Paula Zapata se enamoró del mar desde pequeña. Cuando tenía siete años acompañaba a su abuelo —urbanista, aficionado al buceo y a la pesca— en los viajes que organizaba con su grupo de amigos para salir al mar en su Zodiac. En ese carro de adultos, ella era siempre la única niña. A los once empezó a hacer snorkel y a los trece ya sabía bucear. Desde entonces supo que quería dedicar su vida a las ciencias del mar.
Pero esa decisión temprana hizo que años más tarde, cuando terminó el colegio, fuera algo difícil de explicar en una familia paisa que veía el mar como un lugar de vacaciones, no como un proyecto de vida.
Cuando anunció que quería estudiar Biología Marina tuvo que defender una vocación que muchos consideraban inviable. “Para mí fue muy retador, porque mi papá me decía: ‘¿Usted va a ser bióloga marina? Entonces, ¿usted va a vivir de contar pescados?’. Fue muy difícil que algo que para mí era una pasión desde chiquita, ellos lo vieran como un hobby y yo decidiera hacer de mi vida esto”, contó Paula.
Paula salió de Medellín en 1999 para estudiar Biología Marina, primero en la Universidad Jorge Tadeo Lozano y luego en Santa Marta. Desde el pregrado empezó a investigar en el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras, Invemar, donde hizo un trabajo de grado que llegó a publicarse en una revista internacional. Después trabajó en el Instituto Colombiano del Petróleo, de Ecopetrol, en Bucaramanga, y más tarde viajó a Edimburgo (capital de Escocia) para cursar una maestría en Desarrollo de Recursos Marinos y Protección.
Luego empezó a buscar su doctorado, pero se encontró con que la mayoría de becas eran para europeos. Sin embargo, un profesor que conocía sus capacidades le habló de una oportunidad en México, y así Paula terminó en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde hizo otra maestría, esta vez en Geociencias Marinas.
Allí fortaleció el perfil que hoy la distingue: “Yo soy bióloga marina, pero tengo un enfoque desde la geociencia, porque lo que hago son mapas del fondo del mar. Soy como una cartógrafa del mar”, explicó.
Su recorrido siguió por el Smithsonian Institute, con el que tuvo la oportunidad de regresar a Colombia. Durante este tiempo estuvo en La Guajira donde trabajó en arrecifes fósiles: “Eso es muy interesante porque lo que hoy son los oasis eran islas hace 18 o 20 millones de años”, explicó.
Las muestras recogidas allí se las llevó a la Universidad de Granada, en España. Allí vivió durante un año y medio y, a la par, siguió con la idea del doctorado. Finalmente, se ganó una beca Marie Curie, con la que tuvo la oportunidad de estar entre Italia, Grecia, España y Francia para estudiar los ecosistemas coralígenos, es decir, “los que se desarrollan por debajo de los 100 metros de profundidad, donde la luz ya no alcanza de la misma manera y se necesitan robots, acústica y otras tecnologías para investigar”, contó la investigadora.
A finales de 2016 y comienzos de 2017 regresó a Medellín para trabajar en la Universidad Pontificia Bolivariana, en un laboratorio de robótica submarina asociado a la Facultad de Ingeniería.
“El laboratorio estaba manejado por ingenieros, mecánicos y eléctricos, que sabían mucho de la estructura del componente, pero no tenían ni idea del para qué, por qué, ni el usuario, ni esto como lo usábamos. Entonces digamos que yo entré a un engranaje interesante en la universidad porque yo tenía la visión de para qué servía la tecnología, entonces ahí empezamos a hacer muchos trabajos de colaboración con parques nacionales naturales, con la Armada Nacional” relató.
Según Zapata, en ese laboratorio se desarrolló un robot operado de forma remota, con el que es posible bajar hasta 500 metros de profundidad y, a partir de eso, empezaron a desarrollar expediciones “que apoyaban, por ejemplo, la planeación de las áreas protegidas de Colombia”.
Expedición al cañón del Amazonas, en Brasil
Hoy Paula está en Arabia Saudita, en una licencia no remunerada de la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB), vinculada a KAUST, la King Abdullah University of Science and Technology, donde trabaja en temas de expediciones científicas. Desde esa red llegó a la expedición Underwater Avalanches in the Amazon Canyon (Avalanchas submarinas en el Cañón del Amazonas, en español), del Schmidt Ocean Institute, que se realizará entre este 17 de mayo y el 20 de junio de 2026 en aguas profundas frente a Brasil.
En esta expedición el papel de Paula será el de co-investigadora dentro de un equipo internacional encabezado por Aaron Micallef, del Monterey Bay Aquarium Research Institute, y Vittorio Maselli, de la Universidad de Módena y Reggio Emilia. El equipo incluye investigadores principales de Brasil, Colombia, Reino Unido e Italia, y la UPB figura entre las instituciones vinculadas al proyecto.
Como su nombre lo indica, van a evaluar las avalanchas del cañón, que, en tierra, equivaldrían a los deslizamientos. “Toda la geomorfología o la estructura que tú ves en tierra también está por debajo del agua: montañas, cordilleras, mesetas, etc”, explicó Paula. La gran pregunta del equipo es si este cañón submarino del Amazonas sigue activo, aunque se encuentre a unos 322 kilómetros de la desembocadura del río.
Y es que el cañón del Amazonas tiene una particularidad: no está pegado actualmente a la desembocadura del río, como ocurre con otros cañones asociados directamente a grandes sistemas fluviales. “Cuando esos cañones se separan y ya no reciben ese aporte directo de los ríos terrestres, la hipótesis dice que no tienen avalanchas o deslizamientos. Pero hay investigaciones recientes que muestran que sí. Entonces, lo que queremos investigar, la pregunta sombrero, la pregunta grande, es entender si este cañón está activo”, dijo la investigadora.
“Hay una hipótesis que dice que cuando los cañones generalmente son la continuidad de los grandes ríos en el mar, todos esos sedimentos que trae la tierra siguen conectados. Lo que queremos investigar, esa es la pregunta sombrero, la pregunta grande, es entender si este cañón está activo; es decir, si tiene avalanchas o deslizamientos de manera activa. Técnicamente esas avalanchas se llaman corrientes de turbidez, que básicamente son sedimentos que se mueven a muy alta velocidad dentro del cañón”, explicó.
Esa actividad no solo importa por la forma del fondo marino. Si esos sedimentos se están moviendo, también podrían estar transportando materia orgánica, carbono y microplásticos hacia zonas profundas. En un contexto de cambio climático, esa pregunta adquiere otro peso: los sedimentos del fondo marino pueden enterrar carbono orgánico y convertirse en una pieza más para entender cómo el océano participa en los ciclos globales del carbono.
Su rol como co-investigadora en la expedición
El papel específico de Paula dentro de la expedición estará en el cruce entre la geología y la biología. Ella no estudiará únicamente la forma del cañón, ni solo los organismos que viven allí: su tarea será conectar ambas cosas. Primero se harán mapas de la geoforma, para entender la estructura del cañón y ubicar las zonas de interés. Luego, un robot operado remotamente, equipado con cámaras de alta resolución, recorrerá diferentes profundidades para registrar qué organismos aparecen en cada sector.
“Como yo soy la de los mapas y los bichos, porque soy la que combina la geología y la biología, lo que voy a hacer es evaluar cómo esas corrientes de turbidez afectan la distribución de los organismos de aguas profundas. En particular, los corales y las esponjas. Primero hacemos los mapas de la geoforma, de entender dónde está todo, y luego mandamos un robot con cámaras de súper alta resolución”, puntualizó.
Ese trabajo permitirá observar si las zonas con mayor movimiento de sedimentos favorecen o limitan la presencia de ciertas especies. Paula planteó un ejemplo: “Uno pudiera pensar que donde la corriente de turbidez es rápida podemos tener más esponjas, porque las esponjas son organismos filtradores. O podríamos tener corales blandos, que son estos que parecen como unos arbolitos, porque el sedimento les pasa y no los tapa. Pero no tener corales duros, porque si los corales duros reciben todo ese sedimento, se tapan y se mueren”.
En el barco, Paula trabajará directamente con el piloto del ROV (vehículo operado remotamente, en español) durante los recorridos submarinos. El robot avanzará a una velocidad constante, cubrirá distancias definidas y grabará el fondo marino en video. Mientras eso ocurre, ella irá observando las imágenes en tiempo real, identificando zonas llamativas, organismos de interés o puntos donde sea necesario detenerse para mirar con más detalle.
Con esas muestras, otros investigadores podrán hacer análisis de taxonomía y genética para determinar si se trata de especies ya conocidas o de organismos nuevos para la ciencia. Paula, por su parte, usará las imágenes para construir mapas de distribución “para entender cuáles de esas variables medioambientales que vamos a medir están afectando la distribución de esos organismos. Esa es mi primera tarea”, precisó.
“Mi segunda tarea es todo el procesamiento de imagen para inteligencia artificial. Estamos entrenando un robot para que en el futuro tengamos librerías. Como ir al mar profundo es tan caro, cuando veamos un organismo interesante le vamos a tomar muchas fotos de alta resolución con el robot. Eso lo voy a guardar en carpetas y luego voy a utilizar un programa de anotación de imagen”, dijo Paula.
La idea es que futuras expediciones puedan reconocer organismos sin necesidad de extraerlos cada vez del fondo marino. Eso reduciría intervenciones innecesarias en ecosistemas poco conocidos y permitiría comparar información entre campañas científicas.
29 días en el agua
La expedición durará 29 días en el agua. Durante ese tiempo, Paula estará inmersa en una rutina de trabajo científico que no se detiene: el barco opera con turnos, equipos que se relevan, cámaras encendidas, muestras por revisar y cientos de imágenes del fondo marino por analizar. Aunque la embarcación cuenta con gimnasio, sala de cine y espacios para el descanso, según ella, en este tipo de viajes casi no hay tiempo para aburrirse: cada hallazgo abre una pregunta y cada imagen puede contener una pista sobre un ecosistema que muy pocos han visto.
El barco, además, está diseñado para que la expedición no se quede encerrada entre científicos. A través del programa Ship to Shore, del Schmidt Ocean Institute, el público puede conectarse en vivo y seguir parte de lo que ocurre a bordo. Paula participará en esas actividades de divulgación con una intención clara: que la ciencia no circule solo entre especialistas, sino que llegue también a estudiantes, familias y ciudadanos que quizá nunca han pensado en el mar profundo como un lugar conectado con su vida diaria.
“Uno está full inmerso. Yo voy a tener cientos y cientos de imágenes que analizar. Pero también le ayudas al otro que está haciendo una cosa completamente distinta; si tienes tiempo, pones la mano y dices: venga, yo le ayudo. Entonces uno también aprende de otras cosas. El trabajo multidisciplinar es muy bacano porque hay gente muy top del mundo haciendo otras cosas y tienes la oportunidad de aprender también”, contó.
Quizá por eso el cierre de su historia tiene algo de respuesta tardía. Cuando Paula decidió estudiar Biología Marina, su familia no terminaba de entender cómo esa pasión podía convertirse en una vida posible. “Al principio fue como: ‘usted se va a morir de hambre’. Y yo respondía: ‘no, yo voy a hacer Biología Marina y no me voy a morir de hambre’. Ahora mis papás son los más orgullosos”, recordó Paula.
Ella, hoy cuenta con humor que vive en El Poblado, cerca de la Milla de Oro, en “la casita que compré siendo bióloga marina”.
INFORMACIÓN CLAVE
Paula Zapata es bióloga marina de El Poblado, vinculada a la King Abdullah University of Science and Technology (KAUST) en Arabia Saudita. Entre el 17 de mayo y el 20 de junio de 2026 participa como co-investigadora en la expedición Underwater Avalanches in the Amazon Canyon, del Schmidt Ocean Institute, en aguas profundas frente a Brasil, donde el equipo busca determinar si el cañón submarino del Amazonas sigue activo y cómo eso afecta la vida en sus fondos.





