¿Cuántas de nosotras hemos preguntado en casa: “¿Tú por quién crees que debería votar?”. ¿Cuántas evitamos hablar de política en reuniones sociales por miedo a incomodar, a equivocarnos, o a no tener suficientes argumentos? ¿Cuántas quisiéramos tener un espacio seguro para aprender, preguntar sin pena, disentir sin ser juzgadas y construir criterio propio sobre los temas que definen el rumbo del país?

Durante décadas, muchas mujeres crecimos entendiendo —sin que nadie nos lo dijera explícitamente— que la política era un territorio ajeno. Algo que se discutía entre hombres, algo técnico, algo incómodo, algo que era mejor no tocar.
Nuestras abuelas, tías y mamás vivieron en una época en la que votar era un acto reciente, frágil y muchas veces guiado por la voz masculina del hogar. Y aunque hemos avanzado, algunas inercias culturales siguen ahí: la idea de que no sabemos lo suficiente, de que no estamos preparadas, de que opinar políticamente nos expone demasiado.
Pero hay un dato imposible de ignorar: las mujeres somos más del 50 % de la población de Colombia. Somos mayoría en las urnas, pero no siempre en las conversaciones que definen por qué y para qué votamos.
28 % es la disminución de la representación femenina en Antioquia para las elecciones al Congreso en este 2026. En total son 67 candidatas y en 2022 hubo 93 mujeres aspirantes.
No se trata solo de representación política, aunque también importa que hoy las mujeres ocupen alrededor del 29 % de las curules en el Congreso, una cifra histórica pero todavía lejos de la paridad.
La política atraviesa nuestra vida diaria
Y es que la política es una herramienta cotidiana que impacta la educación de nuestros hijos, el acceso al empleo, la seguridad, la salud, el emprendimiento, el cuidado, la economía.
Por esta razón, hace un tiempo, un grupo de amigas decidimos hacer algo sencillo pero emocionante: poner la política sobre la mesa, y así crear espacios para conversar con expertos, para entender contextos, para escuchar posiciones distintas. Espacios donde no saber no es vergonzoso, sino el punto de partida para entender mejor, y decidir con conocimiento.
“Se trata de participación cultural, de sentirnos libres para hablar, cuestionar, disentir y aprender”. Lina Uribe, ingeniera ambiental, magíster en Gerencia de la Innovación y el Conocimiento.
Y en ese ejercicio, descubrimos algo poderoso: cuando las mujeres conversamos de política entre nosotras, no solo aprendemos más rápido, también ampliamos la mirada, preguntamos distinto, traducimos el impacto público en experiencia personal.
En nuestra comunidad de Mujeres, Política y Emprendimiento convivimos mamás, gerentes, emprendedoras, profesionales. Mujeres que no buscamos uniformidad ideológica, pero sí criterio y consciencia en nuestras decisiones.
Aquí entendimos que delegar nuestras decisiones cívicas también es una forma de renunciar al ejercicio del poder. Y que aprender de política no exige saberlo todo: exige estar dispuestas a preguntar.
Y, tal vez, el cambio no empieza en las altas esferas políticas, el cambio empieza sentadas con un café, en el chat de amigas, en el grupo de mamás, en espacios seguros, pues entre más participemos de esa conversación, más nuestro será el resultado.
Abrir espacios políticos a las mujeres incentiva la participación
Según información de la Sección Mujeres de la Organización de las Naciones Unidas (ONU Mujeres), países que han impulsado mayor participación política femenina aumentan la representación, y amplían las agendas públicas hacia temas de bienestar, cuidado, maternidad, desarrollo económico inclusivo y emprendimiento.
También, dicen informes de ONU Mujeres, que la participación y el liderazgo de ellas en la política y la vida pública son aspectos fundamentales para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) antes de 2030. Sin embargo, “los datos muestran que la representación de las mujeres es insuficiente en todos los niveles de toma de decisiones del mundo. Por tanto, la paridad de género en la política está aún lejos de ser alcanzada”.





