Hay maestros que uno recuerda por una materia. Y hay otros que uno recuerda porque, sin darse cuenta, ayudaron a construir una manera de mirar la vida.
Recuerdo especialmente a Jairo, mi profesor de arte en el colegio. Siempre dejaba una frase escrita en el tablero y nos invitaba a reflexionar sobre ella. En esa época tal vez no entendía del todo lo que estaba pasando ahí. Con los años entendí que no estaba enseñándonos únicamente arte. Nos enseñaba a cuestionar, a pensar más allá de repetir respuestas, a construir una postura frente al mundo.
Y creo que eso deja una pregunta importante sobre ser maestros: ¿qué es enseñar?
Porque muchas veces creemos que enseñar sucede solo cuando alguien transmite conocimiento. Pero algunos de los adultos que más huella dejan son aquellos que se ocupan también del bienestar, de escuchar, de comprender y de aprender sobre quienes tienen al frente.
Un niño no se siente visto solo porque lo miren. Se siente visto cuando un adulto recuerda aquello que para él es importante. Su deporte favorito, el hobby del que siempre habla, los amigos que menciona con emoción, aquello que disfruta o le preocupa. Cuando la conversación no gira solo alrededor de tareas, resultados o comportamientos, sino también alrededor de quién es.
Y quizá ahí hay algo que vale la pena pensar hoy. A veces queremos que las enseñanzas lleguen al ritmo de nuestras expectativas y olvidamos que nadie nace aprendido. Ni en matemáticas, ni en emociones, ni en reconocer errores, ni en regularse, ni en comprender al otro. Incluso como adultos seguimos aprendiendo.
Tal vez por eso, cuando un niño siente que frente a él solo hay juicio o corrección, termina aprendiendo que existen dos opciones: hacerlo bien o hacerlo mal, ser “bueno” o ser “malo”. Pero cuando encuentra adultos que acompañan, escuchan y buscan comprender antes de reaccionar, aprende algo mucho más profundo: empatía, a mirar al otro y también a mirarse a sí mismo con más humanidad.
Y entonces uno entiende que enseñar nunca ha sido exclusivo del colegio. También enseñan los padres. Enseñan desde la manera en que responden a los errores, desde cómo manejan la frustración, desde la capacidad de escuchar, desde el deseo genuino de comprender.
Enseñan cuando dan espacios para que sus hijos crezcan, cuestionen, construyan una postura propia y descubran quiénes son, sin sentir que tienen que convertirse en alguien distinto para merecer su lugar.
Porque acompañar no es imponer. Acompañar también implica poner límites, sostener, orientar y estar presentes. Pero hacerlo desde la curiosidad y no desde el control. Desde preguntas que ayudan a reflexionar y no solo desde entregar respuestas rápidas.
Hoy, más que adultos que impongan desde el conocimiento, necesitamos adultos que pregunten desde la curiosidad. Necesitamos maestros, padres y adultos capaces de recordar que un niño cambia cuando siente que tiene un lugar y que ese lugar puede ser habitado desde quien realmente es.
Porque al final, todos somos maestros. Todos enseñamos algo, incluso sin saberlo. Y tal vez, antes de responder, vale la pena preguntarnos: ¿qué está aprendiendo un niño de nosotros?




