En comunicación sabemos que no existe el grado cero del mensaje. Watzlawick lo formuló con precisión: es imposible no comunicar, lo mismo ocurre con el voto en un contexto de democracia. Abstenerse no es una pausa en el diálogo político, sino que se convierte en un enunciado con efectos concretos sobre quién detenta la representación y qué proyecto de sociedad se consolida.
La participación electoral puede leerse, desde los estudios de comunicación política, como un acto de enunciación colectiva ya que es el momento en que los ciudadanos producen, de manera instituida, un discurso sobre el orden que desean. Renunciar a ese acto no suspende la producción de sentido, sino que lo desplaza hacia otros actores.
En contextos como el colombiano, esos actores suelen ser redes clientelares con capacidad de movilización que subsisten, precisamente, gracias al desistimiento de los demás.
Las elecciones en Colombia han mostrado, elección tras elección, que márgenes estrechos de diferencia (a veces de décimas de punto porcentual) definen quién ocupa una curul, quién gobierna un municipio, qué proyecto político se impulsa. El abstencionismo no distribuye su peso de manera uniforme, opera como amplificador de las estructuras ya instaladas. No es neutralidad, es, en términos de Bourdieu, una forma de reproducción del campo político.
Votar en un escenario de desconfianza institucional no implica depositar fe acrítica en una candidatura.
Puede ser, también, un ejercicio de disputa simbólica, de elegir desde los márgenes, sostener procesos locales, o interrumpir, aunque sea parcialmente, la inercia de lo establecido. El voto se convierte también en un medio, un dispositivo a través del cual circula poder.
El voto es un acto de autoría, participar en una elección es inscribir el propio criterio en la decisión colectiva, no participar es entregarle esa voz a alguien más, desde esta perspectiva vale la pena preguntarse, antes del día de las elecciones, a quién le estamos dejando nuestra voz.





