José Gabriel Baena Gaviria
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Aparte de los muy difíciles casos que hay que resolver, el gran caso es el propio Sherlock, con su muy bizarra personalidad
/ José Gabriel Baena

Como siempre me ocurre, y para satisfacción de mis archienemigos, suelo llegar tardísimo a los acontecimientos mundiales (tardísimo es algo así como un minuto de retraso) pero en el caso de Sherlock, la serie de tv británica filmada entre 2010 y 2014, la demora fue como de un año. Llegué a Sherlock por medio del canal de suscripción Netflix y por insistencia de mi hermosa psiquiatra, quien me decía que allí aprendería alguna cosa –no hay que creer en los psiquiatras nunca pero así fue–. La serie, para los retrasados que no la hayan visto, es por supuesto otra más sobre el personaje de Conan Doyle, pero no otra del montón sino la mejor de todas en toda su historia. Fue desarrollada en nueve capítulos de hora y media –y otro más de una hora- recogiendo las historias contadas en otros tantos libros, quizá los principales, pero titulados con ligeras diferencias o alusiones, tales como –entre otros– Un estudio en rosa, Escándalo en Belgravia, Los sabuesos de Baskerville, El banquero ciego, La catarata de Reichenbach, La carroza fúnebre vacía, El signo de tres, etcétera. Ya se ha dicho en otros lugares que los guiones son “superplay” y que los dos actores principales que hacen de Sherlock y Watson son insuperables: Benedict Cumberbatch y Martin Freeman, mucho más Cumberbatch, y que la otra gran protagonista es mi muy amada Londres (a donde no voy hace cincuenta años). Los productores quisieron fetichizarla tal como está hoy, como hizo Conan Doyle a finales del siglo 19. El otro gran personaje impersonal es la costosa gabardina de Holmes, sin la cual no sale nunca a la calle. Y sucede que, aparte de los muy difíciles casos que hay que resolver, el gran caso es el propio Sherlock, con su muy bizarra personalidad. Un crítico de la BBC describe a Holmes como “un dinámico superhéroe en el mundo moderno, un detective genio llevado por el deseo de probarse a sí mismo que es más lúcido que los criminales y que la policía, y más que todo el mundo, de hecho”, que tuvo un pasado con drogas nefastas, con alcohol, etcétera, pero que ahora sólo usa parches de nicotina. Otros dicen que “este Holmes de ahora se describe a sí mismo como un sociópata de alto rendimiento” o “un hombre que vive por entero en su cerebro con ningún interés por el mundo exterior” y otro agrega que el Holmes que interpreta Cumberbatch “es frío, tecno y ligeramente aspergeriano” –esto es que padece o goza del síndrome de Asperger, una disfunción que forma parte del espectro autista–. ¡Pero qué aspergeriano tan fascinante! Debo confesar que me devoré las nueve películas entre un sábado y un domingo, más cinco documentales sobre cómo hicieron la serie, y quedé con ganas de más. Todos los capítulos te amarran a tu butaca, en mi caso un taburete, pero a mí especialmente me liquidó, dejándome de rodillas, Escándalo en Belgravia, basada en Escándalo en Bohemia, donde aparece por primera vez el personaje de Irene Adler, de la cual Sherlock se enamora ferozmente: una bella dominatriz sexual de alta gama, y muy desnuda, que conoce todos los perversos secretos de la monarquía, el Parlamento, gente del mundo rosa, en fin. En Su último voto aparece un maligno magnate del periodismo que también sabe demasiado, como Rupert Murdoch; un penúltimo episodio, muy gracioso, es el de la boda de Watson, donde Sherlock hace el discurso y compara el matrimonio con un asesinato “pues tarde que temprano uno de los dos tendrá que morir”. Pero basta ya. Suscríbanse a Netflix, nueve dólares al mes, y fascínense primero que todo con Sherlock.
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