En la ciénaga El Llanito, en Barrancabermeja, dos estudiantes de Ingeniería Ambiental de la Universidad Católica de Oriente siguen una pista incómoda: los plásticos ya no aparecen solo como basura visible, sino dentro de las especies que habitan los ecosistemas acuáticos y que, posteriormente, terminan en nuestros platos.
La importancia de estos estudios está en que no solo muestran el deterioro de un cuerpo de agua. También ayudan a entender cómo partículas plásticas, que pueden salir de empaques, textiles o residuos mal dispuestos, entran en organismos pequeños, pasan a otros más grandes y pueden terminar en la parte del pez que consumen las personas.
Brahian Zuluaga, habitante de la vereda Cascajo Abajo, en Marinilla, analizó 55 peces capturados en ese ecosistema del Magdalena Medio: “La idea era que fueran peces de importancia comercial y ecológica”, explicó. Finalmente, examinó cinco especies, entre ellas el bocachico, la arenca y el viejito.
Durante un año completo, el estudiante viajó a la ciénaga cada tres meses. En ese tiempo, él pescó, diseccionó a los animales y les extrajo las agallas, el músculo, el hígado y el tracto digestivo para evaluar la presencia de plásticos. El resultado fue alarmante: el problema ambiental ya no se trata únicamente de botellas o bolsas flotando, sino de fragmentos diminutos que entran en los cuerpos de los animales. “Muchos de los peces que estudié no llegaban a pesar ni siquiera una libra y aun así encontramos muchísimos microplásticos en ellos, incluso incrustados en sus músculos, que es lo que comemos los humanos”, contó Brahian.
La ciénaga funciona como planicie de inundación: cuando el río crece, esta recibe agua y ayuda a amortiguar crecientes. Esa misma condición la vuelve vulnerable, porque al ser un ecosistema de aguas quietas, el material que llega tiende a quedarse en el fondo.
El recorrido de esa contaminación puede empezar lejos de Barrancabermeja. Según Brahian, las aguas residuales y los lavados de ropa sintética liberan fibras que viajan por quebradas y ríos. “La contaminación muchas veces no es por lo que se ve en el mismo lugar, sino por cosas que vienen desde arriba y se han ido degradando”, dijo.
La otra parte de la investigación la adelanta Sara Cano, estudiante de la vereda La Palestina, en El Peñol, quien trabaja con macroinvertebrados recolectados en cuatro puntos de la misma ciénaga. Su proyecto estudia dípteros, coleópteros, odonatos, cicloestéreos y moluscos.
Para observar las partículas, las muestras pasan por digestión con KOH, filtración, secado y conteo en estereoscopio.
“Ver que hay microplásticos en estos macroinvertebrados nos muestra que estos tienen gran facilidad para entrar a la cadena alimenticia, porque lo que vemos es que están ingiriendo microplásticos, confundiéndolos con alimento y luego los macroinvertebrados sirven como alimento para los peces que los humanos terminamos consumiendo”, afirmó Sara.
La composición de los organismos encontrados también da pistas sobre el estado del agua. Según la estudiante, en las muestras no aparecieron los grupos más sensibles, que suelen asociarse con mejores condiciones ecológicas. “La calidad del agua de la ciénaga no está del todo bien, porque los que indican buena calidad del agua son principalmente los tricópteros, los efemerópteros y los plecópteros. Y vemos que aquí no están. Aparecen principalmente coleópteros y dípteros, que indican mala calidad del agua, es decir, poco oxígeno, además de hemípteros, odonatos, cicloestéreos y moluscos”, explicó.
El hallazgo es una advertencia sobre una red completa: lo que se bota se fragmenta; lo que se fragmenta entra al agua; lo que entra al agua puede llegar a los organismos; y lo que llega a los organismos puede regresar al plato humano.





