En el Oriente antioqueño, la vida comienza temprano. Mucho antes de que el sol desvanezca la neblina, ya se oye el mugido de las vacas en medio del ordeño, el silbido del campesino, el golpe seco del hacha sobre leña húmeda y el paso de ciclistas floristeros hacia los cultivos. Estos, todavía, son nuestros sonidos locales, casi rituales costumbristas que nos recuerdan que aquí la rutina es también una manera de contar el tiempo.
La región surgió de la relación íntima entre las manos laboriosas de los campesinos y la tierra, esas ‘inmensas minorías’ que por generaciones levantan temprano este territorio, que saben cuándo viene la lluvia sin mirar el cielo, les basta con ver cómo se comporta el arado para entender las fases de sus cultivos o cómo se acuesta la niebla sobre el filo de la montaña para entender sus jornales. En esas faenas campesinas —de sembrar, cosechar, arrear, ordeñar— se urde un tejido que no está escrito en ninguna ley, que satisface las necesidades de la urbe y que es un deber sostenerlo: el cooperativismo; allí hay solidaridad, crecimiento, producción, trabajo y educación. Las inmensas minorías intercambian sabiduría, dinamizan la economía con precios justos, proveen la canasta familiar, fortalecen las comunidades y hacen más digna la vida del pueblo.
No todo es trabajo, también hay tiempo para compartir, como en las fiestas patronales que, en cada municipio, todas son distintas, pero familiares. Se honra al santo, sí, pero sobre todo se honra el encuentro comunitario, algo tan extinto en la ciudad. Luego de la procesión, en la plaza suena la banda de música, hay toldos con distintas viandas, bailes, aguardiente, rifas… Es el momento en que ellos se reconocen, se saludan y comparten. Un tiempo donde la devoción se mezcla con la alegría y todo se vuelve una recarga al corazón.
En medio de sus hogares, siempre está la mesa, amplia, donde cabe quien llegue. La arepa recién asada, el queso fresco que presume olor de finca, la mazamorra que se remueve despacio para que no se pegue en el fogón. Aunque allí no hay platos sofisticados, sí está el alma de la sencillez, sin prisa, saboreando, echando cuento, una bella forma de habitar los campos del Oriente.
Sin embargo, estos tiempos siguen trayendo el ensanche, la urbe se acerca a la montaña donde antes solo pastaban vacas y aleteaban las gallinas. Llegan más inversionistas en búsqueda de la tierra, nuevas costumbres, otras dinámicas. Aquello no es malo, pero transforma el perfil montañoso que antes labraban las inmensas minorías. Estas comunidades ahora son frágiles, como si tuvieran que sostenerse con ambas manos para que no se escapen.
Ojalá encontremos un camino ecuánime hacia el futuro, sin desplazar las inmensas minorías y sus valores: una fe sencilla, la mesa compartida, el trabajo paciente. En esta región de Antioquia, la memoria no tendrá que ser nostalgia, sino raíz. Y una raíz bien cuidada no detiene el crecimiento, lo sostiene.





