Sobre el volcán
De la edición impresa (Edición 311)
En los apuntes del viaje que hizo a Bogotá entre diciembre de 1862 y enero 1863, escribe Eduardo Villa Vélez que el indio de la sabana da la mejor prueba de su apocada torpeza al despreciar olímpicamente las maravillas de la naturaleza. El señorito medellinense se indigna sobre todo al comprobar que el susodicho nativo “mira el agua fresca que baja del alto del raizal y que se encuentra mejor a medida que se gana en altura, como insípida bebida de bueyes”. En un siglo en que nadie podía dárselas de poeta sin registrar su oficio cantando de modo sublime a las mágicas aguas del Tequendama, tanta simpleza aborigen podía resultar, efectivamente, provocadora. Hoy, sin embargo, las cosas han cambiado drásticamente y, para muchos, quizá resulte que la actitud más salvaje sea sorprenderse por las exuberancias del paisaje. Vaya esta crónica, última del año, como advertencia en una época en que, por el mucho asueto y los viajes que se dan, más de una vez estaremos frente a algo más que cauces de agua fresca.