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Jaime Uribe Mogollón es cinco veces campeón mundial de patinaje. Medallas que se han cosechado hasta con la vida en contra
Fotos Sébastien Herbiet

Por José Fernando Serna Osorio
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Jaime sintió que le arrebataban parte de su esfuerzo y, por supuesto, de sus sueños. Corrió, corrió y corrió como nunca lo había hecho en la pista. Esquivó en su camino pequeños obstáculos y otra personas que lo veían con cara de asombro. El rostro desencajado y pálido dejaba un rastro de susto y tristeza a su paso. Parecía un jaguar que iba detrás de su presa, aunque esta vez los papeles se habían invertido: la víctima resultó siendo él.

Se estaba acabando el sueño en un fría sala de espera en el aeropuerto El Dorado de Bogotá, la noche del 25 de agosto de 2016. Una pequeña muerte en vida para él, hasta ese momento, doble campeón mundial de patinaje. Jaime Uribe Mogollón estaba a minutos de montarse en un avión para Estados Unidos donde haría conexión con China, país al que iba a representar a Colombia. Una maleta con patines, pasaporte, visa y otras cosas se fueron en manos de un fugaz ladrón que esta vez le ganó la prueba de velocidad.

19 años atrás, en Sogamoso, un pueblo en el centro-oriente de Boyacá, nació y creció en el seno de una familia tradicional. Es el menor de tres hermanos. No fue consentido ni mimado, por el contrario aprendió a competir con talento en el patinaje, al que llegó a los 6 años después de ver a su hermana Sofía en las pistas de carreras. La vida fue dando giros, como él en la pista, y por designios laborales con su padre, Jaime Uribe, un ingeniero mecánico, la familia empacó maletas y migró a Envigado.

Atrás quedaron los amigos de la niñez, el profesor de patinaje Alejandro Marín, con quien aprendió las bases de esta disciplina y algunos recuerdos. Llegó al pueblo del Sur del Aburrá a los 8 años, pero solo los resultados de una vida de esfuerzos empezaron a dar réditos siete años después. “No era de los mejores, cogí medallas muy tarde, solo después que vine a ganar a nivel nacional”, comenta con honestidad en sus palabras Jaime.

El arrojo que tiene en la pista contrasta con sus palabras. Serio, inexpresivo y con lo justo narra las proezas que ha alcanzado con el Club de Patinaje de Envigado. Sus ojos claros inmóviles y la espalda erguida mientras dice con un dejo de tranquilidad que no recuerda exactamente cuántos título ha ganado. No es petulancia, así es su personalidad.

Aunque ha participado en certámenes internacionales anhela ganar en unos Juegos Panamericanos y en Juegos Nacionales, a estos últimos ya tuvo la experiencia de viajar, pero no participar, fue el suplente de los prestigiosos Pedro Causil y Edwin Estrada, múltiples campeones mundiales y reconocidos velocistas en todo el mundo. Por eso, en este deporte no tiene ídolos: “Qué voy a tener si he entrenado y soy amigo de los mejores”, dice.

Por convicción y gusto practica el deporte que hoy lo tiene como uno de los mejores en su disciplina en Colombia. No hay tiempo para la fiesta, ni esos planes que un joven de 19 años podría disfrutar. Un sacrificio que si bien es grande, no le genera desespero. Los últimos dos años se concentró en entrenar y de allí se vino una cadena de momentos de gloria en las pistas locales, nacionales e internacionales. Dos títulos en el 2015 en el Mundial de Patinaje abrieron una senda de títulos... y experiencias.

+ Mente + talento
Cuando se dio cuenta de que no había nada qué hacer, Jaime frenó en seco. Un escalofrío recorrió el cuerpo y sintió que se acababa el sueño. No fue una herida material, pero la mental era un golpe mucho más doloroso. El esfuerzo de tres meses y medio entrenando día y noche, pensando en Nanjing se habían acabado a horas de abordar el vuelo. Lo mismo pensó su madre Claudia, que junto a su esposo e hija viajarían a ver el Mundial en esta ciudad China.

En las cámaras de seguridad quedó el registro. Un hombre a las espaldas de Jaime en el aeropuerto arrastraba disimuladamente con sus pies el bolso con los patines, esos mismos hecho a molde de su pie en China y que se habían demorado seis meses en llegar. Sí dolían los 1.000 dólares que costaron, pero dolía más el no poder viajar al Mundial.

“El que se robó los patines, no sabe que se llevó. Un profesional no se los va a comprar porque están marcados con mi nombre y en el mercado negro los venderán por 100 mil pesos. Fue más lo que me perjudicaron a mí”, cuenta con nostalgia.

La carrera ahora ya pasaba al plano diplomático. Jaime se tuvo que quedar en Colombia dos días más y el resto de la delegación partió a territorio asiático. Ya no había visa americana y tocaba gestionar el documento chino, por lo menos, para viajar por Europa. Así fue. Unos nuevos patines llegaron por su patrocinador, Canariam, aunque tendría que amoldarlos en una semana, aguantando las ampollas y domándolos. Era superar una prueba física y mental.

Llegó tarde a China, pero llegó. Jaime sabía que tenía en sus piernas y así lo ratificó con tres oros, una plata y un bronce. Se bañó de gloria pese a las dificultades y demostró el potencial que tiene. En la tribuna, su familia orgullosa ondeó el tricolor nacional y vieron reflejado en la pista el amor y disciplina que inculcaron desde años atrás a esta “gacela” boyacoantioqueña.
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