José Gabriel Baena Gaviria
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Creo que sobreviví merced a la lectura y la escritura. Y a una frase de mi profesor de literatura secundaria: “Todos podemos ser literatos”
/ José Gabriel Baena

El pasado 29 de junio el mundo católico celebró con pompa y circunstancia la fiesta de San Pedro y San Pablo, mártires de esta religión: uno crucificado, uno decapitado: por tener la ingenuidad de irse a predicar a Roma, en la boca del lobo.

Pero lo que yo siempre recuerdo en esta fecha, cada año cumplido, es porque justamente en ese día magnífico hice mi Primera Comunión, el 29 de junio de 1960. En aquellos tiempos lejanos la Iglesia predicaba como dogma que solamente los niños pobres adquirían el Uso de Razón cuando hicieran la Primera Comunión a los siete años. Los niños ricos no necesitaban hacerla en el país porque los papás los llevaban a Europa, a París, etcétera, de donde venían supremamente inteligentes, pensando en cómo hacer dinero –a costa de los pobres–. Cuando uno no piensa en cómo hacer dinero a los siete años se jodió para siempre.

La víspera de la ceremonia era obligatorio un ayuno de por lo menos 10 a 12 horas, algo impensable, y entonces mi mamá, doña Gabriela, me dio a las ocho de la noche una gran taza de aguapanela con leche, con una velita de coco. Y entonces me fui a dormir pero no dormí nada pensando en el gran día. La ceremonia era a las ocho pero como éramos tantos niños se demoró hasta las diez, todos boquiando del hambre pero esperando con ansias el desayunito que ofrecía don Bernal, el adinerado de las máquinas de coser Singer, con franquicia para toda Antioquia. Bendito sea, porque desde una de sus camionetas vi la primera película de mi vida, proyectada contra el gran muro del único “edificio” que había en San Javier: El hijo de la choza, sobre Marco Fidel Suárez.

Ahora debo contarles que cuando recibí la Sagrada Forma, no sentí nada, ninguna iluminación beatífica, nada parecido a los rayos ardientes que calcinaban a los profetas del Antiguo Testamento. Sentí una inmensa decepción, es posible, porque a mi tierna edad esa palabra no figuraba en mi diccionario, aunque ya había leído “La metamorfosis” de Kafka en traducción de Borges, que debería prohibirse.

Mi mamá me llevó hacia el mediodía a tomarme una foto al estudio del insigne Francisco Mejía, foto que nunca vi, quizá porque aparecía muy dientón, pero don Guillermo Posada, artista pleno, me hizo otra más tardecito, que conservo con amor. Mi mamá aprovechó para comprarse en El Astor un litro de crema de ron con pasas, de donde me quedó una gran adicción

Lo demás fueron las fiestas, el gran bizcocho envinado, y lo mejor los numerosos regalos, un dominó, un juego de tute, un parqués de pura madera, un monopolio, que sé yo, ya la memoria no me asiste tanto como en esos tiempos remotos, pero recuerdo con fascinación una Vuelta Colombia en Bicicleta, un juego hermosamente colorido producido por la editorial Bedout, oloroso a nuevo en su gran caja, del cual aprendí mis primeros rudimentos sobre la geografía nacional, acaballado en las primorosas bicicletitas de caucho, verdes, rojas, amarillas, blancas.

Después del gran día todo volvió a la normalidad, a jugar el fútbol en canchitas barriales, mi calle no estaba aún pavimentada, y a corretear por esos montes de Dios, con sus inmensas quebradas, con sus guayabales, lulos, fresas morichales, pomas. Hasta muy arriba íbamos los niños, hasta al filo desde donde veíamos a Robledo y las fronteras y arreboles del Cauca… Me pregunto, ¿a dónde se fue ese niño que nunca fue iluminado por la fatal revelación, quizás, citando a Jean Genet, “el niño melodioso muerto en mí, mucho antes de que me cortara el hacha”? Creo que sobreviví merced a la lectura y la escritura. Y a una frase de mi profesor de literatura secundaria: “Todos podemos ser literatos”.
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