¿Para qué sirve la democracia si no resuelve desigualdades patentes e hirientes?, ¿para qué salir a votar por personas que no nos representan?, ¿qué tipo de democracia es una en la que las instituciones democráticas son las menos sospechosas de ser confiables?
La desconfianza es una forma de protesta ante el desconcierto que genera la acumulación de promesas incumplidas y el estancamiento de los logros que había alcanzado nuestro sistema de protección social.
La democracia tiene que ser liberal y social, esto es, protagonizada por individuos libres que piensan y actúan de forma colectiva. Así, podemos concebir la protección social como asunto de todos, al tiempo que debemos impulsar la libertad para elegir vivir la vida que cada uno tenga razones para valorar. Los mínimos de protección social asociados a empleo, salud y educación son asuntos suficientes para encontrar el proceso común que va desde cuestión social y agenda ciudadana hasta implementación de las políticas sociales correspondientes.
No obstante, primero conviene reconocer la notoria presencia del facilismo como moneda corriente de la esfera digital en la que se está jugando hoy buena parte de la participación democrática. Fenómenos como polarización, posverdad, populismo y pesimismo, encuentran una inmejorable caja de resonancia en la interacción en redes sociales que crean y reproducen el efecto contagio de la palabra reducida a su mínima expresión, un debate público venido a menos gracias a la ligereza, la falsedad y la violencia.
Por el contrario, el razonamiento público es un proceso que nos puede llevar a construir razones compartidas acerca de aquello que nos junta gracias a las diferencias; debemos entender por tanto que la diversidad es nuestra riqueza y que el debate público es el vehículo por medio del cual podemos transitar desde la mirada individual hacia la visión común para superar la miopía propia del interés personal y hallar un proyecto compartido de altas miras.
En consecuencia, los procesos de políticas requieren ser planteados desde una mirada renovada a la participación. No basta con hacer parte del flujo de información digital al que nos someten los algoritmos puesto que la participación democrática va mucho más allá de enterarse de los dos argumentos emotivos que exponen los polos opuestos, junto con el consabido sesgo que inclina la balanza hacia el lado que nos da la razón.
La democracia es exigente toda vez que encierra el reto de mirarnos a los ojos para expresar argumentos y escuchar a los demás acerca de ideas y propuestas en torno a la libertad y la protección social, las desigualdades y las elecciones, la desconfianza y la corrupción, la confianza y la esperanza.





