Preocuparse por nuestras decisiones políticas es tan importante como bañarse o lavarse los dientes. Una verdad incómoda se grita a los cuatro vientos: algunos municipios del Oriente son, desde el peso político, tan o más importantes que algunos de nuestra región hermana, el Valle de Aburrá. Muestra de ello son Rionegro, La Ceja y El Retiro, solo por mencionar algunos en la práctica injusta de clasificar.
Esta importancia, ganada con esfuerzo, innovaciones y una colectividad que por años ha construido, trae consigo desafíos sociales, ambientales, económicos y, claro está, políticos. No estamos exentos de palabras tan complejas de escuchar como “media verdad”, “desconfianza”, “falta de información de calidad” y otras que ponen en riesgo la democracia y acosan la política, sobre todo, aquella que denominamos electoral.
Por los canales de WhatsApp circulan cientos de mensajes construidos a conciencia para que creamos que son ciertos. Mi tía, por ejemplo, me muestra todos los días algunos y me jura ante los ojos de algún señor que son verdad. Navego las redes sociales de mis amigas y conocidos, con sorpresa encuentro que comparten cualquier cosa solo por la sensación de “estar de acuerdo con una causa”, sin considerar que hay empresas detrás dedicadas a la desinformación que saben muy bien cómo jugarles a nuestros sesgos. Cientos de organizaciones comenzarán pronto campañas por el cuidado de la democracia; pero, una vez finalizadas las elecciones, ¿continuarán?
El Oriente no se salva de algunos fenómenos que son tierra fértil para las ya no tan nuevas ciber mafias electorales. Latinoamérica es una región más desinformada que la media mundial. De la misma manera, vivimos en medio de la incertidumbre, lo cual aumenta nuestras demandas de certezas, las cuales no siempre se resuelven con información verdadera. Aunque tenemos oferta de medios, no todos son de calidad. Tenemos altos niveles de desconfianza (esto, nos lo ha enseñado el cine, les encantan a los fantasmas y a los criminales), nuestras democracias son defectuosas y somos campeones en el uso de plataformas digitales como las redes sociales. Un cóctel perfecto.
La desinformación -disfunciones informativas- ya es parte de los procesos electorales no solo internacionales y nacionales, porque esto no se trata solamente de Donald Trump o nuestro próximo presidente, también locales. Necesitamos, con urgencia, hablar de ciberseguridad e higiene electoral desde el Oriente antioqueño, hacerle preguntas críticas a la información, no tragar entero y ganar comprensión en que alcaldías, concejos, proyectos, juntas de acción comunal y otros procesos electorales, también pueden estar intoxicados.
Algunas cosas que pueden funcionar. Si usted es una empresa y se va a montar en una campaña, procure que esta sea a largo plazo y no se agote en el calor del voto. Si es un medio: sea responsable. Si usted es un profesor o líder dé a conocer historias y respuestas centradas en procesos y no solo en contenidos. Si usted es un ciudadano, busque conversaciones incómodas, abra los oídos y luché un rato contra eso que cree. Funciona muy bien, antes de hablar de política, encontrar gustos en común como el fútbol, el cine, los perros o la música, descubriremos con sorpresa que no pensamos tan distinto y que hay cosas que nos unen por encima de las que, quienes quieren separarnos, promueven. Si tanto profesamos el poder ciudadano, es un buen momento para ponerlo en práctica.





