José Gabriel Baena Gaviria
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José Gabriel Baena Gaviria
Filósofo y escritor. Ha publicado varias novelas entre ellas El amor eterno es un sandwich express, La virgen luna y los siete de Urantia y Florecillas de Merlín de Asís. Ha sido colaborador de El Mundo, Kinetoscopio y la Revista de la Universidad de Antioquia.
 

 
 

¡Que pase el Rey…!

La visita del Rey a este pueblo montañero será única entre todas las eternidades

 
 

 
 

Medellín dos mil ochenta

La futurología debería ser un ejercicio cotidiano para mantener las mentes ágiles

 
 

 
  El Borges de Bioy Casares: ¡Oh Hipopótamo Totémico!

Los amores y desamores de Borges corren por allí también, a veces pintados de manera cruel
 
     

 
 

Persistencia del Mal

Mientras más atroces los crímenes en EU, mayores recompensas mediáticas reciben los criminales

 
     

 
 

 

Retrato oblicuo de mujeres tristes


Doña Clementina, Doña Juana Pastor, Doña María Gutiérrez Mejía con su adorable bigotito, Doña Mercedes 
 

En el gran vestíbulo del edificio principal de Suramericana, hoy utilizado apenas dos o tres veces al año como sala de arte, se presenta hasta octubre la muestra “Retrato de mujer” –Desde la Colonia a Débora Arango. Una exhibición singular, no cabe duda, donde el espectador raso puede apreciar en vivo una serie de pinturas hasta ahora ocultas al público –pues reposaban en exclusivos salones familiares-, al lado de otras más conocidas por su pertenencia a colecciones públicas, más una extensa selección de fotografías, en su mayoría del archivo de la Biblioteca Piloto.

Aplicando la llamada lectura “oblicua”, “diagonal” o “hipertextual” pregonada en los años 90 por los últimos escombros de la teología posmoderna que llegaron a nuestra ciudad, hicimos un recorrido por la muestra que por poco termina con nuestros huesos en el Mental de Bello. En efecto, el grueso de la exposición ofrece un panorama desolador y opresivo, lindando con lo patológico, de la “imagen” de las mujeres antioqueñas de 200 años para acá, prácticamente –quién lo creyera- hasta “nuestros días”.

Según se apunta en las notas explicativas, gran parte de las pinturas del siglo 19 (y agreguemos que aun del 20) fueron encargadas por una clase adinerada “compuesta por mineros, comerciantes, agricultores ricos, abogados”, es decir, por los esposos muy bien pudientes de estas mujeres a las que mantenían a buen resguardo en sus hogares, bajo muchas cerraduras y prohibiciones, mientras ellos se dedicaban a acrecentar sus fortunas y aventuras galantes y procreativas en el ancho mundo exterior (No hablaremos aquí de sus negocios, de la explotación del hombre por el hombre, etcétera, para no meternos en camisas largas). Así, el espectador que siga el recorrido planteado se encontrará desde mediados del 19 y hasta muy entrado el 20 con un desfile de mujeres muy tristes que miran a quien las contempla, congeladas e inermes, sin un brillito en los ojos, desde esa época de brumas, crucifijos, camándulas y miserias del corazón (algo de lo cual ha dado cuenta, en parte, la novelista María Cristina Restrepo).

Juro que pasé tres noches sin pegar ojo, perseguido por estas imágenes pavorosas de nuestras bisabuelas y tatarabuelas, las “matronas de la raza antioqueña”, y de quienes –por infortunio descargado sobre nosotros por una Providencia temible- venimos todos nosotros: Doña Fructuosa, Doña Filomena, Doña Teresa, Doña Ana Rosa y Doña Carlota (fotografías retocadas), Doña Clementina, Doña Juana Pastor, Doña María Gutiérrez Mejía con su adorable bigotito, Doña Mercedes, la señora de Don Feliciano, las monjas por todas partes, las madres viudas de los pintores, todo tan negro, tan gris, tan gris, tan gris, incluso en las tablitas pintadas de Rómulo Carvajal, con sus humildes mujeres sonsoneñas “haciendo oficio” en gélidos caserones.

Solo entrado el siglo 20 uno que otro rayito de sol rompe tanta tiniebla, con algunas mujeres pedronelianas, o de la muy desconocida Graciela Sierra (Bañistas, 1933), de Sáenz(muy bellas), pero Débora Arango vuelve y se tira en todo y remacha para siempre la vocación sufrida de las antioqueñas con su expresionismo impío y venenoso, lleno de furia, denunciante y lujurioso, en el puro borde del pecado mortal. Casi el único oxígeno de oh libertad que perfumas lo hallamos, vea usted, señora, en los cuadros de putitas y desnudos (el homenaje a Rendón de Pedro Nel, “La última gota” de Cano), la niña de las rosas, la campesina idílica de Santa Elena.

En cuanto a las casi 200 fotos del invaluable Archivo de la Piloto, la fotografía no miente, no hacen más que confirmar lo hasta aquí expuesto: una multitud de mujeres en trajes negros, rostros adustos, espíritus encorsetados por la religión, procesiones, enfermedades espirituales y matrimonios infelices y, como en las pinturas, escasas sonrisas de estudio que nos piden socorro desde sus silenciosos purgatorios. Y aquí nuevamente solo el toque impúdico de la pícara Kira, la bailarina extranjera que enloqueció a los caballeros del pueblo con sus transparencias y desvestiduras a finales de los 30 y principios de los 40 en el teatro Junín, nos remite a la sospecha de que por aquí pudo haber algo de la dulce, cálida y alegre concupiscencia terrenal.

En suma, el contenido de la exposición “Retrato de mujer” podría sintetizarse en la leyenda que va en la parte inferior de la pintura apabullante y pesadillesca de Doña Simona Duque (c. 1921), que reza: “He aquí un tipo digno de estudio, merecedor de alabanza y capaz por sí solo de ilustrar un pueblo”. Felicitaciones en todo caso a los curadores y asesoras de la muestra, por tantos meses pasados en mortificación y penitencia. Mil años de indulgencia plenaria.

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¿Hasta dónde llegan los derechos del Ayuntamiento?

Recomiendo a los funcionarios implicados que lean el magnífico cuento de Cortázar “La autopista del sur”, donde hallarán valiosos ejemplos y edificantes moralejas

 

Parodiando al mago español Anthony Blake, “todo lo que vais a leer no es más que un producto de vuestra imaginación”. Nunca será demasiado tarde para “filosofar con el martillo” –anotaba Nietszche-, acerca de un par de aspectos de la fiesta de las flores, extensibles a otros eventos de invasión masiva y abusiva que se realizan en Ciudad Fantasma, invasión que en efecto tiene una patógena semejanza con los neoplasmas que afectan los organismos. Para no ser tachados de neuróticos a morir, hablemos solo entonces del abominable estruendo y de las insoportables congestiones de tráfico que se apoderan del Valle de las Siliconas en tales ocasiones de “esparcimiento ciudadano”. Y hagámoslo en forma de preguntas:

Una: ¿Hasta dónde llegan los derechos del Ayuntamiento para ubicar en decenas de lugares de Motorcycle Town, incluyendo barrios residenciales, gigantescos tablados y pistas de baile con dudosa “música” amplificada a centenares de miles de vatios, en programas que se extienden a veces desde las horas de la tarde hasta casi la madrugada? Esta amplificación diseñada para subyugar especies jurásicas con discapacidad auditiva puede oírse, sin exagerar, hasta a más de un kilómetro de distancia, con el consiguiente perjuicio del sueño y la tranquilidad de los habitantes a quienes la tal música no solo les importa un bledo sino que los pone furiosos: ni qué decir de los ancianos, de los enfermos, de los que tienen que madrugar al arado completamente erizados por el obligado insomnio.

Dos: ¿Hasta dónde llegan los derechos del Ayuntamiento para cerrar largos tramos de vías principales durante “las fiestas”, produciendo las fenomenales congestiones de las que no acabamos de sobreponernos? El infarto vial del viernes 4 tuvo características históricas e histéricas, con incendio incluido. El taco de carros para entrar a Sin City (Ciudad Pecado) desde el sur arrancaba en “The Corner” (Léase: Ancón). Para ir desde The Treasure a la National University este cronista se demoró tres horas. Y es que un pobladito larguirucho como el nuestro, cuyas dos o tres “arterias” principales corren paralelas a la alcantarilla que llamamos río, se colapsa con solo cerrar una de ellas. ¿Cuántas decenas de miles de horas útiles perdimos entre todos los automovilistas y transportadores ese día abominable? En mi recalentado carro de balines viajaba un workaholic -adicto al trabajo- que por poco se deschupeta: sufre de la próstata. En todo ese viacrucis surrealista no vimos ni un “azul”. En diciembre, con los “alumbrados” eléctricos y humanoides, las estadísticas son de espanto.

Finalmente: desde hace varios años, quienes trabajamos hasta después de las 7 u 8 p.m. y debemos tomar después la callejuela (¿autopista?) hacia el sur, hemos perdido y seguimos perdiendo semana tras semana, también, infinidad de horas y de sosiego por el cierre de los carriles orientales en un tramo de más de 15 kilómetros para la ciclovía, todos los malditos martes y jueves de 7 a 10 de la noche. ¿Por qué no dejan esa actividad recreativa entre tinieblas solo para los soleados domingos? Dentro del “Plan de Lectura desde la Lactancia” de Ciudad Gótica recomiendo a los funcionarios implicados que lean precisamente el magnífico cuento de Cortázar titulado “La autopista del sur”, donde hallarán valiosos ejemplos y edificantes moralejas (internet: www.ciudadseva.com) de lo que puede suceder en un trancón. Y ahora repetid, repetid conmigo en voz alta: en los asuntos mencionados, ¿hasta dónde llegan los derechos del Ayuntamiento?

Enzima indigestiva: ¿De qué saco sacan los fu-turísticos estadísticos el dato de que 6 millones y medio de aldeanos disfrutamos la Flowers Celebration? ¿Acaso todo Vallestrecho se revolcó tres veces consigo mismo en esos diez días de aguardiente y éxtasis?

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 La Plaza de la Luz o el urinario más grande del Universo

¿Alguien en sus sentidos ha visto la luz que nos brinda la Luna nueva?


Cada seis meses, por julio y diciembre, me toca ser anfitrión de parientes o amigos que vienen de la USA o de Europa en plan de descanso. Este año se agregaron otros más de la India. Ya casi todos conocían lo poquito que hay que ver en la ciudad:Museo de Antioquia, Catedral, Metro con su cable (el Jardín Botánico está “en obras”), el Tesoro, y se me ocurrió una mala noche llevar a un grupo a ver la tan mentada “Plaza de la Luz” o de Cisneros (nombre oficial). Y fue la vergüenza y el horror.

Yo ya iba prevenido por un artículo de El Mundo (junio 25) sobre lo que podría encontrar allí, pero las literalmente sombrías expectativas fueron superadas con creces. La Plaza de la Luz, de noche, llena de tinieblas el espíritu. En efecto, al contrario de lo que su nombre anuncia, el lugar funge como antesala de los reinos oscuros, la suciedad, el delito. A poco de bajarnos de los taxis en que íbamos, las mujeres temerosas ya querían irse. Grupos de bazuqueros se agazapaban bajo escuálidos guaduales a prender sus antorchas contra el viento. Al pie de decenas de los centenares de falos de cemento que conforman la fallida escultura urbana había un charco de lo que ustedes se imaginan. Un vigilante se hacía el bobo, a lo lejos, en la esquina de la Biblioteca Epm. Las “luminarias” no alumbraban ni deslumbraban con sus futuristas luces digitales (inexistentes) activadas por la luna, como se anunciaba hace tres o cuatro años cuando se adjudicó el proyecto. Cogidos de la mano los visitantes (los únicos arriesgados a esa hora, 8 p.m.) huimos a saltos de canguro a refugiarnos en el Salón Málaga, en Bolívar.

La experiencia nos mostró la negación total de lo que se pregonaba en un documento en marzo de 2003, que transcribimos: “El bosque (sic) de Luis Fernando Peláez tiene algo cósmico. Será un bosque de 10 mil metros cuadrados. Con 365 postes de 25 metros de altura, que se encienden (sic); elementos desmaterializados: de metal; conformados por círculos y secciones transparentes por donde se proyecta más o menos luz, según la luna: menguante, creciente, nueva y llena. Y, en esas transformaciones, se definen los volúmenes. (…) Al bosque artificial se le agrega uno de guadua, que juega con sol y sombras en el día. (…) Hay callejones de agua, piso de pizarra y piedra que se transforma en banca. El público, al penetrar, le da sentido”. Pero, ¿alguien en sus sentidos ha visto la luz que nos brinda la Luna nueva?

Por ninguna parte vimos “ni pizca” de tan prometedora poesía. Los postes no son de 25 sino de 18 metros. No son 365 sino 300. No alumbran ni deslumbran segúnlos ritmos milenarios de la Luna sino que están ensayando iluminarlos con reflectores electrónicos que costarán millonadas. No hay dónde sentarse, aunque en el proyecto anunciaron 500 bancas. Los callejones de agua están secos y llenos de basura. A mediodía, el Sol derrite el cerebro. En suma, el pregonado “bosque cósmico” es lamentablemente cómico. Los nueve mil millones de pesos invertidos se han escurrido por entre los desagües del meadero más grande del mundo diseñado por una alcaldía: en Barcelona hicieron un urinario lineal gigante pero no tan costoso ni ostentoso. En esto sí tenemos el Guinness. Que me caigan los rayos y centellas de la furia del bonachón escultor Luis Fernando Peláez, pero estas cosas hay que decirlas y remacharlas. En Medellín no hay ni un solo parque que merezca ese nombre. Todo es una burda consagración del cemento. ¿Cuándo tendremos uno “de verdad”?

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