“Venga, mijo, esa yegua se ve que es peligrosa. Vea, tiene un solo ojo y mira feo”, recuerda Jaime Taborda, especialista en etología equina, lo que le dijo su papá cuando compró su primer caballo.
Esa predicción lo motivó a estudiar el comportamiento equino para cuestionar la idea de que la apariencia física define la conducta. “Mi papá opinaba sobre los caballos con solo verlos y decía cómo se iban a comportar. Para mí no tenía sentido porque no lo entendía”, cuenta.
Jaime Taborda ha investigado por 19 años a 6.317 caballos en todo el país y tiene, hasta el momento, 1.500 etogramas (registros de comportamiento). En su investigación, compartió durante 17 meses con manadas de caballos para analizar cuál era el alfa, por qué un caballo era rechazado o temido por los demás y cuáles eran las conductas de las madres con los recién nacidos. Con base en eso, predice conductas y determina cómo los humanos deben tratar a los caballos, desde el respeto y el bienestar animal.
Desde La Ceja atiende y asesora 250 criaderos en el país, recibe estudiantes y dicta clases. “Empezamos a convencer a las universidades de que ellos deben tener una capacitación especial, no solo sobre gatos y perros, sino también sobre caballos, porque las especies mayores necesitan de profesionales”.

“La forma de función”: el poder de la morfometría
“Yo tomo 64 datos del cuerpo, hago 45 correlaciones y basado en la forma soy capaz de calcular el balance estructural para saber qué habilidad tiene el cuerpo”, explica Jaime Taborda.
Los cálculos que nombra Taborda hacen parte de la morfometría, un estudio científico que mide dimensiones y estructuras. En el caso de los caballos, el especialista midió sus cabezas, orejas, cuello, lomo, pecho, espalda, extremidades y demás partes. Con base en esas medidas, determina cuáles son las funciones que puede desempeñar un caballo.
“La forma del individuo es la que permite que tenga frecuencia o no en la pisada —afirma Taborda—, que tenga resortaje, potencia, que sea capaz de correr o que no sea capaz de correr. Eso se llama forma de función”.
Entre sus hallazgos encontraron que, para que un caballo galope con peso arriba, la longitud de su dorso debe ser igual a la longitud del cuello. Teniendo en cuenta eso, afirma: “No es que un caballo sea malo, es que quizás le piden lo que su cuerpo no puede soportar y puede que tenga otras bondades o habilidades”.
Además de identificar la función, también se puede calcular la predisposición a enfermedades. Por ejemplo, el especialista explica que, si se encuentra una oreja por debajo de 10 cm que es el promedio, significa escasa disipación de calor. Y si ese mismo caballo es de color negro y tiene predisposición a la obesidad, acumula calor y al no poder disiparlo, puede presentar enojo.
También podría presentar ayunos voluntarios si se encuentra en un potrero expuesto al sol, “entonces, por no comer, mientras los otros comen, puede generar gastritis. O sea que tiene una predisposición al deterioro gástrico”, explica. En cambio, si el animal es despigmentado, tiene fotosensibilidad y una predisposición al cáncer de piel.
La industria equina mueve seis billones de pesos al año
Según datos de Fedequinas, la industria equina mueve seis billones de pesos al año en el país y genera 480.000 empleos. Sin embargo, como explica Taborda, alrededor de la industria hay prejuicios, “la gente cree que el caballo es de maltratadores y borrachos, pero detrás de ese caballo hay médicos, veterinarios, zootecnistas, cuidadores y entrenadores que viven de esto”.
La industria no se reduce únicamente a la competencia, el especialista informa que hay cinco líneas de producción: deporte, terapia, labor, exhibición y abasto. Además, del caballo se obtiene el suero antiofídico, un tratamiento contra el veneno de serpientes que se obtiene a través de la inmunización de caballos con el mismo veneno.
El Instituto Nacional de Salud afirma que “cuenta con toda la cadena del proceso productivo desde los géneros de serpientes y orugas requeridos para producir los sueros hiperinmunes del Instituto Nacional de Salud, pasando por los ejemplares equinos, producción y envase del antiveneno, hasta el control de calidad del producto obtenido”.
“El entrenamiento debe basarse en el placer y no en el dolor”
La filosofía de Taborda se centra en “defender la conducta limpia del caballo”. Con base en la etología, se crean las herramientas para manejar, entrenar y cuidar de los caballos de una forma amable y con respeto.
Los caballos pueden dar resultados cuando los maltratan, pero eso acorta su vida. Si se trabaja con ellos desde el placer, se pueden mejorar los problemas de comportamiento y su rendimiento. Como explica Taborda, la etología es también una oportunidad de aprendizaje para el dueño, los futuros veterinarios, zootecnistas, los nuevos caballistas y para los hijos de ese caballista que maltrataba.
Bajo esa premisa, en el centro de atención de Jaime Taborda se centran en el cuidado, entrenamiento, manejo de problemas de conductas y en la reproducción con monitoreo de partos y acompañamiento en la lactancia. En el futuro, planea expandir la sede a otros departamentos y continuar participando en alianzas con universidades para que la etología equina tome mayor fuerza desde la academia.





