Gustavo Arango Toro
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Con tres frases Dylan destruyó todo el montaje de la industria editorial y se encargó de recordarnos que el impacto de una obra –una canción, una novela, un epigrama–, si es auténtico, es un milagro secreto en el corazón de quien la acoge
/ Gustavo Arango

Tal vez a Bob Dylan le gusta la música de Facundo Cabral. En su actitud frente al Nobel es posible hallar vestigios de los versos: “Doy la cara al enemigo, la espalda al buen comentario; pues el que acepta un halago empieza a ser dominado”. Algún crítico aplicado podría quemarse las neuronas demostrando que “No soy de aquí ni soy de allá” y “Like a Rolling Stone” son, en últimas, la misma canción.

Tal vez Bob Dylan es lector apasionado de las fabulas errantes y remotas de la India, donde los animales del bosque no dejan de advertirnos que el que adula es peligroso y busca algo. No sería raro que aparecieran tratados académicos sobre las influencias del Panchatantra en la actitud y las canciones del juglar americano.

Pero lo más probable es que la actitud de Dylan frente al Nobel la haya aprendido en las calles y recintos donde ha hecho su carrera. La calle es un libro vivo y suele tener más sabiduría que la que llega a los libros. Al fin y al cabo, los libros los escriben los raros del pueblo, mientras la sabiduría popular es una obra colectiva en la que escribe el mundo entero.

Con su ausente presencia en la entrega de los premios, Bob Dylan dio la espalda y la cara al mismo tiempo, y nos dejó la tarea de interpretar ese gesto ambivalente. Podría decirse que el mundillo literario ha recibido con frialdad su mensaje para la Academia Sueca. Pero lo cierto es que las palabras que leyó la embajadora de su país son una pequeña obra maestra que brilla más por lo que sugiere que por lo que dice.

Sin decirlo, Dylan dijo que –en asuntos literarios, como en todos los asuntos– la interpretación nunca depende de quien emitió el mensaje. Dijo una verdad certera sobre los fenómenos de masas: que es más difícil complacer a un grupo pequeño que a una multitud uniformada. Con tres frases destruyó todo el montaje de la industria editorial y se encargó de recordarnos que el impacto de una obra –una canción, una novela, un epigrama–, si es auténtico, es un milagro secreto en el corazón de quien la acoge.
El discurso fue modesto, sin llegar a la impostura. Dylan no negó que alguna vez, secretamente, hubiera deseado recibir el reconocimiento que le hacían. Pero, al decir que le parecía tan improbable como visitar la luna, se encargó de recordarnos que el artista verdadero no es el que busca los premios.

No quiso posar de excepcional. Al hablar de sus lecturas, mencionó los autores que todos han leído en los colegios. Después habló de Shakespeare como ejemplo para ilustrar la importancia de la autenticidad. Con soberbia elegancia, Bob Dylan denunció las intrigas y falsedades del mundillo literario. Nuevas generaciones de escritores hacen su obra movidos por la sombría idea de que, si no tienen éxitos notables, lo que hacen no vale nada. Leen a los que han ganado premios para aprender sus fórmulas. Son expertos en relaciones públicas y posicionamientos de mercado; en tramitar reseñas y bendiciones de vacas sagradas. Olvidan que al hacer eso se alejan de las actitudes más genuinas, se vuelven complacientes cortesanos.

Para Dylan, cuando el artista se proclama literato empieza a falsearse. Shakespeare nunca se detuvo a pensar que lo que hacía era literatura; estaba demasiado ocupado con los detalles de sus producciones teatrales: buscar actores, ajustar diálogos, conseguir un cráneo humano para Hamlet. La lección principal que nos deja la candorosa carta de Dylan es que el arte es una batalla íntima: el artista verdadero ha de sentirse tan grande como Shakespeare y, también, tan insignificante.

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