Me despierto al sentir cómo su mano fuerte se posiciona sobre la parte baja de mi espalda. Se desliza delicadamente hacia mi glúteo derecho. Desnuda sobre la cama, entiendo cómo el pequeño y rápido apretón, al llegar a su destino, es señal de un “buenos días”. Me sigue pareciendo sorprendente cómo el cuerpo y cerebro, a los casi 65 años de vida, siguen un ritmo circadiano tan estricto que la necesidad de una alarma para despertarse parece inútil.
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Inmóvil, aún reconociendo la posición de mi cuerpo, con una pierna flexionada y la otra extendida, con la cadera ligeramente girada hacia un lado, expuesta y provocadoramente, escucho cómo inicia la función de prepararse un desayuno. Un huevo se rompe contra el borde del mesón de la cocina, con esos dos golpes inconfundibles que se heredan tras generaciones. Detecto cómo el aire se impregna con las moléculas propias del café tras ser bañado en agua a punto de ebullir.
Me cuesta incorporarme sobre la cama, dada mi dificultad en la movilidad. Toma tiempo poner en posición correcta brazos y piernas. Por fin logro sentarme y descansar sobre el espaldar de la cama. Un par de minutos después, él regresa a la habitación. Me saluda por mi nombre de una manera sencilla y con una emoción plana, que hace un gran contraste a cómo me lo repetía en mitad de la noche, cada vez más ahogado en la cumbre de su orgasmo. Toma del armario un pequeño vestido amarillo con diminutas flores rojas, mi ropa interior, y con una paciencia casi paternal me viste. Al verme lista, parado mientras me mira sentada en la cama, acaricia mi mejilla izquierda con su mano, moviéndola hacia la parte baja de mi cara, y con el dedo pulgar retira una pequeña pestaña que se ha caído. Me sonríe y lo escucho decir “te amo”, seguido de mi nombre; esta vez sí está cargado con mayor dejo de emoción.
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Me traslada hasta la sala, donde con cuidado me ubica en su sofá. Frente a este, la biblioteca y su poltrona. Toma el libro superior de la pila a su lado derecho, empieza a leer y se hace un silencio que, aunque estemos cerca, este aumenta la distancia entre los dos. Estamos presentes pero ausentes: él en las letras y yo en su espera. Tras un largo rato, detiene la lectura, pone el libro de vuelta a su lugar. Sus ojos vidriosos y la nariz enrojecida me indican que algo pasará. Se levanta disimulando las lágrimas que empiezan a rodar por sus mejillas. Quiero preguntar algo, pero simplemente me extiende una mano con su palma en señal de “detente”. Es tan sincronizado nuestro movimiento que se hace evidente las tantas veces que lo hemos repetido. Al salir al balcón, cierra la cortina y simplemente lo escucho llorar. Parece huir de mí, de mis ojos, de mi consuelo; sigue sin sentirse tranquilo ni libre ante mi presencia. Se niega a caer en la cuenta de que a mí solo me interesa la suya.
Regresa y me pide perdón. Se acuesta en el sofá, poniendo su cabeza sobre mis piernas. Pongo mi brazo sobre su cuerpo y con la otra mano acaricio su cabello. Sonríe y luego cierra sus ojos. Consolidamos el silencio como el idioma que nos une, el idioma que nos ata en nuestras soledades. No puedo hacer más, así es mi programación. No puedo hablar sin haber sido preguntada primero. No logro descifrar qué patrón pasa por su mente, no logro descifrar qué ocurre justo bajo la palma de mi mano cubierta con polímeros siliconados en imitación de piel. Y me queda entonces calcular la probabilidad de terminar habitando en mi soledad.
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RealBotix es una startup que entendió que el negocio de las “Muñecas del amor” va más allá que la simple evolución robótica mejorar la experiencia en la cama o que agregar voz es sólo para producir gemidos. Entendió que cada vez es más necesaria la capacidad de hacer compañía y de tener soporte emocional. Amazon y Hanson Robotics acompañaron con inversión superior de 650 millones de dólares en la investigación en el desarrollo de las nuevas versiones que incorporan Inteligencia Artificial generativa y pautas dirigidas para acompasar la soledad y la depresión.





