Las ondas electromagnéticas afectarían la salud
De la edición impresa (Edición 314)
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Redes de internet inalámbrico en las oficinas, en las casas y en sitios públicos; electrodomésticos por doquier en las alcobas; redes eléctricas de alta tensión que cruzan las ciudades; en fin, toda una serie de aparatos y de infraestructura que nos prometen una vida más fácil, pero que también son productores de ondas de todo tipo que podrían tener efectos sobre la salud. Por lo menos así lo afirma Gustavo Adolfo Velásquez, un arquitecto que trabaja con el grupo Prhabuka Salud y Medio Ambiente y especializado en patologías de la construcción.
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Espero no levantar ampollas entre los arquitectos y diseñadores que eventualmente ponen sus ojos en esta columna, pues hoy me voy a meter en sus oficios, ya que he quedado encantada con el diseño y la solución funcional de una cocina que observé en un restaurante de carretera entre San Antonio de Pereira y La Ceja. Reconozco ser impermeable a los saberes del espacio, el color, el volumen y la funcionalidad, aspectos todos que cuando se conciben acertadamente, conforman en su conjunto el lugar perfecto para su disfrute; sin embargo, la cocina en cuestión está lejana a virtudes estéticas y es tal vez su extrema sencillez la que realza su estilo. Se trata entonces de un lugar sin pretensiones arquitectónicas, en donde bajo la sombra de un techo a dos aguas y en un rectángulo abierto, opera un comedor con mesones de madera cepillada que aforan más de 40 comensales y en donde la cocina o “zona de calor” se ubica en el centro proveyendo a diestra y siniestra de manera expedita a su numerosa clientela.
Las guías para el diagnóstico y el tratamiento aún están en evolución, y la investigación de la enfermedad está aumentando. Sin embargo, las intervenciones tempranas y la educación especial ayudan a los niños con el Síndrome de Asperger a aprender a usar sus fortalezas y a superar sus debilidades.
Hace unos 20 años tuve la fortuna de trabajar en EPM como auxiliar de interventoría en subestaciones de energía. Yo, pichón de inge-niero civil, admiraba la manera tan estricta y profesional con que construíamos –o mejor, hacíamos construir- cárcamos, por ejemplo. Los cárcamos son canales subterráneos dentro de las subestaciones para conducir cables entre una estructura y otra. Todos bien hechos, bonitos, todos ciñéndose con exactitud a las numerosas normas entonces vigentes. Cualquier imperfección menor, aún en lo meramente estético, era motivo para no recibir la obra al contratista. Y si la tenía que demoler y hacer de nuevo, ¡muy merecido! Justo castigo por no haber ejecutado bien la obra desde el principio. 
Posiblemente sea febrero el único mes del año en que todas las pelambres se alegran de estar en las aulas y de hacer sus tareas, desde los niños de preescolar que no veían la hora de volver a asolearse en las piscinas de pelotas hasta los universitarios que, ahora sí, van a tomar la cosa en serio y a mostrarle al mundo entero que en sus cabezas hay ricos filones de sabiduría. Sin embargo, algo hay en medio de semejante alegría que delata la impostura -o, más bien, la fugacidad- de semejante disposición: y es el ingenuo entusiasmo con que, creyendo que ahora serán leídas y disfrutadas, se exhiben en las vitrinas de los almacenes las obras clásicas de la literatura colombiana. Posiblemente uno llegue a creer que un muchacho de quince años, flamante dentro de su nuevo uniforme, quiera empezar bien sus estudios de álgebra para no verse penando a fin de año (a propósito: ¿existen aún asignaturas con números o ya fueron reemplazadas por rosados cursos de crecimiento personal?), pero ya es demasiado imaginarse que ese mismo bergante se dedique con interés a la lectura de María. 