La enfermedad le enseñó a elegir su salud antes que la belleza

A los 15 años entró a un quirófano para dejar de sentirse señalada. Casi dos décadas después, María Alejandra Gómez convirtió esa búsqueda de aprobación en una pregunta más profunda: cuánto cuesta intentar encajar cuando el cuerpo empieza a pasar factura.
Por: María Fernanda Zuluaga Gómez
9 mayo, 2026
María Alejandra Gómez, piscóloga y terapeuta integrativa.

María Alejandra Gómez no empezó a hablar de ácido hialurónico para pelearse con la estética. Lo hizo porque, después de tres aplicaciones en los labios y tres años sin volver a inyectarse, comenzó a sentir unos bultos internos que, según contó, no desaparecieron con la hialuronidasa, la sustancia usada para disolver rellenos de ácido hialurónico: “Se ha disminuido mucho el resto de mis labios, pero esos dos bultos no”.

Ese fue el origen de un video que la hizo viral. María Alejandra decidió mostrar en redes el proceso de intentar retirar el relleno, no como una denuncia directa contra la profesional que se lo aplicó, sino como una pregunta pública sobre los efectos que pueden aparecer años después. “Yo quería mostrar mi proceso, por lo que estoy pasando”, dijo. También aseguró que está convencida de que lo que le aplicaron fue ácido hialurónico, pero insistió en que el cuerpo puede reaccionar de maneras distintas y que no todo se reduce a si hubo o no una mala práctica.

Lo que más le preocupa, según su relato, es que el procedimiento suele presentarse como algo reversible o pasajero, pero no siempre se habla con la misma claridad de lo que puede ocurrir si el producto no se reabsorbe como se espera, si quedan residuos o si aparecen irregularidades tiempo después. Por eso, planteó que antes de una nueva aplicación debería haber más seguimiento, incluso con imágenes diagnósticas, para saber qué hay realmente en el tejido.

La conversación se volvió más incómoda cuando, después de intentar la hialuronidasa, le hablaron de la posibilidad de una “minicirugía” para retirar esos puntos. Para ella, ese dato cambia por completo la decisión inicial: “Si yo hubiera sabido que esto se iba a tener que tratar como un biopolímero, créeme que lo pienso dos veces”. Su cuestionamiento no es solo estético, sino de consentimiento informado: qué se le dice a una persona antes de inyectarse algo en la cara y qué no se le advierte con suficiente énfasis.

La viralidad también abrió otra puerta. María Alejandra asegura que varias personas empezaron a escribirle para contarle experiencias parecidas: bultos, miedo, dudas y falta de claridad sobre qué hacer después. Esa respuesta la convenció de seguir hablando del tema, aunque también recibió críticas de profesionales de la estética que sintieron que sus videos atacaban su trabajo. Aunque, según ella, su intención es otra: “No es porque los médicos lo quieran hacer; es porque no están viendo los resultados a largo plazo”.

Ese episodio con los labios no apareció aislado. En su caso, se conectó con una historia más larga de cirugías, inseguridades, enfermedad autoinmune y búsqueda de aceptación. Por eso, cuando habla de ácido hialurónico, no lo hace solamente desde una mala experiencia estética, sino desde una pregunta que hoy atraviesa su vida: cuántas decisiones sobre el cuerpo nacen del deseo propio y cuántas de la necesidad de encajar.

María Alejandra nació en Bogotá, creció en Pereira y llegó a Estados Unidos a los 24 años. Se fue, dijo, buscando mejores oportunidades, pero también intentando alejarse de una relación marcada por el maltrato. En Nueva York trabajó como bartender, mesera y en casinos, en jornadas nocturnas que le permitían ganar buen dinero, aunque no necesariamente sentirse plena.

Durante años, su vida giró alrededor de producir, comprar, mostrar y demostrar. Ella misma dijo que llegó a exhibir en redes sociales carros, bolsos y relojes, pero que esa validación duraba poco. “Lo que tú no construyes adentro, desde tu amor propio, desde tu aceptación, nunca lo vas a conseguir afuera”, dijo.

La estética también apareció temprano. Su primera cirugía fue una rinoplastia a los 15 años, después de sufrir burlas por su nariz en el colegio. Más adelante vinieron otros procedimientos, en un entorno en el que, según ella, “todas se hacían de todo” y donde modificar el cuerpo parecía una práctica normalizada.

El punto de quiebre llegó alrededor de los 30 años, cuando empezó con dolores en las manos. Primero pensó en ácido úrico, luego en túnel carpiano, hasta que un reumatólogo en Bogotá le diagnosticó artritis reumatoide. En ese momento, contó, no podía vestirse ni peinarse con normalidad y una de sus manos estaba rígida e inflamada.

La artritis reumatoide es una enfermedad autoinmune crónica que causa dolor, inflamación y rigidez articular. De acuerdo con los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, no tiene cura, aunque puede manejarse con medicamentos y cambios de estilo de vida. La Organización Mundial de la Salud también ha señalado que, en algunos casos, puede entrar en remisión.

María Alejandra aseguró que, desde entonces, empezó a estudiar nutrición funcional, meditación, sistema nervioso y hábitos de vida. Después de implementar muchos cambios en su vida, relacionados con esos temas, dijo, su enfermedad está en remisión, no tiene dolor ni inflamación y ese proceso la llevó a crear un método propio para acompañar a otras personas desde su experiencia personal.

Pero el cambio no fue solo físico. La enfermedad también la obligó a revisar relaciones, decisiones y heridas emocionales. “Para mí fue empezar a escucharme, empezar a parar, empezar a ser más honesta conmigo”, recordó. En su relato, enfermarse fue una alarma: el cuerpo le estaba mostrando que algo en su vida ya no podía seguir igual.

Esa nueva mirada la llevó a cuestionar procedimientos que antes asumía como parte de la belleza. Hoy habla de los rellenos, de la toxina botulínica (bótox) y de los implantes no desde la condena absoluta, sino desde una idea que repite: “todo suma a la inflamación del cuerpo”. Con los implantes mamarios, María Alejandra todavía no ha tomado una decisión definitiva, pero aceptó que está “mentalizándose” para retirarlos.

Su postura actual no es renunciar a verse bien, sino dejar de usar la belleza como una deuda con los demás. Para ella, el amor propio ya no consiste en corregirse para encajar, sino en preguntarse qué necesita su cuerpo para estar bien. En esa decisión encontró una forma distinta de empoderamiento: no demostrar más, no aparentar más y no someter su salud a una idea de belleza que, durante años, sintió como obligatoria.

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