Después de salir del colegio, Susana Posada entró a la Universidad de Antioquia a estudiar sociología. Hubiera querido estudiar ingeniería industrial, pero por fortuna no se hizo tan lejos de las humanidades porque la pedagogía la tenía reservada. Su papá se resistió a pagarle la carrera a ella y a Pilar, su hermana, que estudiaba psicología. ¿Cómo iba a consentir que dos ‘niñas bien’ fueran a estudiar para ser comunistas? Era el tiempo de las universidades rojas.
Las hermanas Posada se resistieron al mandato del padre con una fuerza que también les venía de él. Necesitaban pagar ellas mismas la carrera y un letrerito pegado a una pared de la Alianza Colombo Francesa les dio la pista. Anunciaba: “Se necesita auxiliar para Kínder”. De todos los trabajos posibles escogieron este.
Tenían en su equipaje el paso por tres colegios muy distintos entre sí y el recuerdo del juego de ‘escuelita’ que se tomaban muy en serio cuando eran niñas. Desbarataban la casa, movían muebles y se instalaban allá, prefigurando la vida sin saberlo, mientras su mamá autorizaba que sus hijas crearan mundos propios, con ese respeto por el ser del otro que siempre la caracterizó.
La entrada a este kínder como auxiliar hace cincuenta años fue un azar propiciatorio. Allá, Susana encontró un grupo de padres conformado en su mayoría por profesores de la Universidad de Antioquia y de la Universidad Nacional, con ideas oxigenadas, dispuestos a educar distinto a sus hijos, lejos del conductismo que prevalecía en la etapa preescolar. Padres tan implicados que muy pronto compraron el colegio a la Alianza Francesa y trajeron, como formuladoras del proyecto pedagógico, a María Cristina Gómez y a Clemencia Escobar, que ya había estudiado filosofía y fundado el jardín Mirringa Mirronga.
Era una época de efervescencia en muchos sentidos, incluida la educación preescolar, en donde se ventilaban ideas a contracorriente de las que hasta entonces reinaban. Susana encontró su vocación.
Ante esa nueva rutina, las clases de sociología de la universidad empezaron a parecerle abstractas y etéreas, y por eso decidió pasarse a estudiar educación preescolar en la San Buenaventura, en el horario de las tardes. Con algunas interrupciones, hizo la tarea de sacar el título, pero lo verdaderamente importante en ella ocurría en las mañanas, en el contacto directo con la experiencia y en las conversaciones con el equipo y con Clemencia, que fue convirtiéndose en su maestra. También en las noches con sus hermanos, Andrés y Pilar, en un apartamento que alquilaron y donde los tres fueron forjando su libertad. Andrés se encaminó hacia la música y Pilar hacia la educación musical.
Pero estos eran tiempos revueltos y todo se cuestionaba. En ese 1979, una nueva asamblea de padres decidió darle un rumbo distinto al colegio y despedir a Clemencia. Con ella salieron también Susana y Olga Lucía Zea. Pero la vocación, que a veces es una forma de rapto, ya las tenía presas. Y por eso este grupo de mujeres no pudo hacer nada distinto a seguir educando. La fuerza de esta expulsión la usaron entonces a su favor y ellas y Luz Elena Rodríguez se asociaron para fundar El Arca, un preescolar que ha pasado, como una mano bienhechora, por muchas generaciones de niños que una vez crecen se acercan de nuevo, como padres, para llevar a sus hijos.
De esta historia ya van cuarenta ocho años en los cuales Susana ha mantenido una profunda convicción que le ha permitido sostenerse a pesar de tantos desafíos. Recuerda la imposibilidad, al comienzo, de contar con el permiso de funcionamiento por no tener una normalista en la planta. Más adelante recuerda uno de los hechos más tajantes y transformadores en su historia, la muerte de Clemencia en 1981, que la movió a ella, de 23 años, a asumir la dirección. A pesar del dolor, logró hacer este movimiento muy rápido y con mucha valentía hacia afuera, pero en lo más hondo le quedó un miedo que se le revelaba en ese sueño que la visitaba puntual antes de que iniciara cada año escolar. “En el sueño”, cuenta Susana, “Clemencia volvía… cada vez yo le entregaba menos”.
Así pasaron varios eneros hasta que un día sintió en lo más profundo que esa silla de directora en la que se había sentado por decisión y con mucho arrojo, sí le pertenecía y que más que una jefa a quien había que reportar, Clemencia era más bien un ángel protector. Y solo entonces sintió que podía ocupar tranquilamente ese lugar, con pleno derecho hacia fuera y hacia dentro.
Ese lugar lo compaginó con la maternidad de Mercedes (1984) y de Miguel (1987), los hijos que tuvo con Guillermo Melo, su amor de la vida. Y para ocuparlo hizo algunas elecciones conscientes que le permitieron armonizar lo profesional con lo personal desde muy joven. Por ejemplo, rápidamente eligió ser una mamá trabajadora.
“Yo no hubiera sido capaz de estar 24 horas en función de ser mamá y de la casa”. Rápidamente también, supo que no era una mamá o una profesora juguetona, sino más bien alguien que observa y articula. “Y por eso”, dice, “tanto en El Arca como siendo mamá (y hoy como abuela), me ocupo más bien de respetar y disfrutar el ser de cada uno”.
Entendió que más que la experiencia directa con los niños, era buena para estructurar y orientar la forma de relacionarse de todos los implicados: de los niños entre sí, de los padres con el preescolar y de las maestras con los niños. Supo también que su hija no podía estudiar en El Arca, porque mordía y mordía como manifestación de los celos que sentía ante ese espacio que tanto ocupaba a su mamá y resolvió darle su espacio en otro preescolar.
Todos estos hallazgos extraídos de una experiencia reflexiva, que es otra manera de llamar a la consciencia, le dieron la legitimidad para ayudar en la marcha a muchos padres a liberarse de la culpa y zafarse de ella como quien bota un vestido muy ceñido y viejo que no deja vivir en paz.
Este auto conocimiento, sumado a una reflexión constante sobre todos los procesos, le permitió ir capitaneando esta arca con una dulce firmeza, administrándola más como una casa grande —donde el niño se siente contenido— que como un colegio pequeño. Le permitió, además, no sucumbir ante las corrientes de moda (como el bilingüismo o los computadores en la educación preescolar) y encontrar sustento en algunos referentes teóricos como el constructivismo o en el psicoanálisis para transmitir su visión de la niñez a la planta de personal que se renueva, como las células del cuerpo, cada cierto tiempo. Sin embargo, fue en 2004, cuando se encontró con el pensamiento de Loris Malaguzzi, —el sistematizador de la pedagogía Reggio Emilia— y vio en él un espejo de sus reflexiones y de su experiencia.
Pese a esta identificación con los principios de Reggio Emilia, no todo de lo que Susana ha comprendido en su vida como pedagoga está ya escrito por él o por otros. Mucha de la sabiduría que ha acumulado se le sale en su forma de aproximarse a los niños, en el respeto que siente por ellos como seres únicos, “como legítimos niños y no adultos en miniatura o en potencia”.
Le ha permitido mirar sus inmensas capacidades, valorar el juego que hacen con pleno sentido e incluso comprender, sin la histeria adulta, sus peleas, autorizando en ellos el tánatos que hasta a los mayores les cuesta autorregular. Y tal vez para ella es difícil sistematizar todo lo que sabe, porque es mucho lo que tiene para decir sobre el silencio. ¿Sobre el silencio? Sí. Su propuesta no es la positivización de mandatos o recetas, sino una invitación a renunciar a lo preestablecido, a eso que no sale del corazón.
Su invitación, casi siempre, es a no hablar más de lo necesario al niño, a evitar los rótulos en la educación, a abrirle un espacio seguro para el ser único que es. También es una invitación a los padres a no sobrecargarse con teorías y un llamado a las maestras a acallarse para conocerse mejor, comprender con qué pasado educan, y cuál es vínculo que tejen con los niños que, para ella, es más poderoso que cualquier metodología.
Ahora Susana vive en La Ceja, y aunque goza de buen retiro, disfrutando en compañía de Guillermo, de sus hijos y de sus dos nietos, Alicia y Emilio, sigue siendo el soporte filosófico de El Arca. Ahora ella actúa como una guardiana, a una distancia justa para cuidar, respetando ese legado profundo que le quedó de su mamá.





