Es madrugada y te despiertas con la sensación de que el mundo amaneció en tu contra. Tu cerebro proyecta flashes inconexos de aquello que aún no has resuelto, la incertidumbre aparece al acecho y de algún modo te ves inmerso en el afán matinal.
Al salir de casa te ralentiza el tráfico y vas pensando como abordarás los desafíos del día, la reunión de trabajo, el resultado que no esperabas, el mal genio por a, b, c. Y entonces te ves saturado y resuelves ponerte los guantes en defensa propia para aquello que surja.
¿Lo viviste en algún momento? Cuántas veces cargamos durante días con algo que pudo gestionarse mejor.
Hablemos acerca de la importancia del ejercicio mental. Así como entrenamos el cuerpo para fortalecer los sistemas y activar las defensas en contra de las enfermedades, también deberíamos entrenar la mente. Esta práctica de fortalecimiento interior es necesaria para gestionar y decidir qué hacer con aquellos agentes exteriores que atentan contra nuestro equilibrio emocional.
El ejercicio mental comienza, quizás, con algo tan sencillo como aprender a hacer una pausa antes de responder levantando la voz, antes de asumir que el otro quiso ofendernos, o de convertir una opinión diferente en una batalla personal. Nuestro cerebro es un experto constructor de expectativas, esperamos que las personas actúen como creemos que deberían hacerlo y que la vida, de alguna manera, siga el libreto auspiciado por nuestros anhelos. Y cuando eso no ocurre, aparece la frustración.
Una mente fuerte nos lleva a entender que el problema no está en lo que sucede, sino en la distancia entre lo esperado y lo que realmente ocurrió.
Ejercitarnos, en este sentido, significa aceptar y convivir con esa distancia; no todo depende de nosotros, la frustración se ataca aceptando el fallo y reajustando metas más reales. Estas situaciones “maestras”, nos dejan una mentalidad suficiente para gestionar nuestras reacciones correctamente y fortalecer el carácter.
No me refiero entonces a tener que permitirlo todo ni permanecer en silencio frente a lo injusto. Los límites no son falta de respeto. Amabilidad no es debilidad. Firmeza no es agresividad. Disentir no es humillar. Y defender una posición no es destruir al que piensa diferente.
Quizás uno de los ejercicios mentales más necesarios sea precisamente aprender a tratar bien al otro, incluso cuando estamos molestos con él.
Entendamos que detrás de cada persona hay una historia que desconocemos, alguien que puede estar atravesando una dificultad, cargando una preocupación o simplemente librando una batalla silenciosa. Ser blandos con las personas, pero enfáticos con las situaciones.
El ejercicio mental es parte de una introspección que nos permite reconocernos para controlar reacciones desmedidas. Aprender a gobernarnos es una exigencia necesaria para la vida y la convivencia, dediquemos tiempo a fortalecer aquello que, silenciosamente, dirige todo lo demás: nuestra mente.




