El olor a heno se siente al pasar la puerta. Es una invitación a entender que el alimento es mucho más de lo que llega a la mesa, de lo que nos sirven en los platos. Esa es la idea que atraviesa la exposición “La luz, el fuego y la ceniza”, inaugurada en el MAMM el pasado 26 de marzo.
El punto de partida está en el sol. Como explica la curadora, Ana Ruiz Valencia, es “el alimento original, de donde se inicia todo”. La luz es origen, no solo en un sentido material (las plantas, los ciclos, la energía), sino también como una idea de creación.
De ahí se desprende el resto: el fuego como transformación, de lo crudo a lo cocido, pero también como espacio de relaciones. “No es solo cocinar”, dice Ana, “también habla de tradiciones, de lo que pasa en la cocina, de las ollas comunitarias, de la construcción social”. Y la ceniza, que aparece como residuo, pero también como memoria: lo que queda y lo que vuelve a la tierra.
La exposición reúne la obra de 18 artistas locales, nacionales e internacionales que tienen al alimento como eje. En cada pieza aparecen ingredientes, preparaciones, técnicas y utensilios, pero también preguntas que se abren hacia otros lugares. Comer es un acto político. Lo que se elige: un ultraprocesado, un producto artesanal, una fruta, no solo pasa por el cuerpo: también atraviesa el entorno y el sistema productivo. “No es solo el momento de cocinar o de comer, es toda la cadena”.
Hay espacio para el humor. Entre chicharrones de oro y mazorcas de porcelana, aparece una lectura sobre lo simbólico: el chicharrón como imagen de un territorio que crece entre montañas y que, en muchos casos, sigue sin salir de ellas.
También están las tensiones más abiertas. La agricultura y la cocina como reflejo de conflictos geopolíticos. El acceso a ingredientes y recetas mediado por las guerras. Sabores que se pierden, tradiciones que se fragmentan. Y así se ve en una obra que habla de la guerra en Medio Oriente y de cómo los palestinos han perdido acceso a sus tierras y a sus ingredientes.
Y está la memoria. La cocina de la mamá, las recetas que restauran, que sostienen, que se repiten. “La ceniza también tiene que ver con eso, con lo que permanece, con lo que sigue alimentando desde otro lugar”.
La muestra incomoda. Pone en evidencia que muchos dan el alimento por sentado, mientras otros no lo tienen: por migración, por distancia, por falta de acceso. “La idea es complejizar la conversación”, dice la curadora.
También hay una reivindicación de lo cotidiano. De ingredientes como la papa o la panela. De lo que pasa fuera de la sala: en la Minorista, en el patio donde se arma una olla común, en ese gesto de cocinar y compartir.
Incluso antes de las obras, el olor marca el tono. “Ir más allá de lo visual”, dice Ruiz Valencia. Porque el alimento no entra solo por los ojos.
Al final, la idea vuelve al inicio. El olor a heno, el olor a campo, están ahí, insistentes. También en la carne que se sirve. También en lo que se come. El alimento, en últimas, es lo que somos.





