Aprender a vivir jugando  fútbol 

Las escuelas de fútbol siguen en auge. Muchas, obsesionadas con los triunfos, olvidan que sus protagonistas son niños. Pero una de ellas, Forjadores, insiste a contracorriente en el  fútbol infantil formativo.
Por: María Isabel Abad
9 abril, 2026

El árbitro da inicio al partido. Rueda la pelota.  El balón va hacia atrás, se organiza el equipo, toques cortos… primeros tanteos. Al cabo de unos minutos uno de los jugadores se abre camino, se apropia del balón y anota un gol.  

La hinchada de un lado responde con vuvuzelas, aplausos, arengas. Alguien del equipo contrario, exaltado, reprocha con nombre propio al defensa que descuidó la banda izquierda. Manotea. Otro, en cambio, le reclama al árbitro.  

No estamos narrando un partido de primera división, sino un encuentro de domingo en algún municipio de Oriente en la categoría 2019 con niños de siete años, muecos en su mayoría, jugando en la cancha y reproduciendo ante los asistentes, —padres, madres, hermanas — la gestualidad de Cristiano, las barridas de Lucho Díaz y la trivela de Luca Modrić. 

Estos campeonatos que propician semanalmente el encuentro entre distintas escuelas de fútbol suponen, muchas veces, el choque de dos visiones de mundo, y casi diría, de dos tipos de paternidades: los que ven el fútbol infantil como un campo de resultados donde se juega la vida o aquellos que lo ven como un campo de formación donde se aprende sobre ella.    

Formación

Dentro de esta segunda tendencia sobresale Forjadores, una academia, veterana en la región que, como otras, ha conservado como principio el fútbol formativo. “No quiere decir esto”, dice Asdrúbal López, su director deportivo y uno de sus fundadores, “que no queramos ganar en cada partido, siempre vamos con la mentalidad de un buen marcador, pero eso no es lo único que nos importa. Primero, porque no ganamos a cualquier precio y segundo, porque no solo ganamos cuando levantamos la copa. Eso no es lo único a lo que apuntamos”.  

Y entonces… ¿a qué le apuntan? “A niños disciplinados, que jueguen limpio, que le den la mano al del equipo contrario, que desarrollen sus capacidades físicas, que cuiden su cuerpo, que acepten los resultados y que tengan sentido de equipo”.  Y para esto, cuenta Beatriz García, la directora administrativa de la academia, se ha construido con cuidado y con consciencia, una metodología que ya tiene veintinueve años. 

Los inicios

Todo comenzó cuando los fundadores, licenciados en Educación física, decidieron unirse para crear la academia. De la licenciatura trajeron conceptos como procesos, ciclos o aprendizaje, y de la literatura del fútbol formativo fueron integrando dos métodos: el analítico, que propone la repetición de las acciones deportivas (cabeceo, pases, remates) con el método global, el cual, gracias a la oposición y la distracción del juego, le permite al niño saber cuándo activar lo incorporado. Además de esto, introdujeron el modelo Funiño, creado por el alemán Host Wein, que propone “el fútbol a la medida de los niños” donde aprenden a jugar con dos porterías, de tal manera que se active en ellos —y cada vez más en ellas–, la visión periférica, el cambio de frente o el buen centro sin necesidad de pasar por el discurso lo que la práctica estimula.  

Todo esto lo han ido decantando en una matriz pedagógica que aborda semanalmente un conjunto de acciones físicas y técnicas, pero que siempre insiste en algún aspecto que va más allá de lo deportivo y que no solo incorpora a los niños, sino que incluye a los entrenadores y a los padres de familia quienes, cada tanto, reciben charlas sobre temas que van desde la buena hidratación hasta reflexiones que tienen que ver con jugar, ganar y competir. 

Porque basta dar una mirada sociológica rápida para concluir que la relación entre los padres y sus hijos hombres está, en muchos casos, mediada por el fútbol. Y esto no es solo porque el fútbol sea una afición heredada, un campo de complicidades entre los padres y sus hijos, un universo temático que los vincula a ambos, sino porque, en muchos casos, los padres encuentran en el fútbol la gran metáfora de la vida para transmitir a sus hijos lo que saben y creen. Y a veces parecieran creer que los triunfos valen a costa de todo y que en la cancha se juega el valor de sus hijos, y de esto son cómplices muchas academias. 

Consciencia

Esta convicción, consciente o no, tiene muchas formas de escenificarse. Por ejemplo, se evidencia con ese papá que desvirtúa al entrenador desde la malla y que, descompensado ante un mal marcador, no se cansa de señalar al hijo su insuficiencia. Y el niño, que apenas está entrando al mundo, lo mira inquieto para saber cómo debe mirarse a sí mismo. Se escenifica también con otro tipo de padre que solo encuentra virtudes en su hijo y vicios en los demás; el árbitro, el entrenador, los compañeros… Y así, el niño crece autorizado para pisotear a los otros, dentro y fuera de la cancha, sin más ley que su propia fuerza. O se escenifica en padres —y madres — que entran en una pelea frontal con los del equipo contrario. De este modo el deporte deja de ser un espacio de sublimación de la violencia (como proponía el sociólogo inglés Norbert Elías), sino el punto de inicio de batallas cotidianas que luego hacen eco en la casa, en los barrios y en los colegios.  

 Como en la vida

Por eso esta escuela fundada por licenciados (y este dato importa), trae al centro lo obvio que pareciera no verse en el contexto: que los niños están aprendiendo y en proceso de crecimiento físico y psicológico, que el disfrute es fundamental, que el marcador no los define, que la presión mal manejada los revienta y los hace desertar, que si se forman solo en función de los triunfos, quedan desprovistos para muchos momentos en la vida y que hay ejercicios precisos para cada edad. Por eso, Forjadores insiste en cumplir las normas de los campeonatos locales y nacionales, y a estos campeonatos va con los equipos que entrena, en lugar de armar equipos ad hoc con “estrellas” externas. Aun en medio de esta competencia desbalanceada muchas veces gana y otras pierde… como en la vida.  

Y solo cuando los niños ya han aprendido gozando y a sus doce años, optan por entrar a un nivel más competitivo, les abren la puerta de Forjadores Pro, otra escuela de la misma academia que, entonces sí, eleva la exigencia a otro nivel, pero que no deja, como en los más pequeños, de cultivar sistemáticamente la idea de que el fútbol es un forjador de la vida.  

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