*Texto colaboración de la campaña de comunicaciones de Comfama “Vivir en democracia es cuidar el futuro”.
Hay grupos de WhatsApp que son un pequeño mundo. En el de la familia Guerra cabía de todo: los cumpleaños, los memes y, de vez en cuando, la política. Nadie lo había acordado. Simplemente ocurría.
En 2022, Carlos escribió algo sobre el momento electoral. Pero esa tarde la respuesta de su sobrino Óscar no fue contra lo que había dicho, sino contra él. Una línea delgada difícil de ignorar. Carlos no devolvió el golpe. Escribió, con calma, que esa no era la manera en que quería que le hablaran. Y salió del grupo.
La democracia no exige pensar igual. Exige que la conversación continúe.
Un gesto silencioso: poner distancia sin echar más leña. Dos hermanos hicieron lo mismo. Los días sin el chat fueron raros. Había algo liberador en el silencio, pero también un vacío: ya no llegaban las fotos, los chistes, la vida de su familia. Extrañaba eso. No los debates, sino todo lo demás.

Óscar, el sobrino, decidió escribirle. No para justificarse, sino para reconocer que se había equivocado. Le pidió disculpas y propuso verse. Carlos dijo que sí. Ese café podría haber sido tenso, pero no lo fue. Salieron sin resolver sus diferencias, pero con algo más valioso:
La certeza de que el otro no es un enemigo, sino alguien con quien vale la pena seguir.
Carlos lleva años pensando en cómo nos afectamos dentro de una familia. Lo que traemos a una conversación se transmite, pone el tono. La rabia llama a la rabia. Pero la calma también tiene ese poder. Con el tiempo, volvió al grupo. No porque las diferencias hubieran desaparecido, sino porque había algo más importante: alguien pidió perdón, alguien aceptó, y reconstruyeron lo roto.
Sin fingir que no había pasado nada. La democracia, antes de ser un sistema, es una manera de relacionarnos. Y esa manera se aprende en la mesa, en el chat, en el café que alguien se atreve a proponer.
Vivir en democracia es cuidar el futuro.





