El Oriente antioqueño sigue transformándose. La región que históricamente ha sido territorio de bosques, caminos veredales, cultivos y pastizales, hoy nos muestra otra ocupación de su paisaje. Han aparecido parcelaciones, viviendas campestres y nuevas formas de intervención en el campo, como respuesta al deseo de vivir en este territorio.
Sin embargo, este fenómeno de desarrollo no debería edificar casas de cualquier manera, sino más bien entender la oportunidad de transformar desde la relación con el territorio. Cada vivienda nueva introduce una manera distinta de mirar el paisaje, de habitarlo, y, sobre todo, de respetarlo o no.
Construir una casa campestre es una responsabilidad que va más allá de pegar ladrillos. La pregunta inicial no debería ser solamente dónde ponemos la casa, sino qué significa construirla allí. Construimos por la necesidad de habitar, ambas acciones son indelebles. Entonces la casa no debe aparecer simplemente como un objeto sobre el terreno; más bien surgir de la relación entre quien la habita y el paisaje vinculante.
El sueño de una casa campestre es la oportunidad de conformar una identidad y esto no necesariamente se reduce a un estilo arquitectónico determinado, va más allá de la forma, integra el lugar, las formas de habitar y las materialidades. Hace énfasis en los significados de cada ambiente, en la riqueza espacial que no necesariamente es un mayor costo. La identidad, por tanto, no se diseña como una apariencia, se teje entre las relaciones físicas y naturales y la respuesta a cada una de las necesidades particulares del ser humano.
Nuestros paisajes verdes invitan a reflexionar en aspectos como la orientación de la vivienda, ¿qué deseamos observar?, ¿cómo permitimos bioclimáticamente obtener beneficios para la espacialidad y el confort interior? Peter Zumthor, en Atmósferas, recuerda que la arquitectura se experimenta a través de los sentidos: la luz, los materiales, las proporciones, las temperaturas, los sonidos y las texturas.
Una casa campestre es un lugar con identidad y memoria al mismo tiempo, así lo plantea Gastón Bachelard, en La poética del espacio. La experiencia de habitar produce emociones: el área social para los encuentros y la conversación, el rincón donde se lee, la ventana por donde se divisa, la habitación para el descanso, etc. La arquitectura deja de ser materia y se convierte en significado, permanencia, recorrido, contemplación, en espacios que propician la vida en todas sus dimensiones.
Soñar la casa es conversar con el lugar, tener noción de los ciclos lunares, el movimiento solar, la captación del viento, la gestión responsable de los recursos, la adaptación topográfica. Construir no es solo levantar cuatro paredes y un techo, debería ser establecer una relación respetuosa con aquello que siempre ha existido y a lo que buscamos pertenecer.
Este sería el sentido más profundo al que está llamada una persona, si desea materializar su vivienda rural en el Oriente antioqueño.




