Gustavo Arango Toro
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La oposición ignora que cada vez que lo menciona lo legitima; que toda la energía que se invierte en prestarle atención y reaccionar a lo que dice o hace es una manera de darle poder sobre nuestras vidas
/ Gustavo Arango

No es posible prever las consecuencias que tendrá para Colombia y América Latina la elección de un pobre diablo como presidente de los Estados Unidos. Si me piden que intente ser profeta, yo diría que abran campo porque muchos volveremos con el rabo entre las piernas. Tampoco es necesario ser un economista para anticipar la crisis de las remesas que sostienen al borde del abismo a nuestros países. Cada día estará lleno de sorpresas dentro y fuera de este país del sueño que de pronto se ha tornado en un lugar de pesadilla.

Conocidos los resultados de las elecciones, algunos quisieron consolarse con la idea de que la cosa no será tan grave, que el pobre diablo exageraba para ganar votos y que había que darle una oportunidad. Dos semanas después, quedan pocos que piensen de ese modo. La mentira fue su caballo de batalla. El beneficio personal, su motivación. La miseria de su alma será nuestra desgracia.

Por más que mintiera en sus promesas, hay algo en lo que el pobre diablo no podía mentir; podía esconder sus intenciones, pero no su miserableza. Hay que ser un miserable para decir que podría dispararle a alguien en la calle y que de todas maneras la gente votaría por él. Hay que ser un miserable para presumir de las propias canalladas o para burlarse de los defectos físicos de la gente. Hay que ser un miserable, con un complejo de inferioridad aterrador, para vivir en una casa llena de oro como la suya: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Hay que ser un famélico de afecto, convencido de que no puede ser amado, para sentir tanto desprecio por la dignidad humana y tener que comprar la lealtad o la obediencia de quienes lo rodean. Hay que temerles mucho a las mujeres para odiar tanto a las mujeres. Hay que tener mucho miedo para querer aplastar todo intento de contradicción. Es preciso sentirse uno mismo muy poca cosa para querer obligar al mundo a que se ponga de rodillas. Hay que ser el peor malnacido de que se tenga noticia para condenar comunidades enteras a los ataques de las hordas que lo eligieron.

Lo que hemos visto después de las elecciones ha sido la continuidad de la actitud errática que caracteriza a un abusador. Porque el pobre diablo es un abusador y de la peor calaña; puedo reconocerlo porque he vivido relaciones con personas de ese tipo y, también, porque he conocido gobiernos similares. El abusador aísla, para que no lleguen a sus víctimas opiniones que deterioren su dominio. El abusador distrae: mantiene ocupadas a sus víctimas en asuntos sin importancia, para que no vean lo esencial. El abusador mantiene en vilo: nunca se sabe si lo que viene es un puño en la cara o un cariñito. El abusador destruye la autoestima de sus abusados; dice: “sin mí, no serías nada”. El abusador se nutre del miedo de sus víctimas; su secreto es que no se reconozcan como abusadas.

Una de las cosas que más me han fastidiado de estos días ha sido la repetición constante, en todos lados, a toda hora, del nombre del pobre diablo. La oposición ignora que cada vez que lo menciona lo legitima; que toda la energía que se invierte en prestarle atención y reaccionar a lo que dice o hace es una manera de darle poder sobre nuestras vidas. Me temo que los gringos cometerán el mismo error que cometieron los colombianos: pararle muchas bolas a un envenenado que quiere acabar con lo que su odio y su dinero no pueden obtener.

Prometo que en la próxima columna volveré a hablar de libros. Pero estos no son tiempos para esconderle el rostro a lo que pasa. Nos esperan frustraciones y dolor, muchas muertes e injusticias. Tendremos que enfrentar uno por uno los demonios que han sido liberados y ahora corren por las calles. Estoy presto a reaccionar como me toque. Pero ese pobre diablo no tendrá ni mi atención ni mi respeto. Él mismo se hará cargo de su propia destrucción.
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