En las montañas de Sonsón y San Francisco, el zumbido de unas pequeñas abejas nativas se ha convertido en símbolo de unión, aprendizaje y esperanza. Se trata de las abejas sin aguijón, protagonistas de una iniciativa que hoy fortalece comunidades rurales, protege la biodiversidad y demuestra que la sostenibilidad también florece desde lo más pequeño.
El proyecto, liderado por la Empresa Colombiana de Cementos y su marca Alión, con el apoyo técnico de Portafolio Verde, nació como una apuesta por conservar las abejas meliponas —especies nativas del país— y al mismo tiempo ofrecer a las familias rurales una alternativa productiva y sostenible. Actualmente, 44 familias de Sonsón y San Francisco participan en este proceso que combina conocimiento ancestral, organización comunitaria y cuidado ambiental.
Más allá de producir miel, esta iniciativa busca tejer comunidad. Las familias se reúnen para aprender, compartir experiencias y construir juntos un modelo asociativo que les permita proyectarse económicamente sin perder el vínculo con su entorno natural.
“Iniciamos un programa de fortalecimiento e impacto productivo para 44 familias que están ubicadas en el área de influencia de nuestra planta cementera en Río Claro, en Sonsón. Este proyecto obedece al interés que tenemos, como organización, de impactar y transformar las estructuras productivas de la región de Río Claro”, explicó Pablo González, director Legal y de Sostenibilidad de Alión.
La meliponicultura, que es la técnica de la cría y el manejo de abejas sin aguijón, no es una práctica nueva. Es un saber que ha acompañado por generaciones a las comunidades rurales de América Latina. En Colombia se han identificado cerca de 120 especies de estas abejas, de las cuales al menos 35 se utilizan para la producción de miel. Su valor va mucho más allá del producto: son polinizadoras naturales que garantizan la regeneración de los ecosistemas y la productividad agrícola.
Por eso, en territorios donde la agricultura y los bosques conviven en equilibrio frágil, iniciativas como esta cobran una relevancia especial. En palabras de los propios meliponicultores, cuidar a las abejas es también cuidar la vida.
El proceso se desarrolla mediante la metodología de Escuelas de Campo para Meliponicultores (ECM), que combina la formación práctica con la asistencia técnica continua. A través de cinco módulos, los participantes aprenden sobre el manejo de colmenas, buenas prácticas ambientales y estrategias de comercialización. Las visitas mensuales y el acompañamiento virtual aseguran la continuidad del proceso, incluso en las zonas más apartadas.
Los meliponarios se extienden hoy por tres núcleos territoriales: el corregimiento La Linda y las veredas rurales del corregimiento de Jerusalén, en Sonsón, así como los sectores de Aquitania, La Cristalina y La Quiebra, que abarcan áreas de San Francisco y San Luis. Allí, los colmenares no solo son espacios de trabajo, sino también lugares de encuentro y aprendizaje colectivo.
Con una duración estimada de once meses, el proyecto se encuentra en fase de consolidación. Se espera que, hacia finales de este año, las familias participantes cuenten con meliponarios fortalecidos, estructuras organizativas sólidas y herramientas de gestión que les permitan posicionar su miel de manera asociativa y sostenible.
“A futuro, lo que queremos es que las 44 familias puedan desarrollar un ingreso propio derivado de esta actividad productiva. Tenemos confianza, porque hemos sondeado el mercado y sabemos que la miel producida por las abejas meliponas es muy apetecida. Quisiéramos que estas familias puedan obtener un ingreso estable”, agregó Pablo González.





