Tener abuelos vivos motiva una práctica habitual y frecuente en el Oriente antioqueño: la visita y reunión de la familia a almorzar en casa de estos, la tarde de domingo. Bandeja paisa a la sazón, mondongo o su majestad el sancocho son algunos platos que ocupan la mesa tradicional, hechos por las manos de la matrona principal de la familia.
El domingo familiar constituye un encuentro provechoso para la visita de todos los miembros, que se extiende generalmente hasta altas horas de la noche, tertuliando cada novedad de la semana, probando manjares y haciendo antiguas recetas que solo la abuela conoce, jugando con los niños o bromeando a los sobrinos adolescentes que llevaron por primera vez una pareja; además, dentro de la jornada, hay tiempo de mirar el viejo álbum de fotos donde todos los hijos salían pequeños y con ilusiones, abrazos van y besos vienen, se escuchan historias, se preparan tintos o bebidas refrescantes, se desempolvan discos de vinilo cual simulacro decembrino, se reparten pasabocas y tal vez resulte uno que otro baile en la sala… Si de costumbres sagradas antioqueñas habláramos, sería de un domingo de familia en casa de los abuelos.
Por tradición, este cuadro de costumbres tan evocador y memorable ha sido posible gracias a estos dos miembros convocantes, que, ubicados al centro de la mesa, todo lo prepararon fácilmente; aunque desgastada por el paso del tiempo, ellos guardan la memoria colectiva de cada uno de los integrantes.
Tienen manos laboriosas y una sazón culinaria incomparable. Con voz pausada y dulce, imparten consejos sabios y amorosos mientras extienden sus brazos, tan largos como les sea posible, para abrazar su larga y creciente descendencia; su amor es el imán que atrae y convoca hasta el miembro más lejano y hacen de la tarde el receso más tranquilo y alcahueta de la semana.
Estas escenas dominicales contienen pinceladas inadvertidas que, con el paso del tiempo, se habrán desdibujado; todos tesoros y valores que identificamos posteriormente ante la pérdida de uno de ellos.
Si observamos, en el fondo, no era el plato servido el alma del encuentro, eran las recetas de la abuela, que poco a poco se fueron al olvido. Era el vínculo entre palabra y palabra sobre la mesa y no los distractores tecnológicos de ahora, eran la selección y el cuidado de la música junto a las anécdotas dichas entre un disco y otro; era el tesoro de tener un álbum de fotos reemplazado ahora por un carrete digital desclasificado; era también aprender a bordar, hacer cartas y entregar regalos inesperados esa tarde de domingo.
Cada relevo generacional trae pérdidas y ganancias que cambian las dinámicas familiares. Podrán perderse recuerdos, pero nunca el valor de la familia y sus costumbres; se perderán seres queridos y, en cambio, se ganará alto honor a su memoria. Aunque las tardes de domingo podrán cambiar sus dinámicas, la identidad y el sentido de pertenencia de donde vinimos nunca debería perderse.





