Editorial
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Carente de sentido humano, ajeno a la tragedia, despreciativo del sufrimiento de los demás, este twittero va en busca de celebridad a costa del dolor colectivo. No ofreceremos ejemplos, no les daremos relevancia y resonancia

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Twitter y las demás redes sociales han venido desatando en el último lustro una democratización de la opinión en público. De expresar un punto de vista en el círculo íntimo, gracias a la tecnología se nos abrió la posibilidad de exponer análisis, propuestas, protestas y tomas de partido entre una audiencia de millones y con oportunidad de extenderse sin límites. A todos, sin exclusividad, no solo a columnistas o a periodistas.

Pero tener tecnología o no dirigirse cara a cara ante los interlocutores no nos libra de fijar límites. Límites que van mediados por el respeto, la consideración, la solidaridad o la compasión, y por elementos básicos de la comunicación como la precisión, la utilidad, el equilibrio o la verificación.

La reciente tragedia del club de fútbol Chapecoense puso de nuevo a prueba esos valores y elementos. Y no dista de lo que ocurrió con el plebiscito, la reforma tributaria y demás hechos que consiguen la atención en masa.

Twitter y las demás redes se movieron esta semana en al menos tres ámbitos: las expresiones de dolor y solidaridad, que despertaron gestos como el préstamo de vehículos para el rescate de las víctimas, la citación de traductores del idioma portugués o la convocatoria al tributo celebrado en el Atanasio Girardot el pasado miércoles. Aprovechar la tecnología, valerse de un aparato y una red para comunicar, unir, sumar. Y llevarlo a los hechos. Por supuesto, siempre habrá un reto: no pasar de la generosidad al caos por exceso de gestos solidarios.

Otro ámbito fue el de la “clase conversadora”, que ya se había dado a conocer en días de campaña política: trinos a pleno furor sin abandonar el sofá. Verso sin acción, con efectos que se pueden debatir como nocivos o inocuos.

Un tercer ámbito es el del pretendido humor. Carente de sentido humano, ajeno a la tragedia, este twittero busca de celebridad a costa del dolor colectivo. No damos ejemplos, no les daremos relevancia y resonancia, pero todos los leímos en los primeros instantes del reporte del accidente aéreo. A otros, el paso de las horas no les sirvió para controlar sus instintos carroñeros, al contrario les permitió afilar garras, que no ingenio.

Las redes sociales nos están regalando datos, masificación, oportunidad, inmediatez, vínculo. Basta de carroñería, basta de compartir imprecisiones, suposiciones y falsedades, ni entre la ciudadanía y muchos menos en los medios de prensa. Comunicar, unir, sumar y llevarlo a los hechos redundará en una mejor sociedad.
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