde precisamente ahí estaba su valor.
La escritura todavía tenía huella humana.
Hoy entro a la misma red y algo se siente completamente diferente. No sabría explicar exactamente cuándo pasó. Solo sé que un día empecé a deslizar la pantalla y encontré diez publicaciones seguidas escritas igual. La misma estructura escrita con igual tensión artificial. Espacios exactos entre frases que resaltan un tono pseudo reflexivo mientras se repiten las mismas fórmulas emocionales. Incluso las pausas empezaron a parecer copiadas y trazas de huellas tal vez imperceptibles para quienes copian y pegan desde su herramienta de IA favorita.
En alguna parte de esta plataforma, se perdieron algunos humanos, eran los sistemas y sus bases de datos de otros siglos, lo que estaba leyendo.
Lo más interesante es que todos seguimos hablando de autenticidad mientras empezamos a sonar exactamente igual, en las redes sociales, pero también en las conversaciones presenciales percibo unos sesgos de exceso de interacción con la IA.
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La inteligencia artificial llegó con una promesa ambiciosa: ayudarnos a ahorrar tiempo, aumentar nuestra productividad, multiplicar las capacidades, eliminar la fricción en los procesos. Y sí, probablemente estamos frente a una de las herramientas más poderosas que ha creado nuestra generación. La IA va a cambiar industrias enteras, democratizando el acceso a información infinita, expandiendo capacidades humanas de maneras que todavía ni siquiera entendemos completamente.
Pero hay una diferencia enorme entre usar una herramienta y delegar la conciencia.
En mercadeo la promesa parecía fascinante: “creación de contenido en minutos”, “en 1 hora produce todo el contenido de 1 mes”. Sin embargo, hace poco estuve en un conversatorio sobre inteligencia artificial donde uno de los speakers hablaba de mantener un “30 % humano” y dejar que la IA desarrollara el resto.
La frase quedó rondándome varios días porque escribir nunca fue únicamente producir textos.
Escribir es pensar, lo que exige algo que esta época intenta evitar constantemente: detenerse. Esa pausa nos invita a estar presentes, observando cómo las ideas se conectan y empiezan a moldearse con las experiencias mientras atraviesan ideas contrarias, responden preguntas incómodas y condensan sensaciones y sentimientos que buscamos plasmar en las letras.
Tal vez por eso hoy todo empieza a sentirse tan plano, incluso cuando está perfectamente escrito.
La IA es una herramienta increíble; puede imitar estructuras con una precisión impresionante, construir frases emocionalmente correctas, aprender patrones de persuasión, storytelling y engagement mejor que muchos humanos, produciendo contenido técnicamente impecable en segundos.
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Pero todavía no es capaz de replicar todo lo que pasa en la vida, el vacío cuando perdemos a alguien, la frustración que no nos deja avanzar, lo que sentimos en medio de una crisis, o cuando conocemos al amor de nuestra vida. Trata sistematizar lo que se siente al fracasar, o el miedo de morir, pero es incapaz de replicar lo que me pasa cada vez que me siento a ver un atardecer.
Empiezo a extrañar la imperfección humana porque todo parece optimizado para sonar inteligente, estratégico y emocionalmente correcto. Incluso en mis conversaciones personales empiezan a filtrarse por inteligencia artificial. Mensajes de cumpleaños redactados por asistentes, saludos editados para sonar más cálidos, respuestas optimizadas para parecer más interesantes.
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Las conversaciones humanas nunca necesitaron ser perfectas. Nadie recuerda una conversación importante porque estaba perfectamente redactada. La recordamos por lo que nos hizo sentir, lo que vive en nuestra memoria no son reglas, ni ritmos ni espacios exactos.
Hoy el reto al que nos enfrentamos es tener la capacidad de pensar por nosotros mismos, cuando cada vez se hace menos necesario y más fácil no hacerlo. Y que en lugar de seguir perfeccionando modelos para que cada vez parezcan más humanos, no terminemos nosotros mimetizándonos y pareciéndonos cada vez más a ella.





