Si fuéramos a construir un personaje de ficción, resultaría inverosímil alguien como Carlos Arturo Fernández en quien conviven identidades que es difícil encontrar reunidas dentro de un solo hombre. Carlos Arturo es académico; también divulgador. Es investigador; también hombre de acción. Es experto en el arte local y al mismo tiempo conocedor de las culturas del mundo. En Medellín enseña sobre historia del arte y también acompaña viajes en muchas ciudades. Y es tan romántico como pragmático.
Podríamos ampliar esta lista de opuestos que conviven en él armónicamente y que le permiten comunicar, de muchas maneras, una verdad que intuye y comparte. La verdad personal es una —pensaría él— y no tiene por qué desvirtuarse cuando se modula para llegar a distintos públicos. La verdad que se expone es una, y eso lo advertimos al oírlo dirigirse con la misma cordialidad y solvencia, tanto a un grupo de teóricos a quienes les habla bajo los códigos de la academia, como a distintos grupos de señoras con quienes se comunica en un lenguaje tan común como elocuente. Frente a los dos públicos muestra un genuino interés.
La verdad es una porque nace de su entusiasmo por la cultura y tal vez, en lo profundo, por un amor por el ser humano en su versión de creador. Y eso le permite hablar en distintos registros que van desde los artículos académicos hasta notas quincenales de prensa. Desde programas de televisión hasta pódcasts sobre recorridos por el mundo. Desde conferencias divulgativas en Youtube hasta charlas en buses y salas de espera. Estas múltiples facetas conviven, se complementan y nos revelan un ser caleidoscópico que se puede abordar desde muchos ángulos.

Como historiador del arte se doctoró en Bolonia (Italia), luego de haber estudiado Filosofía en la Universidad Javeriana de Bogotá. A Bogotá llegó a los 19 años para hacerse jesuita, siguiendo un camino que ya habían recorrido otros en su familia, conformada por liberales y conservadores. También por un abuelo republicano que atendía como médico a miembros de ambos partidos y del cual tal vez heredó su “divina indiferencia”.
En un momento de la formación como jesuita, se presentaron algunos conflictos, lo cual produjo su salida de la comunidad y la llegada a “una noche oscura del alma”. Sin embargo, ahora, desde sus 74 años, haciendo el balance, dice: “Nunca me he arrepentido ni de haber entrado, ni de haber salido de la Compañía”. Tras este trance, termina filosofía, entre otras, bajo la influencia y la amistad de Guillermo Hoyos, uno de los grandes filósofos de Colombia y estudia, en simultáneo, literatura. “Opté por las dos carreras”, reconoce, “por esa característica que he tenido toda la vida de no saber muy bien qué escoger”.
De Italia a la U. de A.
Una vez graduado se abre para él la posibilidad de estudiar literatura italiana del trecento, en Italia. Y una tarde de diciembre, sintiendo la estrechez de este tema, ya en Florencia, por una casualidad que no esperaba, pide a último minuto el traslado a la ciudad de Bolonia para hacer el doctorado en Historia del Arte. Ya se había despertado en él, como jesuita, una apertura hacia los universos simbólicos y cierta inclinación por el espíritu y la belleza. Quiso entonces buscarla más allá de las iglesias. Tal vez si ese viernes no hubiera llevado el papel adecuado, a la oficina correcta, el día preciso, otra sería su vida. “Por eso”, reconoce ahora con mirada retrospectiva y desapasionada, “las cosas más importantes de la vida, suceden casi siempre sin forzarlas”.
Durante los cuatro años de doctorado se sumergió en el arte europeo, vivió una estancia larga en Londres y otra en París. Para graduarse, presentó un trabajo sobre la obra de la pareja Christo, reconocida por empaquetar con telas grandísimas edificaciones.
Al cabo de este tiempo, decidió regresar a Medellín, una ciudad en la cual florecía el arte moderno después de las tres bienales del 70, pero, –y eso lo supo después– carecía de la perspectiva histórica y teórica que él aportaría. Lo cual, refractario a cualquier elogio, se resiste a reconocer.
Al llegar se desempeñó primero en trabajos de tanteo: organizó charlas en El Castillo, trabajó en el área de extensión cultural de la Universidad Bolivariana, hasta que finalmente llegó a la que sería su casa laboral: La Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia.

En Medellín se casó con la periodista y comunicadora, Luz Gabriela Gómez, (Gaby) quien por muchos años sería la decana de la facultad de comunicaciones de la UPB y se haría experta en temas de paz y convivencia. Ella reforzaría su talante como divulgador. Tuvieron dos hijos: Sara (hoy experta en la obra de Débora Arango) y Carlos Esteban, (filósofo y magíster en Desarrollo). Dos hijos herederos directos de los intereses de sus padres. Por eso hay quienes les dicen, en son de burla, que al reunirse no forman una familia, sino una mesa de investigación.
Desde su llegada a la Universidad hace 40 años ha podido crear hacia adentro y proyectarse hacia fuera gracias a lo cual mereció recientemente el reconocimiento Alma Mater a una vida. Adentro, en la academia, ha sido docente, investigador y creador de la maestría y del doctorado de Historia del Arte. Afuera, en la vida pública, ha sido miembro activo de comités de museos y de entidades que apoyan a la cultura en la ciudad y la región neutralizando muchas veces las hostilidades del medio.
Adentro, ha sido un faro del conocimiento especializado para historiadores del arte, críticos, curadores y periodistas. Afuera, periodista desde los 90, cuando se hizo presentador y asesor de los programas de Teleantioquia sobre arquitectura y patrimonio de Medellín, impulsados entonces por Comfama.
Adentro, fue el fundador del Seminario Nacional de Teoría e Historia del Arte, que ha marcado la pauta académica en este campo en las 12 ediciones que lleva. Afuera, profesor de Yurupary, un centro de estudios que envasó el conocimiento en formatos para públicos no académicos y que lo catapultó como guía cultural de viajes por el mundo. Luego emprendería estos recorridos con el programa de viajes culturales de la Universidad de Antioquia y hoy lo hace con la Agencia The Gallery Travel.
Adentro, en la academia, se ha destacado como agudo observador del Arte en Colombia analizando no solo el trabajo de los artistas, sino los procesos de mediación del arte, estudiando, por ejemplo, a agentes como Leonel Estrada o Marta Traba. Afuera, ha sido, con generosidad y puntualidad, asesor de este periódico que tiene siempre una obra de arte en su portada. En este trabajo ha prevalecido una línea curatorial incluyente y un espíritu pedagógico que se expresa en las columnas de las páginas interiores, donde explica la propuesta de sentido que él encuentra en cada obra escogida.
Adentro, en la universidad, ha brillado como un teórico de arte que, en lugar de concebir a la historia del arte en una progresión lineal, como propone Vasari, ha concebido el arte desde el pluralismo como sugiere Danto. “Ahora”, dice “ya no hablamos de críticos que juzgan las obras de buenas o malas, sino de intérpretes que te ayudan a comprenderla”. Como observador, entre otras, leyó con agudeza el cambio de los tiempos, cuando vio cómo el Salón Rabinovich marcó un quiebre en la ciudad entre el arte moderno y el arte contemporáneo. Con la misma agudeza que ahora habla de poshistoria es capaz de señalar los hitos del pasado y saber la obra exacta, en Estambul, que marca el fin del Arte Clásico e inaugura el comienzo de Arte Bizantino.

Adentro, desde el ámbito universitario, ha estudiado las relaciones entre el arte y la violencia, la misma que padeció su familia cuando debió huir de Salgar por la amenaza de muerte a su padre liberal, cuando él tenía solo 29 días de nacido. Y afuera, en esa esfera pública regional que él ha ayudado a moldear, ha sido productor de los pódcasts Bitácoras de viaje de Sura, cuyos libretos hace, desde la pandemia, con Gaby (su mujer) y en los cuales enseña sobre el arte del regateo en El Cairo, los orígenes de la chifa peruana o la relación paradójica de los sicilianos con ese “gigante bueno” que es el volcán del Edna.
Sin embargo, todos los viajes emprendidos, hay uno que le ha marcado la vida: la India. Allá no solo va, sino que vuelve a beber cada vez más hondo. Varias veces ha pasado por la ciudad sagrada de Varanasi donde sobresalen las piras crematorias a cielo abierto y donde se ven tantos ancianos esperando que los acoja la muerte a orillas del Ganges. Y en medio de ese deseo final de salir del Samsara dentro de esa ciudad donde se reúnen la vida y la muerte, ha visto huir a uno que otro perro con un hueso de cadáver mal molido dentro de sus dientes.
Porque la India, lo dice, “es el viaje de la vida”. ¿Y por qué? ¿Por qué cala tan hondo en Carlos Arturo este destino? Tal vez por la afinidad ante un país donde se refleja esa pluralidad esencial que lo constituye. Un universo de infinitas formas y de múltiples dioses que celebran, recrean, transmiten y expresan la verdad de lo divino. Una verdad que como adolescente buscó, primero dentro de las iglesias, y que luego encontró en tantos registros, en tantos destinos y en tantas posibilidades de sí mismo, que lo harían inverosímil si fuera un personaje de ficción.





