Chts chts… una maestra pide silencio a un grupo de niños que va entrando en un bosque. El mayor tendrá entre seis o siete años. Ante esta instrucción, todos se detienen frente una telaraña —todavía intacta— en donde está, teja que teja, la araña. De manera natural, los niños forman una fila para pasar por debajo de esas hebras finas que se hacen plateadas con la luz del sol; se ayudan unos a otros, se quitan los sombreritos que llevan puestos, hasta que logran reunirse, todos, de nuevo, al otro lado del bosque donde continúan la exploración de todas las mañanas. La última que se agacha es Diana, que, con ese pequeño gesto, ha logrado que los niños pasen respetando… respeten pasando… a la naturaleza, a ellos mismos, en fin, dice, “a todas las formas de vida”.
Ella, la maestra, Diana Arango, es la directora de Casita de Monte, un jardín infantil basado en la pedagogía Waldorf. “De esta pedagogía no conocía nada”, recuerda, “desde los 17 años tenía a mi hijo Emanuel y lo único que para mí era claro era que quería ser psicóloga. Sentí mucha frustración como secretaria, vendedora, mercaderista hasta que logré conseguir una beca total en la Universidad San Buenaventura. Durante la carrera, en esos cinco años, trabajé y tuve a mis otras dos hijas, Juana y Julieta”.
Por un giro de la vida, Diana se trasladó de Medellín a El Carmen de Viboral. Ese regreso al campo fue definitivo para ella. “Me fui lejísimos, a una vereda” cuenta, “y entonces la única opción que tuve fue hacer las prácticas en una fundación cercana que recibía niños de todas las comunas de Medellín; allí entendí que el gran trabajo era con las familias, con la educación…con crear comunidad”. Todo resultó: la práctica y el caballo en el que se iba de la fundación a su casa para alimentar a su hija de meses. “Esa decisión de vida”, reconoce, “tuvo todo que ver con lo que vino después. “Optar por ser mamá, por alimentar, por vivir en el campo, por quedarme en mi casa con mis hijas…todo eso estaba en sintonía con la pedagogía Waldorf. ¿Por qué? porque es un estilo de vida que yo ya estaba eligiendo, incluso antes de conocerla”.
La pedagogía Waldorf se la había mencionado por primera vez una amiga. “Solo sabía que tejían, tocaban flauta, pintaban…”, pero un hipotiroidismo severo la condujo donde Juan Tisnes, un médico alternativo que con un grupo de pioneros había llevado a El Carmen de Viboral la agricultura biodinámica y también esta pedagogía. Supo después que ambos saberes, en apariencia distantes, se emparentaban como ramas de una sola doctrina filosófica y espiritual: la antroposofía, fundada por el austríaco Rudolf Steiner a principios del siglo XX. Desde entonces, Diana ha transitado un camino de conocimiento que, pese a su hermetismo e incluso a su dogmatismo cuando los maestros se aferran a una ideología sin pasarla por su realidad, le ha permitido a ella ejercer una maternidad expandida y fundar, años después, Casita de Monte. Sin embargo, antes de esto tuvo que atravesar varias iniciaciones: aprender a tejer con las maestras de su hijo, estudiar semanalmente sobre antroposofía con la directora del Jardín El Nido, quien la adoptó como aprendiz y luego como profesora; debatirse en un momento con el hecho de ser maestra y participar en varios proyectos educativos hasta finalmente rendirse ante el destino de ser maestra y entregar el alma en el intento.
Casita de Monte estuvo primero en El Carmen y ahora es un espacio vivo al lado de un bosque en El Retiro, en un lugar que, dice Diana, “es idéntico al que veía en las visiones de infancia guiadas por mi papá”, un lugar que acoge, estimula y sosiega a los niños y concurre como maestro en esa entrada al mundo que queda tatuada para siempre.

¿Qué te conectó con la pedagogía Waldorf?
Cuando llegué donde Luisa Fernanda Cardona a un jardín infantil, ya interesada por aprender de esta pedagogía, encontré un kiosquito con 10 niños construido por su marido carpintero. Me sentí como en una nube, en una total tranquilidad. Me sorprendieron la voz de ella, las canciones, el cuento, el momento de sentarse a comer…Intenté ser invisible ante los niños, que creo que es la mejor forma de llegar cuando logran ese ritmo. Y entonces le dije a ella “Esto es lo que yo quiero”. Hicimos un trato: ella empezó a darme clases y yo le pagaba con yogures. Cada ocho días nos reuníamos en el piso de la casa de la cultura o nos llamábamos por teléfono para tejer y estudiar. Si hay alguien riguroso en mi vida es ella. Así comencé.
¿Cómo has hecho para seguir esta pedagogía sin caer en un fanatismo al que a veces tiende la antroposofía?
Siento que no conocí la pedagogía Waldorf como muchas profes acá en Colombia la conocen, que es muy dogmática y muy religiosa. No. La conocí por la vía de unos maestros que me decían: “si esa esa imagen no te gusta, no la pongas. Si esa canción no te gusta, no la vas a cantar. Esto tiene que atravesarte el corazón”. Yo estaba muy nerviosa en mi primera clase en Las Semillas Mágicas, que fue el jardín donde comencé. Estaba con cuatro niños, mis dos hijas y otros dos niños y tenía que cantar para empezar a dar el ritmo del día. En mi mente estaba la imagen de Luisa que cantaba hermoso. Pero me acordé del consejo de Juan Tisnes: “lo vas a hacer como Diana, lo vas a hacer como Diana”. Mi voz no era la voz de una cantante, pero era mi manera y en el camino fui encontrando mis propias fortalezas.
¿Cuáles?
Por ejemplo, muy al comienzo recibí un niño con autismo y me di cuenta de que como psicóloga yo estaba ahí. También fui descubriendo la importancia del trabajo con las familias porque siento que es ahí donde realmente el trabajo se hace completo.
¿En el trayecto has tenido momentos de dudas?
Sí, muy fuertes. A mí me entra una crisis vital a los 33. Me cuestiono el hecho de no ser psicóloga sino profesora de niños, con un auto juzgamiento muy doloroso. Yo me había metido a estudiar antroposofía y después a estudiar psicoterapia antroposófica y un día de esos digo “Por ahí no fue, Diana. Se acabó”. Además, me divorcio y dejo El Nido como profe. Solo me vinculo con la pedagogía Waldorf como mamá, cuando, con otras familias, decidimos crear El Colibrí, un colegio para que nuestros hijos siguieran hasta cuarto con esta pedagogía. Mientras tanto trabajo transportando niños, vendiendo mermeladas, como empleada en el Politécnico o haciendo selección de personal, hasta que un día se incapacita la profesora de El Vuelo del Colibrí. La reemplazo por unos días y aprendo a tocar flauta y a llevar el tejido a otro nivel; también comienzo a estar con niños más grandes y me parecen hermosos. Sin embargo, sigo cuestionando el hecho de ser profesora y mamá al mismo tiempo. En esta exploración decido montar con la pareja que vino después en mi vida un campamento de vacaciones para niños del segundo septenio, de 6 a 13 años. Ahí reconcilio de nuevo la pedagogía y la psicología. Me doy cuenta de que estar ahí es una forma súper sanadora para mí como profe y también para los niños… entrar en un ritmo y en una conexión con la naturaleza, con ellos mismos, con los otros seres. Descubro un valor no solo de la pedagogía Waldorf, sino en la medicina y la psicoterapia antroposóficas, de la arteterapia, de la euritmia*, me doy cuenta de que estos saberes parten de un ser humano que tiene cuerpo, alma, espíritu. Pero además que propone que ese ser no está solo, sino en relación con otros, con los árboles, con los animales, con el cosmos. Me doy cuenta de que, sí o sí, tenés que agarrar el hombre en relación con el cosmos, con la naturaleza, consigo mismo. Y eso me encaja perfectamente con la corriente transpersonal de la psicología. La idea no es hacer un hombre bueno, es hacer un hombre completo. Y entonces así regreso a la educación y entro a trabajar como maestra de primaria a Holls, un colegio que para ese momento estaba naciendo y luego, en una coyuntura de la pandemia, fundar Casita de Monte.
Existe la creencia, desde afuera, que no hay límites en la pedagogía Waldorf. ¿Cómo ves esto?
Muchas personas piensan que en las pedagogías alternativas no hay límites, al contrario: puede haber más límites de los que nos imaginamos, lo que pasa es que no es la norma y la ley porque sí, sino que es un límite natural, o sea, el que se necesita para cuidarse, para saber hasta dónde voy, para saber hasta dónde llega el otro. Toda la estructura de la pedagogía Waldorf se basa en el ritmo que siempre pone un límite. Por eso cuestiono mucho la llamada disciplina positiva, según la cual no puedes decirle al niño que no, no puedes limitarlo, debes permitirle ser. Claro que hay que permitirle ser, pero él no llega solo, llega a un mundo, llega a encontrarse con otro niño, llega a convivir. Eso a lo que conduce es al recorrido del egoísmo y de pensar solamente en nosotros. Yo necesito de los otros y los otros también van a necesitar un poquito de mí. Y eso cambia totalmente la mirada de crear niños narcisos y egoístas.
La antroposofía y con ella la pedagogía Waldorf nació hace casi un siglo en Alemania. ¿Crees que ha habido esfuerzos por traerla al contexto latinoamericano?
La formación reciente que hice de jardineras Waldorf** de tres años, que rota entre Medellín, Cali y Bogotá, fue maravilloso porque fue formarse con la salsa de acá. Y ese es un trabajo que se está haciendo súper fuerte en Latinoamérica… sobre nuestras tradiciones, sobre nuestra cultura. ¿Cómo hacer para que el primer animal que los niños nombren no sea la jirafa o el león, sino que se conecten con la diversidad de animales del entorno? ¿Con cuáles semillas decoramos nuestra mesa de estación? ¿Cuál es nuestra tierra, cuáles nuestros árboles? ¿Si no se viven aquí las estaciones, entonces cómo observamos un ritmo que depende de dos lluvias? Todo este trabajo se está haciendo y desde Alemania están fascinados con la manera como está floreciendo esta pedagogía adaptada a Latinoamérica.

ciclos naturales.
¿Crees que esta pedagogía es igual de valiosa en el bachillerato?
Tengo que ser muy sincera. La veo hermosa en el primer septenio y en primaria, pero en el bachillerato nos cuesta más. Necesitamos hacer algo acá en el bachillerato, urgente. Europa fue capaz de crear las pedagogías alternativas cuando tuvo que pasar por el horror de la guerra. Los baches que en este momento vemos en la sociedad nos deben forzar a pensar de nuevo la educación para los adolescentes. Necesitamos nuevos adultos. Adultos que no sigamos en la misma forma.
A pesar de esos baches de la sociedad que mencionas: hiperconsumo, omnipresencia de pantallas, la correlativa desconexión, ¿tienes esperanza en lo que puede hacer la educación?
Hay que mirar eso que mencionas que sí existen, pero es importante no dejar de ver otras cosas muy bellas que están pasando. La forma de pensar de las personas, la forma como se están relacionando consigo mismas y con los entornos donde quieren vivir. El hecho de que ya muchas personas quieran vivir en el campo, cerca de la naturaleza. Eso hace un cambio. Hay quienes hoy quieren vivir bien, hacer redes de amigos, ir más lento, comer diferente, sembrar. Ahora hay muchos que no quieren meter a los niños a todas las clases que hay, que quieren compartir y cocinar con sus hijos en casa y que apuestan a otro tipo de educación, incluso al homeschooling.
¿Y en esa primera infancia por qué ves tan pertinente la pedagogía Waldorf?
Resulta que las primeras maestras casi no las recordamos. Sin embargo, marcan a los niños en el cuerpo físico. Los marcan, los tatúan. La responsabilidad es enorme, enorme, porque es para el resto de su vida. En Casita de Monte y en otras iniciativas maravillosas siento que hay un esmero por cuidar eso que el niño trae. Claro, él llega a una casa, a un contexto, a una sociedad que empieza a ponerle capitas y siento que la pedagogía Waldorf se esmera por ver eso tan propio y a enseñarle, con eso, a convivir y a cuidar la vida. Hay algo que trabajamos desde la huerta, en el trato con los animales, en la relación con los otros que deja huellas importantes en los niños. Incluso muchas mamás me lo dicen, ellas reconocen que el paso de los niños por Casita de Monte transforma a toda la familia y hacen que los niños irradien una actitud de asombro y gratitud.
*Corriente de la antroposofía relacionado con el “arte del movimiento”.
** La formación en jardineras Waldorf capacita a las personas —hoy, la mayoría mujeres — para acompañar a los niños en los primeros siete años de vida, llamado, por esta pedagogía, el primer septenio.





