José Gabriel Baena Gaviria
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Una noción infantil de la feminidad, mitad gatito, mitad reina de las hadas, y cuando la confrontaba con la realidad retrocedía horrorizado
/ José Gabriel Baena

Como si estuviéramos viviendo en tiempos bíblicos, y quién sabe si no, todos los días se me derrumba uno de mis ídolos con pies de barro y pretendida cabeza de oro, y hace nada le tocó el turno a uno de mis críticos artísticos del siglo 19, quizá el único que hubo junto con Baudelaire. En uno de esos canales de TV, donde uno disfruta las cintas antes de que las pasen por los ya obsoletos teatros, ví una película notable especialmente por quien la escribió, la actriz británica Emma Thompson, Effie Gray, la vida de la desgraciada esposa del inglés John Ruskin.

Ruskin (1819) era hijo de un rico comerciante de licores, uno de los dueños de Domec. Ingresó por supuesto a Oxford en 1839 y se graduó en 1842. En 1843 apareció el primer volumen de Modern Painters, by a Graduate of Oxford, en el que Ruskin sostenía la superioridad de los paisajistas modernos sobre los viejos maestros. También se aplicó a otros dominios del arte en Las siete lámparas de la Arquitectura (1849) y Las piedras de Venecia (1851-1853), dicen algunos que su obra cumbre.

Ruskin formuló la teoría de que el arte alcanzó su cenit en el Gótico, un estilo de inspiración religiosa y ardor moral, a la cual se añadía la belleza abstracta de las cosas, basada en la forma, y de ahí su gran adoración por Fra Angélico. Pero señaló a Rafael como autor del pecado de pintar con más detalle unas partes que otras. Los alumnos de Ruskin fueron llamados prerrafaelitas. Él mismo señaló a este grupo como la esperanza artística de Inglaterra. Se equivocó. Una extraña mezcla de perfección pictórica, mística y mitos del rey Arturo.

Y aquí llegamos al punto frígido de este artículo: también es conocida su fascinación hacia la belleza de las niñas, lo que hoy sería un crimen. En 1859 Ruskin conoció en una escuela infantil de Wington a la que será más tarde su esposa, Effie Gray, de 12 años de edad. Según el famoso Kenneth Clark, Ruskin tenía: “...una noción infantil de la feminidad, mitad gatito, mitad reina de las hadas, y cuando la confrontaba con la realidad retrocedía horrorizado”. Los malos matrimonios modernos no son más extraños que el que cometió Ruskin con su jovencita, primera y única esposa. Historiadores reputados escriben que, en su noche de bodas, Ruskin se sintió tan aterrorizado a la vista del vello púbico de Effie que se rehusó a acostarse con ella, y para siempre. ¿Qué pasaba con Ruskin? Nadie lo supo. La escritora Emma Thompson parece aportar algo con su película. Sugiere que Ruskin rechazó a Effie porque su cuerpo desnudo, visto aquí como un melocotón ya ligeramente peludito y suave, no se parecía a la niña que había conocido en la bañera a los doce años, cuando él tenía 39 y de la cual supuestamente entonces se habría enamorado. ¡Qué sórdida época! En la película, Effie trata desesperadamente de que Ruskin se digne tocarla y desflorarla, noche tras noche, sin lograrlo, pobrecilla. Una historia de horror marital injustificable, ya que en su adolescencia Effie era curiosa, anhelante, suspiraba por la vida plena, deseaba vivir con ansias, y solo se anima un poco cuando conoce al célebre Millais, un pintor prerrafaelita.

La película se sostiene un poco merced a la fotografía, caminatas, paisajes. Una célebre bloguera inglesa, Jill Burke, aporta a la discusión sobre el horror anti-vello púbico de Ruskin afirmando que él pensaba que, como en el arte italiano del Renacimiento las modelos aparecían completamente sin vello, en la era victoriana todas las mujeres deberían ser así. Burke llama al Renacimiento “la edad de oro de la depilación”. Hoy, las razones de por qué las mujeres se depilan el sexo son tan variadas como ellas mismas, y basadas predeciblemente en el control que quieren asumir sobre sus cuerpos, “que tienden, –según Burke– a ser menos peludos y aterradores cuando jóvenes”.
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