Por: Valor Público EAFIT.
Cuando hablamos de democracia, muchas veces nuestra mente salta de inmediato a las urnas, a las instituciones o a las leyes. Pero la democracia es un modo de vida que se acuerda, se aprende, se transmite y se cultiva en las prácticas diarias. No es solo un modo de gobierno que se active mediante las elecciones.
Lo dijo el filósofo y educador John Dewey en la década de los cuarenta, del sigo pasado: la democracia es una forma de vida, una concesión ética que confía en las posibilidades humanas, y que se materializa en las actitudes diarias. En ese sentido, la comunidad es un organismo y no una masa. Al ser organismo, hay voluntad común y horizontes compartidos, por más diferencias que existan.
Un ejemplo de esa voluntad común se presentó hace cuatro años, con los diálogos de ‘Tenemos que hablar Colombia’, una iniciativa de seis universidades colombianas, que analizó diálogos con 5.159 personas. La voz ciudadana recogida en este estudio, inédito en Colombia, se tradujo en seis mandatos ciudadanos. El primero, la educación como uno de los principales medios para lograr un país más equitativo si pone en el centro la formación para el ejercicio de la ciudadanía. El segundo es eliminar la corrupción como el principal obstáculo que enfrenta la política como medio para garantizar los derechos. El tercer mandato fue transformar la sociedad a través de la cultura. El cuarto es cuidar la biodiversidad y la diversidad cultural. El quinto, construir confianza en lo público y el sexto, proteger la paz y la Constitución.
El horizonte compartido de esta sociedad es claro: cumplir los acuerdos democráticos a cabalidad. Pero en ese horizonte hay diferencias. Aceptarlas no es una concesión, es entender que la pluralidad nos enriquece y que derribar las desigualdades también implica abrir espacios culturales diversos y fortalecer instituciones que garantizan el diálogo y la libertad.
Las competencias ciudadanas
La cultura y el arte, en este sentido, son una necesidad para la vida democrática. En los espacios culturales —escuelas, centros comunitarios, bibliotecas, teatros, festivales y conversaciones barriales— se aprenden el respeto, la empatía, la crítica constructiva y la cooperación. Allí desarrollamos competencias ciudadanas que nos permiten no solo votar, sino convivir, debatir, consensuar y disentir.
Las expresiones culturales —desde las películas hasta el teatro, la música y las artes visuales— son laboratorios de ciudadanía: nos muestran quiénes somos, quiénes podemos ser y cómo, a través de narrativas compartidas, podemos imaginar nuevas formas de convivencia y participación colectiva.
Autor recomendado

En su libro Confianza, Santiago Silva Jaramillo, actual secretario de Cultura Ciudadana de Medellín, se plantea qué pasaría si confiar en alguien fuera el acto más radical de estos tiempos.





