Había una vez… un hombre

Luis Bernardo Yepes ha dedicado su vida a la promoción de la lectura. La historia de su vida sigue la ruta de un cuento de hadas.
Por: Valeria Ortiz Tabares
4 junio, 2026

Al fondo, después de cruzar el patio de una casa en El Retiro, hay una gran biblioteca construida con los libros que él trajo y que se sumaron a los de ella cuando decidieron vivir juntos. Se sienten las tardes de lectura y el tiempo disfrutado. Después, un pasadizo conduce a un museo que mira a un jardín. Un museo con uno y mil bosques, una y mil niñas, uno y mil lobos.

Caperucita Roja es la protagonista. Luis Bernardo Yepes es su creador y por eso conoce la historia de cada una de las piezas de la colección. “Esta vino de Argentina, esa de Francia y aquella muñequita que va contando el cuento mientras le presionas los dedos, es de Medellín”. En una parte tiene los libros que recrean la versión de Charles Perrault; en otra, la de los hermanos Grimm, en la que aparece el leñador cortabarrigas. El asunto importa.

Incluso, tiene aquella versión medieval en la que el lobo le exige a la niña tirar cada prenda a la chimenea y entrar desnuda a la cama. Al azar escoge una versión contemporánea que cuenta la historia de caperucita en clave feminista y otra, escrita por él, en la que fabula amores y juegos entre la niña y el lobo.

Que tantas historias posibles surjan de la combinación de solo cinco personajes es porque se trata de un cuento manantial, uno de los más fecundos de la literatura clásica. Este cuento habla del abuso y de su contracara: la emancipación, del acto de elegir el camino largo o el corto que está vigente en el itinerario humano.

Luis Bernardo también ha sido, en su vida, la niña de la caperuza roja. Fue el primer hijo de los trece que tuvo su padre, el ebanista, y de los cuatro que alcanzó a tener con su madre. En la infancia y la adolescencia rebotó varias veces entre la casa de su mamá, en Medellín, a la de su papá, en Bogotá. En cada tránsito viajaba con la ilusión de que lo recibiría una vida más cómoda; mejor comida, más ropa, mejores colegios. Creía que al cambiar de ciudad iba a pasarse a la orilla de la riqueza. Pero nada. ¿Allá? Allá tampoco.

Por eso, a los 13 años, decidió enfrentar por su cuenta al lobo de la pobreza, empleándose como chatarrero en el barrio Guayaquil y luego como huevero en el día y como estudiante de bachillerato en la jornada nocturna. Pese a las desilusiones de esos primeros años, conservó, como Caperucita, una canasta de consejos y experiencias valiosas. Guardó para siempre las palabras matrices que le dijeron sus padres mientras crecía: “No aprenda este oficio”, le decía su papá en Bogotá cuando él quería poner algún tornillo. Pero en lugar de mostrarle el manejo del taladro, le ponía un libro en las manos. Y entonces él se acomodaba debajo del chorro de luz natural de la carpintería a leer la colección Jackson que su padre había intercambiado por alguna pieza de madera, como el lector voraz que era.

Y así, el pequeño Luis Bernardo se deslizaba hacia otros mundos, soñando encarnar al personaje de Juan y la mata de habas para sacar de pobre a su mamá al regresar. “No admita ninguna injusticia”, le decía, por su parte, su mamá, ya en Medellín, cultivando en él una conciencia social. Y en las tardes, mientras sus hermanos jugaban, oía con ella las radionovelas de Kalimán, Arandú, La ley contra el hampa y Caso juzgado, que entraban como música a su cabeza.

Ya de chatarrero, oliendo bueno, eso sí, porque entre las basuras reciclaba los mejores perfumes; con una sensibilidad cultivada hacia las historias, les leía en voz alta a sus compañeros los melodramas de la revista Vea. Novelones que hacían más llevadera la vida en ese lugar lleno de bultos de huesos y de cartón donde las ratas compitieron el primer día con él por el almuerzo.

Más adelante, cuando clasificaba huevos, también encontró un grupo de cómplices con quienes leer. Y entre la voluntad y el azar fueron llegando a su vida libros como Miguel Strogoff, de Julio Verne; Auto de fe, de Elías Canetti, o Cien años de soledad. Este tuvo un doble efecto en su vida: por un lado, lo disuadió de escribir literatura. “Ahí me di cuenta de que escribir era algo de maestros”, y por otro, lo enamoró de forma definitiva de la lectura.

Por eso, cuando su mamá le pidió, al concluir el bachillerato nocturno, que siguiera estudiando y que averiguara alguna carrera en la Universidad de Antioquia, escogió una que tenía nombre de acertijo y de promesa: bibliotecología.

La admisión fue un acontecimiento en el barrio. Las vecinas pasaban a felicitar a su mamá porque su Luisber iba a estudiar, no les importaba mucho que se tratara de algo muy difícil de pronunciar y sobre todo de imaginar. Y tenían razón para estar contentas porque Luis Bernardo no era solo un joven construyendo su propio camino, sino una consciencia que, a través de los libros, traería una nueva vida a muchos barrios como el suyo.

La universidad, sin embargo, supuso para él tomar el camino largo porque en un momento decidió suspender la carrera, en parte por el aburrimiento que le producían las materias técnicas y en parte porque tuvo que ayudarle a su mamá a montar una tienda/cantina en su casa, en el barrio. 

Pero un día, después de unos meses, llegaron los amigos del movimiento estudiantil a convencerlo de que regresara a la universidad y construyera una vida lejos de las peleas de borrachos. Y entró de nuevo con una energía renovada: creó una biblioteca popular casas arriba de la suya que vinculó a los practicantes de la carrera; participó en los congresos nacionales de bibliotecología; hizo una tesis, hoy emblemática, sobre la promoción de la lectura en Medellín, con sus compañeros Didier Álvarez y Adriana Betancur. Y una vez graduado, se empleó como auxiliar de la Biblioteca Pública Piloto y más adelante convirtió la biblioteca de La Floresta en un lugar vivo dentro del barrio, cuando antes de su llegada estaba próxima a cerrarse. 

Su fama corrió y llegó hasta los oídos de Clemencia Jaramillo, de Ratón de Biblioteca, quien lo llamó a audiencia como las reinas en los cuentos de hadas, para ofrecerle el primer contrato como promotor de lectura que se hizo en Medellín. En los dos años que siguieron no solo leyó todos los libros que había en ese momento de literatura para niños, o participó como ponente en eventos internacionales, sino que dictó talleres para maestros sobre los clásicos —Anderson, Perrault y los hermanos Grimm— metiéndolos a su patrimonio espiritual. 

Más adelante dio un salto a Comfenalco. Allí fue director de la biblioteca de Guayabal y luego subió un peldaño: se hizo cargo del área de fomento de la lectura; y subió otro peldaño más que lo condujo a liderar la red de Bibliotecas de Antioquia de esta caja compensación. Y entre libros y gente, sin saber muy bien cómo ni cuándo, pasaron 26 años en los cuales dictó cientos de conferencias y comprendió que la promoción de la lectura significaba más que leer animadamente ante posibles lectores. 

Comprendió que incluía desde la creación de clubes de lectura, hasta la escritura de libros que sistematizaran el oficio; desde la elaboración de políticas públicas, hasta cubrir las necesidades materiales de las audiencias. En todas estas actividades participó con entusiasmo sin olvidar jamás su raíz. Y en medio del bosque de la vida se enamoró de quien lo contrató, Gloria Rodríguez, bibliotecóloga también. 

Y un día, al fin, decidieron unir sus libros en esa casa con patio de El Retiro donde todavía viven felices, disfrutando una riqueza que el joven que quería encarnar a Juan y la mata de habas, jamás imaginó. Una riqueza que menos tiene que ver con el dinero que con la satisfacción de ser ejemplo en su familia, de haber llevado los libros como posibilidad de libertad a muchos, y con las tardes de lectura y el tiempo disfrutado. La riqueza de haber vencido, comprendido y jugado con tantos lobos a lo largo de un camino construido. 

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