La historia comienza al norte de Italia, en el pueblo de Reggio, situado en la región Emilia de Romagna, en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Para entonces, todo estaba destruido, incluidas las escuelas. Todo, salvo la vocación educativa del pueblo en donde, décadas atrás, se había fundado un instituto para formar educadores que, a contracorriente de la época, le había abierto sus puertas a las mujeres.
Así que ante la ausencia de muchos hombres –entregados a la guerra—, las mujeres estuvieron listas, en la coyuntura de la destrucción y la reconstrucción, para asumir el papel de educadoras. ¿Con qué? con lo que tuvieran a la mano; colores, insectos, herramientas; ¿en dónde? en la cocina, en la granja, en el bosque. ¿Con quién? con los abuelos, los vecinos y con los niños, maestros por excelencia de ellos mismos. Así, cualquier experiencia cotidiana se convirtió, en medio de la precariedad, en una posibilidad de aprendizaje.
Ya había calado ese espíritu cuando llegó a este pueblo, en los cincuenta, Loris Malguzzi. Este pedagogo traía en su equipaje las ideas constructivistas de María Montessori, Jean Piaget y John Dewey; sorprendido por esos niños autónomos y curiosos que crecían ante sus ojos en el pueblo de Reggio Emilia, guiados por adultos que los oían y atendían sus preguntas, fue sistematizando una pedagogía alternativa a la que bautizó con el nombre de este lugar. Así le dio brillo teórico a lo que la experiencia ya había probado, logró que esta pedagogía fuera replicable y catapultó a esta región como la tierra de educadores que hoy es.
Cien lenguajes
Hizo entonces apuestas arriesgadas para la época. Dijo que el niño era el protagonista de su proceso, sostuvo que el espacio debía concurrir como un maestro más. Prescribió para los adultos un rol, no de conductores sino de acompañantes de los niños exigiendo para ellos la sensibilidad suficiente para valorar sus cien lenguajes. “Un niño”, dijo en su poema más célebre, “está hecho de cien (…) Cien lenguas, cien manos, cien pensamientos…”.
Su propuesta comenzó a extenderse en ondas expansivas en Italia, en Europa, en el mundo y finalmente llegó, a principios de este siglo, a revolucionar planes educativos de varios jardines infantiles y colegios en Colombia. Y así, bajo esta influencia, muchas instituciones fueron tímidamente reformando sus espacios para provocar experiencias, capacitando a sus maestros y documentando las preguntas de los niños como vertebradoras del conocimiento.

tableros. Se aprende entre la naturaleza y conviven niños de edades equivalentes.
En este proceso de conversión participó el manizalita Omar Giraldo como rector de varios colegios de la red Aspaen, pero en el último de ellos, el Colegio Alcázares de Sabaneta (Antioquia), comprendió que su apuesta era mucho más atrevida de lo que la estructura académica tradicional le permitía. “Así que, en 2019, varios colegas y yo nos hicimos al costado”. Más que a un lado, este grupo de pioneros optó por dar un paso largo, muy largo, casi un salto en lugar de muchos corticos y tímidos dentro de la vieja estructura, atreviéndose a fundar varios colegios que hoy llevan por nombre Reggio Emilia como reflejo directo de su espíritu: uno en Sabaneta, otro en Envigado, otro en Manizales y el más reciente en El Carmen de Viboral.
El primero, el de Sabaneta, lo estrenaron con la participación de varias familias que querían dejar atrás la educación más tradicional, y aplicaron esta metodología flexible justo antes de la pandemia, la época que mayor flexibilización exigió a los modelos educativos. Por eso, desde el primer día del confinamiento, supieron adecuarse sin romperse por dentro. ¿Cómo lo hicieron? Convencidos de las virtudes de esta pedagogía, tras haber identificado las mejores plataformas de aprendizaje que habían conocido en la educación tradicional y aprovechando su experiencia en el sistema educativo.
En El Carmen
Hoy el colegio Reggio Emilia de El Carmen, que comenzó a funcionar hace dos años, es la muestra de esta síntesis. Las habilidades que el Ministerio de Educación exige a cualquier estudiante del país, no se transmiten como conceptos que un profesor derrama en un tablero —de hecho, por principio, no hay tableros—, sino como desencadenantes de experiencias de aprendizaje que, apalancados por unos retos —uno por cada semana escolar— se llevan a la práctica. Una semana aprenden matemáticas, arte, ciencias o geología extrayendo barro de la tierra cercana y adelantan el proceso de alfarería aprovechando los maestros que están ahí cerca, en El Carmen. La semana siguiente aplican las fórmulas de la física al salto de los conejos dentro de la granja del colegio y la tercera miran el ciclo de la vida o pueden estudiar, por ejemplo, teoría del color en las alas de la mariposa.

¿Y qué pasa con lo que no está cerca? Adelantan diferentes proyectos de larga duración, que algunas veces están asociados a la coyuntura; ahora, por ejemplo, priorizan el mundial de fútbol o el cambio climático. Conviven allí niños de edades equivalentes, pero no iguales, agrupados en ciclos al estilo del modelo rural de Escuela Nueva, cada uno con su propio ritmo de aprendizaje; por eso comparten espacio tanto los niños que van en el proceso formal, como los deportistas de alto rendimiento o los estudiantes que necesitan validar lo que hacen en Homeschooling.
Apropiarse del mundo
Al describir este modelo flexible pareciera que este grupo de pedagogos fundadores, al que pertenece Omar, pasó de una educación que concibe al niño como un lego que hay que armar con base en un manual de instrucciones previas, a un lego, con las mismas fichas (las tradicionales materias) que el niño va encajando a su manera, atendiendo sus pasiones e intereses. Una apuesta que no todos los niños o las familias están dispuestos a asumir, pero que resulta valiosa en un mundo en el que, desde noviembre de 2022, con la aparición de la IA, exige más capacidad de observar, crear y relacionar que de repetir o memorizar. Mayor capacidad de formular buenas preguntas que entregar respuestas.
Una apuesta, en todo caso, como hace siete décadas la hiciera Loris Malaguzzi, de la cual participan hoy 130 estudiantes en esta finca de El Carmen (de primero a once), acompañados por tutores (así los llaman) que deben cursar largas jornadas de desaprendizaje de los viejos esquemas para disponerse a acompañar a los niños a apropiarse del mundo a través del dibujo, la escritura, la música o la tecnología para no robarles los noventa y nueve lenguajes que tienen, y ser, al contrario, multiplicadores de los ellos, de sus talentos, de sus lenguajes que como todos los niños están hechos de cien.





