Vivimos en una época desconcertante, personalmente así lo siento; dos personas pueden hablar frente a frente y sostener versiones completamente contradictorias de una misma situación y ambas defenderán su relato con absoluta convicción de estar del lado de “la verdad“; es como si misteriosamente existieran dos universos paralelos.
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Este fenómeno es conocido como posverdad, porque describe una situación en la que los hechos objetivos tienen menos peso ante el público que las apelaciones a las emociones y las creencias personales, como se puede ver todos los días en las redes sociales. La posverdad no se limita simplemente al acto de mentir, es algo más complejo y peligroso porque es la construcción de narrativas que se repiten tanto y con tal convicción y seguridad que terminan adquiriendo un estatus de verdad para quienes las consumen.
En Colombia, como en el resto del mundo, este fenómeno ha encontrado un terreno fértil en las redes sociales, que funcionan como cámaras reproductoras donde cada usuario recibe contenido que refuerza sus convicciones previas. Los algoritmos, diseñados para mantener la atención, se alimentan con información que coincide con las creencias, creando burbujas impermeables a perspectivas diferentes. Así, lo que comenzó como una mentira deliberada o un malentendido puede transformarse mediante la repetición y la viralización en una “verdad” compartida por millones.
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Este proceso que comienza con una afirmación falsa que se publica y se comparte masivamente antes de que pueda verificarse, genera indignación o adhesión emocional, y para cuando aparecen las correcciones, las retractaciones, el “yo no quise decir eso y me malinterpretaron”, ya es demasiado tarde; la mentira ha fortalecido sus raíces y se ha instalado en la consciencia colectiva.
Lo más preocupante es que se ha llegado a un punto donde la verificación misma es cuestionada en todos los ámbitos, especialmente desde el gobierno nacional, quien debería ser el ejemplo en transparencia y rectitud por ser el agente que lleva en sus decisiones el rumbo del país. Si una fuente presenta datos que contradicen la narrativa, no se cuestiona la creencia, sino la fuente. Los medios tradicionales, las instituciones académicas, incluso los expertos en sus campos son descartados como “sesgados” si no confirman lo que ya se cree.
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¿Colombia cómo llegó aquí? La respuesta, definitivamente, es multifactorial. En un primer momento se puede hablar de una crisis de confianza en las instituciones tradicionales, que abrió espacio para fuentes alternativas de información, muchas sin controles de calidad o editoriales que se dedican a desinformar o a “correr la línea ética”, para el beneficio de un grupo. Otro punto, que en mi opinión es alarmante, es la polarización política porque convirtió cada tema en una batalla donde admitir un error es visto como traición, una guerra sin cuartel. Y ante esta perspectiva hay un punto que potencia aún más este complejo panorama y es que las emociones mueven más que los hechos: la indignación genera más likes que la reflexión y el diálogo.
La pregunta que me ha rondado últimamente es si podremos retornar algún día a un terreno común donde los hechos sean hechos, independientemente de las ideologías.
¿Se podrá recuperar la verdad como bandera, así incomode o cueste réditos sociales, políticos o financieros? ¿Es posible reconstruir la confianza en la información que se recibe diariamente?
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La respuesta contundente está en el poder alcanzar un compromiso individual y colectivo ante el manejo de la información, con verificación antes de compartir lo recibido, con la disposición a cuestionar incluso aquello que se quiere creer, con la humildad intelectual para admitir cuando se está equivocado y exigir responsabilidad a las plataformas que amplifican tanta desinformación.
Y el punto desde la educación, que es mi marco de acción, es que se necesita fortalecer el pensamiento crítico desde la educación preescolar pasando por todos los ciclos escolares, inclusive el técnico, tecnológico y profesional para formar a una niñez, una adolescencia y una juventud que sea capaz de cuestionar e ir más allá, que no se quede con lo primero que reciben, sino que por el contrario contrarresten fuentes y defiendan la verdad.
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Porque la verdad no es algo que se puede moldear a conveniencia, sin lugar a duda la realidad existe independientemente de los gustos. Renunciar a los hechos objetivos como base del diálogo es abandonar la posibilidad de poder ser entendidos como sociedad. Y en un mundo donde cada vez más personas habitan realidades que parecieran incompatibles, el futuro de la convivencia democrática está en juego.





