Recientemente, el Distrito sorprendió con la propuesta de construir el Gran Parque Medellín, una iniciativa destinada a mejorar indicadores de espacio público de la ciudad, y así contribuir a cerrar un déficit históricamente alto y difícil de tratar. El anuncio no estuvo exento de polémica. No solo porque presentó como su gran aporte “dotar de mar a Medellín” —lo único que, según el alcalde, le faltaba a la ciudad—, sino porque es un “proyecto outlier”: no figura en el Plan de Desarrollo ni en el POT, careciendo de un anclaje claro en la planificación municipal.
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La idea de tener un “mar” en Medellín es pintoresca y, por absurda que parezca, quizá coherente con la visión de la ciudad como destino de entretenimiento, escenario “instagrameable” y vitrina para servicios turísticos formales e informales para el esparcimiento y el placer. Sus defensores lo celebran como visionario. Y, en parte, tienen razón: pensar en un gran parque es una necesidad imperante.
Pero, cabe preguntar:
¿No era eso mismo lo que promete la culminación de todas las etapas de Parques del Río, una obra priorizada en el POT y concebida para generar un desarrollo urbano sistémico y sostenible para revitalizar la zona céntrica del Valle de Aburrá, restar presión al proceso de densificación de las laderas y conectar a los ciudadanos con el cuidado del agua?
El debate que abre este proyecto no es anecdótico. Obliga a cuestionar cómo se fijan las prioridades y por qué los instrumentos de ordenamiento son tan fácilmente ignorados.
¿En qué debemos invertir para potenciar el desarrollo y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos de Medellín?
La institucionalidad de nuestra ciudad necesita disciplina estratégica y capacidad de ejecución para atender con rigor lo que sus habitantes requieren, más allá del impulso de moda o la vanidad política.
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Carecemos de planes de largo plazo que sobrevivan a los cambios de gobierno. Las estructuras de liderazgo cívico tienen poca fuerza para asegurar continuidad y coherencia en la acción pública. Así, Medellín termina reaccionando, no planificando: desbordada por fenómenos que no anticipa, desaprovechando oportunidades y dejando a medias proyectos valiosos. La burocracia, a menudo clientelista, multiplica los costos de oportunidad y erosiona la confianza en el Estado local.
La ciudad progresa, sí, pero a un ritmo menor del que podría y sin enfrentar con decisión problemas estructurales que amenazan incluso la vida de sus habitantes: el crecimiento descontrolado en las laderas, el abandono del centro, la lentitud en la ampliación del transporte público y la movilidad sostenible, la falta de adaptación al cambio climático o la falta de gestión estratégica del recurso hídrico, por mencionar algunos.
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Nos enorgullece, con razón, del modelo Universidad-Empresa-Estado, que tan bien ha funcionado en nuestra ciudad; pero, lo desaprovechamos para la planeación territorial. Pensar en una Medellín innovadora, capaz de atraer talento y capital para la cuarta y quinta revolución industrial, es importante; garantizar que siga siendo un lugar habitable y equitativo para sus ciudadanos actuales y futuros, lo es aún más.
La complejidad del debate urbano no puede ser excusa para la inacción en construir capacidades para el mañana. Iniciativas como Medellín Cómo Vamos o veedurías como Todos por Medellín son esfuerzos valiosos que aportan vigilancia ciudadana, pero habría que complementarlas con mecanismos que den seguimiento efectivo a instrumentos como el POT.
Cuidar a Medellín exige actuar en el hoy; pero, sobre todo, necesita instituciones capaces de planear y ejecutar con visión, sus proyectos de futuro.
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