Sebastián Mejía
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Espero que el recital del pianista británico denomine la agenda musical futura y haga del 2017 un año lleno de presentaciones musicales más críticas y auténticas
/ Sebastián Mejía

Los devaneos homosexuales de Tchaikovsky, los intentos de suicido de Schumann, el alcoholismo de Sibelius, la desenfrenada vida sexual de Donizetti, ocultos tras la excesiva adjetivación del mundo musical académico europeo, necesitaban la llegada de una figura que regalara a las futuras generaciones las herramientas para la construcción de una relación más propia, íntima y original con la música.

James Rhodes (Londres, 1975) para muchos el renovador de la difusión pianística actual, y el impulsor futuro de la obra de los clásicos, no es un intérprete convencional. Sentado al piano, los tatuajes de su antebrazo opacan la presumida presencia blanca del teclado.

Su estadía en la ciudad, a propósito de la quinta edición del Hay Festival, reiteró a través de un recital y conversaciones públicas con el británico, la necesidad de rescatar la música de ese mundo acartonado, elitista y frío en que lo sumió el discurso tradicional de las clases dominantes, para encontrar en ella el motivo incuestionable para sostener una vida.

Sus ideas, necesarias en un entorno como el nuestro, resonaron directamente sobre un público cautivado por la honestidad de un músico caótico y sencillo, que a pesar de las formalidades del mundo musical “clásico”, se reúsa a usar frac en sus presentaciones estelares. Su peculiar manera de ser y esa necesidad casi vital de renovar las ideas sobre músicos, intérpretes y repertorios lo ha convertido en todo un fenómeno mediático desde el resurgimiento de su carrera en 2008.

Los detalles que dieron como resultado el músico visto en la ciudad, los cuenta su apasionante autobiografía: una crónica de abusos y extremos en donde el abandono del ego hace resurgir un músico decididamente auténtico que no teme tildar de “putos” a los compositores del canon musical europeo, a la vez que redescubre para sus lectores, piezas y compositores ocultos por la excesiva carga ética que la alta cultura ha vertido sobre la música académica.

El libro lanzado después de pleitos en tribunales que pretendían prohibir su publicación, se editó en castellano por Blackie Books en 2015 con el título: Instrumental: Memorias de Música, Medicina y Locura.

Sus palabras, entendidas dentro de los rigores sociales de nuestra ciudad, alientan a aquellos que a partir de una experiencia directa con la música, logran convertirla en una actividad catalizadora de sus problemas cotidianos. Problemas que aquejan, además, el día a día de gran parte de nuestros jóvenes.

Una personalidad enemiga de los prejuicios y los convencionalismos y un carácter forjado a partir de su experiencia musical en parte autodidacta, hacen de Rhodes el paradigma de músico moderno: activo en redes sociales, protagonista de series y documentales, acosado, lleno de demonios que no le avergüenzan, vestido de jeans, camiseta, chaqueta de cuero y zapatos deportivos. Su figura habla directo al oído de los nuevos músicos y enfatiza sobre la necesidad de no perpetuar inconscientemente las versiones musicales previas, sino en la necesidad de exteriorizar las obras del pasado a partir de un encuentro obligado con su propia identidad.
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