Hola. He esperado cierto tiempo para escribirte esta carta. A lo mejor no recuerdes quién soy, pero yo te recuerdo cada día que pasa…
A veces, me gusta introducirme en tu mente sin que te des cuenta y, desde allí, hacer ciertos estragos: como que tu corazón palpite rápidamente sin que sepas el porqué, y la angustia ante lo desconocido aparezca en el horizonte. A veces, me gusta controlar tus emociones para que sientas un nudo en el estómago o tu pensamiento viaje sin control. También, cuando el día está soleado, me gusta encaramarme en tu espalda, porque desde allí puedo divisar mejor el paisaje; esto puede ocasionar que sientas tensión y dolor en esta zona. Otros días, puedo hacer que comas más de lo habitual o, por el contrario, que se te quite el apetito por la comida y por la vida.
A veces, crees que me evitas. Otras veces, crees que me ignoras. Pero yo te alcanzo luego en el trancón del mediodía o en la reunión que tienes programada.
Sin embargo, he notado algo: que cuando respiras profundo… haces la oración de la mañana… te tomas ese café con calma y realmente saboreas sus notas amargas… le dices a alguien que no te sientes bien y que te gustaría un abrazo… le dices a ese otro alguien cuánto lo quieres mediante una llamada telefónica… cuando miras el cielo azul y te pierdes en su inmensidad, en lugar de perderte en la luz azul de la pantalla de tu celular… yo también puedo calmarme, bajarle a las revoluciones y dejarte respirar un poco.
Yo sigo aquí, detrás de ti, pero parece que ahora tú tienes el control.
En fin, quería escribirte para darte un saludo y decirte que siempre estás en mi mente.
¿Tú me llevas en la tuya?
Atentamente, la ansiedad.





