LOS BARRIOS DE EL POBLADO
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Barrios de El Poblado

Santa María de Los Ángeles espera el cambio El Plan Parcial, la Vía Distribuidora, el destino final del Mónaco: una transformación en grande

El Chispero
El barrio está a la espera de lo que sería una cicatriz difícil de sanar; las autoridades responden con asombro

El de las tres quebradas y una sola calle
Arriba, en la última casa del barrio, en la carrera 15 con calle 9A, vive doña Ilduara.

Un excelente lugar para vivir
Serie Barrios de El Poblado (1997 - 1998) Así es como recuerdan su barrio los antiguos habitantes de Provenza, no sin un dejo de nostalgia.


Lalinde, el barrio que creció en las tierras de don Pablo

Serie Barrios de El Poblado (1997 - 1998)

Destruida en 1953, dominó las extensas tierras de los Lalinde. Su ubicación hoy correspondería a los terrenos vecinos a la finca Parma y a Isagén, por la calle 11A.
El último de los hijos Lalinde que se fue de El Poblado fue Ernesto en 1960. Para esa época, de la gran propiedad que había adquirido don Pablo Lalinde Bravo -su padre- en 1914 ya quedaba poco. “La única manera que aprendimos de ganarnos la vida fue vendiendo tierras. Eso fue lo que siempre hicimos”, recuerda hoy don Marco Antonio, otro de los hijos.

La finca que conocieron Ernesto y Marco Antonio cuando eran niños había sido comprada por 31 mil pesos a Cecilia y Paulina, las hijas de don Fernando Restrepo. “Eran como 20 cuadras”, según el recuerdo de Ernesto Lalinde.

Ese negocio de 1914 se hizo porque don Pablo quería tener una finca de recreo para pasar las vacaciones decembrinas con su esposa Evangelina Sánchez Angulo, con quien se había casado en 1909, y con sus hijos.

Realmente era grande. Sus límites eran la quebrada La Poblada y la finca Bretaña, por el sur; la finca Castropol -que comenzaba donde hoy es Presto de la Avenida El Poblado-, por el norte; la finca Villa Lucía de Paulino Londoño -hoy el Hotel Inter-Continental- por el oriente, y por el occidente la carretera vieja a El Poblado, hoy la carrera 43B. Puras mangas repletas de frutales y sembrados de café y maíz, y con una gran casa que las dominaba -la de la foto. No tenía nombre, sólo una especie de apodo: La Casa de El Poblado.

Don Pablo Lalinde Bravo. Fue el matrimonio de su hijo Marco Antonio con Luz Aristizábal Giraldo. Don Pablo nació en 1885 y murió en 1951 y a su apellido se debe el nombre de uno de los barrios de El Poblado.
Los Lalinde vivían exactamente donde hoy es el Pasaje Astoria, cerca del Club Unión. Pero en 1939 dejaron de utilizar la Casa de El Poblado como veraneadero y decidieron habitarla. “Todas las familias vecinas estaban dejando sus casas del centro y se estaban viniendo para El Poblado. Y mi papá quiso hacer lo mismo”, cuenta don Marco Antonio. De esas familias se recuerda a los Peláez Villegas -finca Bretaña-, los Restrepo Callejas -Castropol-, los Londoño -La Aurora- y los Mejía Saldarriaga -Manila.

La casa del centro fue entregada en arrendamiento al Astor y luego la vendieron a otro interesado por 360 mil pesos.

Con el paso del tiempo en esa finca llegaron a vivir don Pablo y Evangelina con sus hijos Olga, Pablo, Hernán, Gustavo y Darío, más los que aún viven y que contaron esta historia, Ernesto y Marco Antonio.

Se van los Lalinde

                                 

Ayer y hoy. De la casa que fuera de don Marco Antonio Lalinde hoy sólo queda una foto. En su lugar, una unidad de 50 apartamentos denominada Ardilleros de Lalinde. Hoy es la calle 11B con carrera 40.

La propiedad dejó de ser una sola cuando don Pablo decidió parcelar. “El quiso que todos los hijos ya casados tuviéramos nuestras casas propias y por eso entre 1942 y 1947 comenzó a construir siete casas en las partes altas de la finca”, recuerda Marco Antonio, quien ubicó la suya en los terrenos que hoy corresponden al edificio Ardilleros de Lalinde.

Tal vez esa decisión marcó el inicio de la salida de los Lalinde, de esos Lalinde, de El Poblado. Recuerdan Ernesto y Marco Antonio que el paso del tiempo permitió la combinación de unas ofertas económicas interesantes con esas maneras negociantes de la familia.

La especie de parcelación se vendió pedazo por pedazo, año a año. La lista de nuevos propietarios se multiplicó y cambió de apellido. Entre los que se recuerdan, Antonio Alomar, Javier Toro, Ramiro Mejía, don Teodoro el alemán, Alfredo Díez, Agustín Vélez y Juan Londoño.

Además, un derrame de valorización que fue pagado por don Pablo con las fajas que hoy ocupan una fracción de la Avenida El Poblado y la Estación de Policía, más la construcción de un tanque de Empresas Públicas en la parte alta de Castropol, le recortaron tamaño y le cambiaron de nuevo de propietarios a la finca.

Y así como a las 20 cuadras de finca, a la Casa de El Poblado también le llegó su hora. Fue en 1953, fecha de su destrucción. Dos años antes don Pablo había muerto y doña Evangelina decidió mudarse. Nuevos intereses la llevaron a tierra.

Hoy, a pesar del paso de los años, de los muchos dueños que hayan podido tener y del ritmo imparable de urbanización, aún quedan dos de las siete casas que una vez don Pablo Lalinde Bravo construyó; una, en arrendamiento y numerada con la 11B - 94, que fue de Olga, y la de Pablo, el hijo, ocupada ahora por Inmente.

El Lalinde de hoy

Don Ernesto y don Marco Antonio volvieron a recorrer las tierras donde vivieron hace más de sesenta años y que hoy son reconocidas con el apellido de su padre.

De inmediato se encontraron con un trazado muy diferente al que don Pablo negoció en 1914. Sólo va desde la Avenida El Poblado hasta la carrera 36, y el extremo norte va más allá de Presto, exactamente hasta la calle 14. El único límite que se conserva con el paso de 84 años es el de la quebrada La Poblada. Hoy las tierras que fueran de los Lalinde se denominan no sólo así, sino también Manila, Castropol y barrio Las Lomas Nº 1.

Uno de los vecinos históricos del barrio Lalinde y de El Poblado en general ha sido la cadena de supermercados autoservicio La Candelaria. El gestor del proyecto fue don Juan Luis Uribe, quien se reunió en 1954 con sus hermanos Diego, Hernán, Humberto y Gilberto, más los socios de la cadena bogotana Carulla y la firma Uribe Gómez. El capital inicial fue de un millón de pesos, dinero con el cual se comenzó la construcción del supermercado de La América, el primero de la cadena. Luego vendrían los de Villanueva, El Poblado y Bolivariana.
Don Ernesto vive en el centro y don Marco Antonio en Poblado Real, en el barrio Castropol. Después de muchos años volvió a vivir en El Poblado y se ha impuesto el ejercicio de caminar diariamente hasta La Candelaria. Por eso, dice, no sólo aún mantiene los recuerdos de todos los años que vivió por allí, sino que también ha podido darse cuenta de una parte de la interminable transformación del sector.

Los dos quisieron mostrarnos dónde quedaba la que ellos conocían como la Casa de El Poblado, así como las que don Pablo les entregó después de que se casaran.

Pero fue imposible. Dos construcciones inmensas no lo permitieron.

Sólo se salvaron dos de las casas de sus hermanos y otras que levantaron los dueños posteriores, entre ellas la de Alomar -hoy Forever.

No sabían de la presencia del hotel Park 10, menos que en Manila hay un cementerio, y mucho menos que desde hace tres años el municipio pavimentó los rieles que han servido de conexión entre Lalinde y Castropol. Es más, aún creían que se mantenía vigente esa condición impuesta por su padre en relación con el uso educativo que se le debía dar a la faja de tierra vecina de Manila donada por él. Ese día del regreso se dieron cuenta de que allí ya no estaba la escuela Francisco Herrera Campuzano y que en su lugar funciona una Comisaría de Familia.

¡Qué verraquera, cómo ha cambiado todo esto!, dijeron al mismo tiempo.



La finca iba hasta el aeropuerto

Serie Barrios de El Poblado (1997 - 1998)

Esta fue la segunda casa de la finca, en la que vivieron sus dueños hasta 1978. Desde entonces ha sido sede de restaurantes.
Originalmente la finca Villa Carlota iba hasta donde hoy es el aeropuerto Olaya Herrera. Luego fue reducida hasta el río. Eso era en el siglo pasado y sus dueños eran los bisabuelos de la actual propietaria. Entonces la finca estaba sembrada de café y caña de azúcar. Además había ganado, máquina de moler y tejar. Sus dueños vivían en “Medellín”, es decir, en el Centro. La casa principal era al lado del río, aunque el curso del río en ese tiempo no era el mismo de hoy y la única forma de cruzarlo era a caballo pues sólo había un puente, el de Guayaquil. A mediados de este siglo ese curso fue rectificado y canalizado para evitar inundaciones y para incorporar las zonas aledañas al futuro sistema vial de la ciudad que hoy incluye al metro.

Sin embargo, en la época a que nos referimos, con cada aguacero fuerte o en tiempos de invierno, el río cambiaba de cauce, se hacía unas veces hacia el oriente y otras hacia el occidente, cambiando los linderos de las fincas. Esa situación era aprovechada por el dueño de Villa Carlota, Fernando Escobar Ochoa, para extender su propiedad; por eso tenía enfrentamientos con el dueño de la finca Santa Fe, la del otro lado del río, el millonario Pepe Sierra. Sin embargo, cuentan que en política eran muy amigos debido a que ambos eran conservadores.

Fernando Escobar Ochoa fue una de las últimas personas en ser llevada al cementerio en coche mortuorio, en el año 1928, época en que ya había automóviles en Medellín. El fue el que construyó la casa de Villa Carlota que hoy se conoce y que alguna vez se llamó La Lomita.

Su hija Carlota Escobar se casó con el señor Jaime Bernal Moreno. Ellos vivían en el Centro, en una casa que ya no existe y que hoy estaría ubicada en la Avenida Oriental con Pichincha. La casa fue demolida para construir esta avenida.

Ellos tenían a Villa Carlota como una finca de recreo a la cual en principio iban a temperar en vacaciones o los fines de semana. En los años 40 se mudaron definitivamente allí. Aunque eso era como irse a vivir al campo, no se consideraba muy lejos pues ya existían la carretera a Envigado, actual carrera 43B, y el tranvía, que pasaba por esta misma calle. A Jaime Bernal, sin embargo, no le gustaba el campo porque según decía “el campo empobrece, embrutece y ennegrece”; prefería su casa del Centro.

En Villa Carlota vivieron hasta 1978 cuyos predios se fueron reduciendo paulatinamente con los pagos de valorización por las distintas vías de El Poblado, tales como las transversales y la avenida. El actual Vivero Municipal era un predio de la finca que fue cedido al municipio como pago de una de tales valorizaciones.

Hace unos diez años se construyó la nueva Villa Carlota, esta vez en la forma de condominio. Más de 80 familias que viven en los predios de la antigua finca.
En los años 80 Villa Carlota, como en el resto de El Poblado, vivió el boom de la construcción. A los predios de la antigua finca y de las fincas vecinas empezaron a llegar los condominios y las oficinas. Pinar del Río, Colinas de El Poblado, Parques de Villa Carlota y más recientemente Alcalá, son algunos de ellos.

La casa de la finca siguió en manos de sus dueños originales quienes la arrendaron. Los inquilinos pusieron el restaurante Shangai. Uno de los dueños del restaurante falleció y el socio devolvió la antigua casa de familia pintada de rojo y negro y llena de budas.

Después fue arrendada de nuevo y desde entonces funciona allí el Claustro de Villa Carlota el cual es uno de los referentes del barrio hoy en día.

Allí hubo explotación minera

El territorio que hoy se conoce como el barrio Villa Carlota no es exactamente el mismo de la antigua finca del mismo nombre. Otras fincas vecinas con el tiempo se convirtieron en parte de este barrio, aunque allí todavía se conservan casas de aquella época, habitadas por sus dueños originales.

Al lado de los nuevos y como testimonio del pasado, aun se conservan algunas casas de los tiempos rurales de El Poblado. Esta es la de Martín Montoya, todavía residente del barrio.
Una de esas es la de Martín Montoya, ubicada sobre la carrera 43B. Don Martín conserva una copia de la escritura de esa propiedad, registrada en el Estado Soberano de Antioquia, perteneciente a los Estados Unidos de Colombia, el 20 de febrero de 1880, frente al Notario 1º, Juan B. Zea. Esta casa aún hoy se conserva en buena parte como está descrita en esa escritura, con su fuente de agua, sus pájaros y sus ardillas.

Martín Montoya vivió antes en una casa ubicada donde hoy es el Banco Ganadero de la calle 1. Esta la vendió porque “el sector no progresaba”: le tocaba caminar desde allí hasta el Parque para poder tomar el tranvía o un bus. Eso lo motivó para trasladarse a la casa de la 43B, mucho más central en ese tiempo, años 50.

El es escritor y cuenta en un inédito libro suyo sobre distintos temas de El Poblado antiguo, cómo era por esos tiempos el sec- tor de Villa Carlota:

“El progreso de El Poblado acabó con las inundaciones, rastrojos y cañaduzales; con el famoso burro. Hasta su dueño pasó a la historia. Los muchachos olvidaron las caucheras y cerbatanas porque hoy, a Dios gracias, llegaron los deportes.

El río con sus curvas serpenteadas y debajo de los guaduales y carrizos, cabalgando en sus aguas, las balsas que bajaban de Sabaneta y Envigado con su carga para dejarla en el puente de San Juan donde quedaba la Feria de Ganado. En Pocos años se transformó El Poblado. Aquella playa de la juventud hoy cubierta bajo techo... el río canalizado; La Poblada, La Chorrera cubierta hasta el río, de la que contaban los viejos fue explotación minera en tiempos de la Colonia, en los contornos donde se levantan los edificios Alcalá y la torre pintoresca de Piemonte. Los viejos patriarcales de El Poblado se fueron acabando y los herederos vendiendo las casas coloniales para dar cabida a modernos conglomerados residenciales. Sí, el progreso dejando el pasado para la historia”.



El Poblado

Serie barrios de El Poblado (1997 - 1998)

Denominada años atrás como 2 de Marzo y actualmente como la Zona Rosa, la calle 10 ha sido el eje principal del barrio El Poblado y actualmente de polémicas entre ciudadanos y autoridades. Unos dicen que es zona comercial y turística, otros que residencial, otros que de las dos. El hecho es que muy pocos aceptan con gusto la presencia del otro y que las autoridades no han podido definir nada para nadie.
Versiones históricas apoyadas incluso en un monumento construido en el parque principal en 1966 por el Concejo Municipal afirmaron por mucho tiempo que esta parte central de lo que hoy se conoce como la Comuna 14 de El Poblado fue el origen de Medellín.

Pero realmente lo que aquí sucedió, según un informe de la Academia Antioqueña de Historia, fue la fundación de un resguardo de indígenas denominado El Poblado de San Lorenzo, el 2 de marzo de 1616 por Francisco Herrera Campuzano. La fundación de Medellín fue el 2 de noviembre de 1675 en el Sitio de Aná, a una legua de distancia de El Poblado.

Un nuevo monumento de la escultora Luz María Piedrahíta, contratado por la Secretaría de Educación, lo reafirma.

“El sitio donde se ha de hacer la población ha de ser el más cumplido que se pudiere y sano, que fácilmente se pueda entrar a pie y a caballo, de buenas aguas y fértil... Y sea el suelo y sitio conforme a la cantidad de la gente, y número que se ha de juntar conforme a la calidad y disposición de la tierra”, decían las normas de urbanización de Herrera Campuzano, respetadas hasta finales del siglo diecinueve, según el libro del Presbítero Javier Piedrahíta E., “Del Poblado de San Lorenzo a la Parroquia del Poblado”.

El Poblado a secas

En 1720 El Poblado perdería el nombre de San Lorenzo con la caída de su templo, pues las autoridades decidieron reconstruirlo en los terrenos hoy correspondientes a la Oriental con Ayacucho, en 1800. Y con templo nuevo, en ese sector se creó un barrio al cual se le denominó San Lorenzo.

Según los datos de Piedrahíta Echeverri, El Poblado sólo recuperaría su capilla 125 años más tarde, luego de que un vecino llamado Eusebio Restrepo solicitara a las autoridades eclesiásticas el traslado de la capilla de San Blas -se le había dado orden de demolición y clausura- a El Poblado. Se reconstruyó y se le identificó como la de San José.

La Parroquia de El Poblado

Por el número de habitantes del sector -1.926, según el censo de 1871- y la distancia con relación a la parroquia de Medellín -más de una legua-, entre otros motivos, un grupo de vecinos solicitaron que se erigiera a El Poblado como parroquia. La iglesia de San José ya tenía más de veinte años.

Pese a las voces encontradas de los habitantes, las autoridades dieron el sí el 1 de diciembre de 1876. La historia recuerda la posición a favor del Presbítero José María Gómez: “Tiempo ha que debió levantarse en El Poblado un monumento que recordara a los vecinos de todo este valle el hecho histórico de que fue allí precisamente en donde se predicó a los salvajes, sus habitantes, por primera vez el santo nombre del único Dios verdadero y en donde se hiciera conocer la religión del crucificado”.

De las fincas a El Poblado de hoy

Con sitios actuales, ese pequeño poblado estaba delimitado por el edificio Ovni, por el oriente; por el marco de la plaza, por el occidente; por el cementerio, por el norte, y por la calle 9, por el sur.

En sus alrededores se extendían casonas dedicadas a la vivienda, la ganadería y el recreo. De las de los últimos cien años se recuerdan la de los Gómez Martínez -hacia el Barrio Lleras-, la de don Manuel María Escobar -hoy el Palermo- o La Aurora de los Londoño Restrepo, la cual aún permanece ubicada al fondo de la carrera 38.

Otros sitios de la época fueron la casa de Antonio Vélez -hoy El Portal- o el Convento de las Carmelitas -Terracota.

Y llegó la Zona Rosa

Otro de los pasajes importantes de la historia del barrio es la transformación de algunas de las viejas casas en establecimientos comerciales hacia los años 90.

Luego el horario de funcionamiento del sector se amplió hasta la madrugada con la apertura de los establecimientos de la rumba y se creó la Zona Rosa.

La primera piedra de lo que hoy es uno de los sectores de entretenimiento más frecuentados en Medellín la puso el Blue Rock, negocio ideado en julio de 1992 por Jorge Cano, Carlos Uribe y Felipe Gómez e instalado en la casa que fuera de Pepa y Pachito Mesa.

Meses después, a su lado se abrieron Entropía, Berlín, La Cantina y Bóxer.

En la actualidad no existen datos exactos sobre el número de los establecimientos comerciales asentados en el barrio. El Cerca de El Poblado y la Inspección dicen que no lo conocen y la Cámara de Comercio de Medellín ofrece uno con un par de advertencias: A pesar de que continúan funcionando, muchos locales no han renovado su registro mercantil en los dos últimos años y otros tantos, como son sucursales, no aparecen como si fueran de aquí.

En todo caso, en este momento funcionan en el barrio y sus alrededores cerca de 1.100 establecimientos.


La Presidenta

“Muchas de esas tardes las pasábamos subidos en los árboles de pomo de La Presidenta, comiendo sus frutos que conseguíamos sacudiendo las ramas... Era todo un festín de dulce que pronto causaba el hastío.

... Los pomos eran los árboles tutelares de las quebradas del barrio y se decía que la semilla había sido traída de la India por el señor que tenía la finca Provenza...”: Fragmento de Vacaciones con Mara, un cuento de Sergio Salas R. participante del primer concurso literario La Historia de mi Quebrada, organizado por el Instituto Mi Río.

“Es una historia que siempre quise contar. Pasé muchos ratos en la quebrada y le tengo mucho cariño”, dice Sergio, nacido en Provenza y ganador del tercer premio.

En Vacaciones con Mara se cuenta de La Presidenta con sardinas y cangrejos, con abetos y aguacates; se habla de la quebrada que recorría lotes baldíos, hoy ocupados por decenas de viviendas.


El Palermo de San José

Otro de los vecinos del barrio de casi toda la vida es este colegio a cargo de las Hermanas Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora y fundado el 17 de enero de 1943.

De esa época se recuerda a la madre Olivia Ols, la fundadora; a Antonio Henao, padre de la parroquia de San José, y a Ramón H. Londoño, quien donó los terrenos de su finca Palermo para la construcción.

En el predio conviven actualmente con un convento, con la clínica Santa María de Los Angeles y con el Instituto Nocturno San Francisco de Asís y sus 150 estudiantes.

Las primeras matrículas registraron a 148 alumnos: 41 niñas y 27 niños en infantil, 67 niñas en media y 13 en secundaria. Ahora, según el corte de diciembre de 1997, El Palermo ha graduado 2.479 estudiantes.

“Dar a las alumnas una sólida cultura moral, intelectual y física que las prepare para su futura posición social” es su orientación.


La Loma de los 870 González Serie Barrios de El Poblado (1997 - 1998)
En la parte baja, cerca a Malusa y Mazatlán, por la carrera 35, está el sector denominado El Chispero


El Diamante

Serie Barrios de El Poblado (1997 - 1998)

Calles amplias y limpias, jardines cuidados. En El Diamante se respira un aire distinto, menos denso que el que hay dos cuadras más allá. Un barrio sin mácula, aunque en su pasado se encuentre que aquí vivieron Félix Correa Maya y Pablo Escobar Gaviria -su presencia nunca afectó la vida del barrio, a tal punto que si por algo se reconoce a El Diamante es por su tranquilidad, seguridad y calidad de vida.

Estos personajes son sólo anécdotas, aunque evidencian que lo que el barrio ofrece a sus habitantes es tan bueno que cualquiera lo quisiera tener.

El Diamante fue construido en la finca de Carlos Salazar, un bogotano que la tenía como lugar de recreo. Como con tantos barrios de El Poblado, el nombre de la finca se mantuvo cuando se urbanizó el sector.

Cuando el propietario de la época, Gustavo Rueda, decidió vender los terrenos de su finca para construir un barrio, la dividió por lotes y la organizó para atraer a los compradores. Eran los años 60’s.

En ese tiempo se llegaba a El Diamante por unos rieles que conectaban la carretera a Envigado con la portada del Club Campestre.

En esas condiciones llegaron las primeras familias al nuevo barrio. Cada quien hizo su casa a su amaño y se fue a vivir a una zona de Medellín que para entonces era considerada lejana.

La mayoría de esos nuevos habitantes venían de barrios tradicionales de la ciudad, como Laureles, buscando más espacio y tranquilidad para la crianza de sus familias.

34 años

El primer lote lo compró Darío Arango a los comisionistas Camilo Posada y Gustavo Navarro, hace 34 años. Siete meses después había construido su casa, gracias a una estricta planeación y a un seguimiento detallado de las obras.

En ese entonces el metro cuadrado era a 70 pesos y la construcción de una casa oscilaba entre 350 mil y 400 mil.

Familias como la Ochoa, Vélez, Arango y la de Tatino fueron los primeros pobladores del barrio El Diamante.

Dos años después de iniciarse la urbanización, ya se había construido la primera etapa del barrio. En ese tiempo no había acueducto de las Empresas Públicas, sino el tradicional de la finca.

A esas primeras familias les tocó vivir en una ambiente de tranquilidad y seguridad aún mayor que el de hoy en día. A pesar de la distancia del Centro de la ciudad, el barrio no estaba aislado pues estaba a 200 metros de la carretera que a los pocos años se convirtió en la Avenida El Poblado; además ya estaban establecidos los servicios de buses y taxis al sector.

Esas familias eran de matrimonios jóvenes con hijos pequeños, algunas de ellas bastante numerosas.

Con el tiempo todos esos niños formaron sus barras de amigos que crecieron en un ambiente sano y de camaradería.

El hermoso parque que hay en el centro del barrio fue alguna vez cancha de fútbol; las esquinas y antejardines eran zonas de juegos; las bicicletas y los patines rodaban por calles y aceras. En las calles se veía gente y se oían las risas y los gritos de los niños.

Esos niños crecieron, se casaron y se fueron a vivir a otros barrios.

El Diamante de hoy es un hermoso, bien cuidado y silencioso barrio. No es Medellín tampoco la misma ciudad, pero en El Diamante se pasó de la bulla de niños en la calle al silencio y la quietud de un asilo y a la mirada adusta de los celadores que vigilan las calles que antes eran públicas y hoy son privadas o semiprivadas, gracias a las experiencias que dejaron los vecinos mencionados al principio.

Se respira el mismo aire tranquilo y seguro que permite tener hermosas terrazas amobladas sin temor a que los amigos de lo ajeno las desalojen. Los jardines están bien cuidados y aunque algunos de los viejos vecinos vendieron sus grandes casas, El Diamante se da el lujo de haber evitado la invasión de oficinas y almacenes, clientes y carros, que tiene a punto de sucumbir a otros barrios. Sigue siendo para muchos el barrio más bonito de El Poblado.


Alejandría
Serie Barrios de El Poblado (1998 - 1999) John Uribe, el fundador de Paños Vicuña Santa Fe

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