El idioma de los pájaros

Alejo Santamaría, familiar del precursor del Arte Moderno en Colombia, Andrés Santamaría, resignifica con su arte (pinturas, esculturas y telas) los símbolos indígenas.
Por: Redacción
5 septiembre, 2025
Alejo Santamaria se inicia como pintor haciendo caricaturas en el colegio o copiando las fotografías de su padre. Fotos: Sara Espinal para Vivir en Oriente.

Por María Isabel Abad Londoño / [email protected]

Imaginar que debajo de este mundo hay otro: la tierra del mito y del origen. Enterarse de su existencia en un amanecer en la Sierra Nevada de Santa Marta al leer, mientras pasan los rayos del sol, las inscripciones de unas piedras que tienen que ver con las aves. Intuir ahí, a los 30 años, la cifra de algo potente que viene de antes y que durará mucho después.

Llevar luego el canto de los pájaros a los oídos de los mamos* y las sagas** para comprender sus mensajes. Ver en cada pájaro un arcano que contiene información y consejo, y en el conjunto, un calendario que se inicia cuando en marzo despuntan las pléyades en el horizonte. Traducir los símbolos que los representan a las formas del arte; esculturas, pinturas, telas, fotografías, y entregar a los niños de la sierra este saber dormido para que no rompan el hilo del tiempo. Constatar dos leyes que no prescriben: como es arriba es abajo y como es adentro es afuera.

Y, advertido de esto, elevar la mirada al cielo y volcarla hacia dentro donde Aluna, la madre, incubó en él, el arte para que en su vida lo sacara a la luz.

Esta síntesis describe, en tiempo presente, la trayectoria del artista Alejo Santamaría que hace muchos años inició un viaje de reaprendizaje. Salió de Medellín a los 20 años a East Anglia a hacer un posgrado de economía al Noreste de Londres. Llegó con la pinta de un colonizador inglés para vivir allí su primera transformación después de haber estudiado en EAFIT algunos cursos de la carrera de Administración de Empresas.

Desde pequeño había estado familiarizado con la pintura. Su padre, pintor y fotógrafo aficionado, era primo de Andrés Santamaría, conocido como el precursor del arte moderno en Colombia. Él mismo había comenzado a pintar desde muy pequeño. Uno de sus dibujos, -Perro haciendo popó-, le costó la expulsión, en kínder, del colegio de los Bethlemitas y más tarde, por otro dibujo, lo echaron del Colegio San José. Sin embargo, de esta institución recuerda con especial cariño al hermano Daniel, científico y maestro que lo ayudó a recordar el amor por todos los seres vivos. Finalmente se graduó del Jorge Robledo, un colegio más liberal que lo recibió con su arte.

En un mundo fantástico

Y aunque mientras hacía la carrera de Administración hizo algunas exposiciones de pintura, el llamado más contundente del arte solo lo recibiría en la cercanía con los museos que comenzó a visitar desde East Anglia.

Renunció muy pronto a las finanzas y emprendió un recorrido por el resto de los museos de Europa. Se hizo alumno en las salas de exposición de grandes maestros del arte a centímetros de sus obras.

Comenzó la serie El origen de los insectos replicando los cuerpos de las obras de los grandes pintores ingleses de 1800, pero poniendo encima de los cuerpos victorianos cabezas de insectos. Viajó al sur de Italia y a Grecia, donde, con una amiga arqueóloga, se sumergió en el mundo helénico. Recorrió Egipto y al regresar a su casa cerca de Londres, sintió que ya no cabía en el mundo inglés. Durante este tiempo había ocurrido una metamorfosis.

La materia prima de sus obras es la cosmogonía indígena. Ha accedido a ella por vínculos muy estrechos con las comunidades de la Sierra Nevada de Santa Marta. Fotos: Sara Espinal para Vivir en Oriente.

Volvió entonces a Colombia, en 1979, al barrio de La Candelaria, en Bogotá, donde estaba la movida del arte y conoció a Cristina Echavarría, arqueóloga y geóloga, de madre inglesa, quien, como él, estaba lista para mirar en perspectiva el pensamiento occidental. Juntos viajaron a la Sierra Nevada de Santa Marta y ahí, dice, “sí hice mi doctorado. Fue donde más aprendí del mundo indígena, un mundo fantástico que me mostró otra dimensión del tiempo”.

Allá, cuenta, “en un amanecer, antes de las cinco de la mañana, cogí el caminito. Era una belleza… con las montañas y el valle al fondo. Y llegué al sitio del mojón en donde estaban las dos kankarúas, que son los sitios ceremoniales: el uno, el de los hombres, y al frente, el de las mujeres.

Era un lugar antiguo que ya había pasado. Entonces cuando llegué, me senté ahí en la mitad. Y había unas piedras y salió el sol. Y cuando salió el sol, el sol comenzó a caminar. Cada piedra se fue iluminando con dibujos. Cada piedra tenía su hora.

El sol caminó y caminó y caminó y comenzaron los glifos a salir de las otras piedras. Entonces el relieve mostraba a cada una de las figuras. Al otro día volví ya con mi papel, con mis carbones y con mis cosas para sacarle las improntas a esas piedras”.

Luego, entre susurros indígenas, se enteró de que esas piedras se llamaban las jalekas y que ese caminito, cuyo destino desconocía, al iniciarlo desde su casa en Atanquez, lo conduciría por un pasadizo estrecho hacia un tiempo mítico.

Y de la mano de Cristina, comenzó a indagar, con los ancianos de la Sierra, el conocimiento que cifraban para entregarlo a las nuevas generaciones de wiwas (integrantes del pueblo wiwa), que para ese entonces no reconocían su herencia cultural.

Así supieron que las piedras cifraban el lenguaje de los pájaros, que cada pájaro está asociado a un mito y a una época del año, y que cada uno tenía un consejo para dar. Y entre los dos publicaron, en 1995, el documental Cuentos y cantos de aves sagradas con el apoyo del entonces Instituto Colombiano de Cultura, Colcultura. Pero de allí debieron irse por el incremento de la violencia.

Entre ires y venires llegaron Amalia y Julián, los dos hijos. Viajaron luego a Uruguay donde Cristina asumió un cargo en un instituto canadiense que promueve la minería artesanal y aquel mundo indígena quedó un poco atrás como un eco lejano. Alejo se dedicó a crear obras con el material de la mudanza a partir de un libro que reunía los relatos de los sueños de los niños del Chocó. Y en ese país, que anticipa un poco las utopías sociales, fue muy bien recibido entre museos y galerías.

Y un día, en 2015, ya de vuelta en su casa de Rionegro, ambos recibieron una llamada. Alguien detrás de la línea dijo: “Una voz del pasado quiere hablar con usted”. Eran los maestros de la comunidad wiwa, que como niños los habían visto a ellos dos, hace treinta años, resucitar metódicamente un saber dormido.

Y entonces regresaron a la Sierra y a ese tiempo mítico y de nuevo se encontraron con los jalekas, seres que, según el mito, comienzan a calcificar todo su cuerpo desde el dedo gordo del pie para guardar en inscripciones su sabiduría.

Y el mundo indígena volvió a revivir en él, enriquecido porque la semilla de la curiosidad hacia lo ancestral ya había germinado en los niños de antes, ahora adultos, quienes habían emprendido su propia búsqueda. En ese retorno creó un formato propio con telas de gran formato en las cuales pinta símbolos indígenas reinterpretados por él.

Como artista vive en una continua experimentación con diversos materiales y procura imprimirle a sus obras movimiento. Fotos: Sara Espinal para Vivir en Oriente.

Y con eso hace lo que llama “Grafiti arqueológico”, emplazándolas en los sitios de las culturas amerindias como los hopis, al norte de Arizona o los descendientes mayas en Antigua, Guatemala, para desencadenar conversaciones sobre ese mundo precolombino que sigue vigente (como hoy en Youtube) una red de pensamiento expandido, pero subterráneo en toda América y al cual sabe que entra por la puerta de los símbolos.

Un mundo presente y silencioso que le anunció su vigencia con gran ímpetu en Cerro Azul (Guaviare), cerca al Chiribiquete, “la Capilla Sixtina del pensamiento precolombino” donde están inscritos en su interior miles de glifos que cuentan el origen del mundo.

A eso ha dedicado la vida, a volver sutil lo que encontró en la densidad de las piedras y a volver materia densa y plástica lo que ha encontrado en los mitos antes de que se pierdan en el viento. Como artista, lee, comprende y resignifica estos símbolos para que lleguen a este tiempo, a este mundo de la superficie, porque sabe que es un emisario del idioma de los pájaros, que un amanecer cuando tenía la sensibilidad abierta, lo encontró.

*Mamos: líderes espirituales de la Sierra Nevada de Santa Marta.

**Mujeres indígenas sabedoras de la Sierra Nevada de Santa Marta

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