*Por: María Isabel Abad Londoño
Los recuerdos se remontan a la infancia. Al azar escoge uno de tantos, es en Ventanas (Yarumal) donde salía a ordeñar con sus primos a las cuatro de la mañana. “Y un día, de pronto, veo entre la neblina que va avanzando algo; eran unos arrieros que venían desde Córdoba. Subían esa loma empinada con sus vacas para llevarlas a la Plaza de Ganado Medellín”. Y el afecto se detiene en esas tías grandes, bellas y exquisitas con el porte de escocesas que en la iglesia de ese pueblo le decían “Negrito, en esa banca no te sentés”. Prevalecían allí las jerarquías de ciertos apellidos. Y de todas aquellas noches, brillan en su memoria las que pasaba en la cocina alrededor del fuego donde siempre había alguien que asumía “el deber contar mentiras”* a familiares y peones como ha sucedido en todas las hogueras de todos los tiempos, desde Homero. Y a todos estos días de vacaciones, antes de regresar a la ciudad, súmele los libros que llegaban a esa casa grande y bonita desde Anorí, que venían por el Río Magdalena y por un bracito del Cauca.
Y en la infancia, en la ciudad, recuerda montar en bicicleta y ayudar a su papá, expulsado por liberal del gobierno, a despachar pedidos en la carnicería que abrió, antes de irse para la costa, en el barrio de Boston. Recuerda la media libra de morrillo que debió llevar a la Plaza Juan del Corral y el kilo de tabla a otro lugar que ya no existe. Y de pronto, recuerda quedarse con la mirada vacía como un niño lelo para luego unirse a los 80 primos que habitaban también con él ese mismo barrio donde cogían guayabas y mangos y hacían mandados. Y del colegio San José recuerda la disciplina incorporada de los hermanos cristianos y el cultivo de amistades entrañables; y en la casa, una madre lectora que lo adoraba y la colección enciclopédica de literatura Los Clásicos Jackson que compró su papá, también los libros de Voltaire y Rousseau que debían esconder de los conservadores. Recuerda, además, algunas tardes ocupado en transcribir las obras literarias de André Gide y de Faulkner pero con los nombres de las calles de Medellín para traer la gran literatura a su barrio, su gran reino.
Un viaje y su primer cuento
Y en la esquina ese reino, llamado La Estación Villa, recuerda vivir la misma tragedia griega con sus amigos que se repite en toda la ciudades **, y empezar a oler en el aire, como el camaján que ya era, la incertidumbre de la violencia, y pese a eso, hundirse más allá; en la Calle 45 o en Guayaquil en los salones de tango y de salsa hasta olvidar el nombre. Pura vida de arrabal.

Y ante la decisión de la carrera, recuerda escoger aquella que más letras prometía: el Derecho. Y encontrarse de pronto con un grupo de nuevos amigos en el Café Miami y encarnar con todos ellos, un nuevo personaje de la ciudad: “el cocacolo”. Iba de suéter y mocasines, leía los libros y las revistas en inglés de la Librería Central y oía rock and roll que llegó a ser parte de su identidad.
Pero de pronto — recuerda —, algo pasó. No tajante sino paulatino, callado, silencioso. No lo logra precisar. Porque la ciudad que antes había sido horizonte, se convierte en una suerte de prisión. Y entonces, —cuenta — un amigo le habla de irse a vivir a Madrid (España) y un tío se entera de su deseo y entonces apuesta por él. “El pasaje y un año te doy”, le dice. Y emprende un viaje en el barco Américo Vespucio que zarpa desde Cartagena. “Viene del Sur —cuenta—, lleno de italianos que regresan y de familias de la alta sociedad de Perú y de Chile”. Y en este tránsito, a los 18 años, mirando el mar y una tormenta increíble que no se ha ido de su memoria, en el paso por las islas Canarias y por el Peñón de Gibraltar, en medio de una profunda emoción, se va creando otro hombre. Al llegar a Madrid, tras desembarcar en Barcelona ya ha escrito su primer cuento: Aspasia tiende una trampa, el cual—dice— rompe con toda la literatura del machete que se estaba haciendo acá.
Madrid se abre para él. Y allá brilla. Entra a la escuela de periodismo y va como asistente a la escuela de cine. Conoce de primera mano a grandes maestros de la literatura, del periodismo, de la arquitectura, del cine; Pío Baroja y Benito Pérez Galdós; Carlos Saura y José Moreno Galbán. Nombres así…
Los maestros se deslumbran por la capacidad de trabajo de este letradito, menor de 20 años, que no solo se ha formado en la cultura española en tierras lejanas y ha leído a Azorín y a Ortega y Gasset; sino que del siglo XIX es capaz de elegir a Stendhal sobre los demás. Lo hacen su amigo, lo invitan a las tabernas y en un baile se enamora de Marichita con quien muy pronto tiene un hijo y una hija. Va a París cada tanto, se llena de mundo, canta con Montand y al final de la carrera, viaja con su mujer a Bilbao para trabajar en el periódico Hierro. Allá conoce la solidaridad de la pobreza, la adrenalina de la clandestinidad. “Éramos felices viviendo contra Franco”. Y un día regresa a Medellín.
Pero antes de traerlo de vuelta reconozcamos los dos personajes internos que se fraguaron dentro de él en estos ocho años: el Darío artesano, que trabaja con obstinada disciplina experimentando nuevas formas de narrar y el Darío extranjero, más precisamente español, desde el cual observa no solo el mundo, sino sus propias creaciones y las de los demás.
Y entonces contaremos rápido ese tiempo extenso que vino después. Se hace profesor de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Nacional, se divorcia. Con el artesano que tiene adentro comienza una producción literaria de más de veinticinco obras que por lo general se encarga de auto-publicar y promocionar él mismo aquí y allá; su allá del corazón: España. El extranjero que lo habita no comulga con la mayoría de las editoriales locales. Crea obras de todo tipo: poemas, ensayos, cuentos y novelas, que a veces, incluso, van con ilustraciones en aguafuerte hechas por él. Y en todas estas obras (que no cabrían en este papel) va metiendo la ciudad que vivió y esa que observa con ojo de sociólogo, de urbanista y de artista; sus cuentos y novelas cortas dan cuenta de personajes en situaciones límite y en atmósferas variadas. Aparecen la riqueza, la pobreza, los barrios, las quiebras, la nostalgia, la frustración, el narcotráfico, el ensanche, los borrachos, los muertos e inaugura así una narrativa urbana que bebe del tango y de su experiencia, del cine y de jazz, de los dublineses y de la nouvelle roman (Nueva Novela, movimiento literario francés) que aprendió de Alain Robbe Grillet.

Obras sincopadas, dice él. Obras que la audiencia nacional apenas estima, tal vez –digo yo — por una prevalencia de lo mítico que impuso el modo caribe en el lector colombiano y en especial Cien años de soledad.
Pero una producción que existe y que, –dicen otros—, conforma en Medellín un tríptico con la obra de Víctor Gaviria, en el cine, y de Oscar Jaramillo, (su amigo entrañable) en la pintura.
Llenarse de mundo
¿Y de amores? ¿Y de amores qué? Dicen que tuvo la capacidad de enamorar a mujeres bonitas e inteligentes: Marichita (la española), Elsa, su segunda mujer… Y otras más. Y en medio de estos amores y distanciamientos vivió una época de borracheras y de fiestas; de conversaciones con Fernandín (Fernando González hijo) y con Manuel Mejía Vallejo (sus amigos del alma), pero también el deseo de una fama esquiva, pero también cierta neurosis, pero además un hastío del derrotismo. Hasta que un día lo tocó de forma sutil el mismo manto de la virgen que tocó a Joseph Roth en El diario de un alcohólico y volvió a la vida de familia, a la técnica del artesano y esto lo condujo de nuevo a una metafísica ***. Y volvió a religarse uniendo pedazos dispersos de sí mismo.
Y a sus 55 años, mientras era profesor, conoció a Alba, entonces estudiante de arquitectura. 34 años llevan juntos y 34 años los separan pero los ha unido la música –siempre la música —, cierta marginación elegida y una posición estética ante la vida que les da vitalidad.
Hoy, a sus 88 años, sigue observando la política, el fútbol y el mundo con ese español que lo habita. Y sigue trabajando como el artesano que es. Este Big man empatiza con los niños que encuentra (es abuelo de dos nietos) porque también conserva el niño que en Ventanas (Yarumal) se sorprendió con los libros que llegaban del Magdalena y con aquel narrador que entonces asumió el deber de contar mentiras. Él decidió recibirle la posta y narrar a su manera la verdad de la ciudad. Por eso se llenó de mundo, de mucho mundo para contar el barrio, que para él es lo más universal.
- * Esto lo dice Walter Benjamin
- * Esto lo sugiere Cesare Pavese
- ***Esto sostiene Sartre





