Gustavo Arango Toro
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Anselmo dijo sentirse muy honrado y contento de tener por esposa a una mujer virtuosa y bella, pero le confesó a su amigo que lo venía carcomiendo la duda. “Por eso te pido que intentes seducir a mi mujer. Sólo al comprobar que se resiste a tus avances, tendré certeza absoluta”
/ Gustavo Arango

Cuentan que en Florencia, hace ya un tiempo, vivían dos mancebos principales, de amistad tan entrañable que costaba imaginarlos separados. Crecieron juntos y tenían costumbres similares. Se llamaban Anselmo y Lotario, pero se les conocía como “los dos amigos”. Su mayor diferencia era que Anselmo se inclinaba a los asuntos amorosos y Lotario encontraba placer en las agitaciones de la caza.

Había en la ciudad una doncella tan hermosa, tan de buena familia y virtud, que hizo nacer en el enamorado corazón de Anselmo la voluntad de casarse. Como “los dos amigos” no hacían nada sin consultarse, Anselmo pidió a Lotario consejo sobre el asunto y, ante la aquiescencia del segundo, acordaron que Lotario pediría a nombre de su amigo la mano de la doncella.

Pasadas las emociones de la boda, llegada la resaca de la vida cotidiana, Anselmo notó que su amigo se ausentaba y decidió reprochárselo. “No está bien”, respondió Lotario, “frecuentar de igual modo a los amigos después de que se casan”. Pero Anselmo insistió en que volviera a visitarlo como antes y que, si no lo hacía, tomaría su actitud como una ofensa.

Un día en que paseaban por el campo, Anselmo sorprendió a su amigo con unas cavilaciones extrañas. Dijo sentirse muy honrado y contento de tener por esposa a una mujer virtuosa y bella, pero confesó que lo venía carcomiendo el gusanito de la duda. “Es fácil la virtud cuando no hay riesgo de caer”, dijo Anselmo. “Por eso te pido que intentes seducir a mi mujer. Sólo al comprobar que se resiste a tus avances, tendré certeza absoluta de su virtud sin tacha”.

Lotario reaccionó escandalizado. Dijo que no se prestaría para un negocio en el que todos tenían mucho que perder. Pero Anselmo insistió en que, si no lo secundaba, buscaría ayuda de otro. Viendo que lo de Anselmo se tornaba en obsesión, Lotario fingió estar dispuesto a participar en la farsa.

Cierta noche en que Lotario estaba invitado a cenar, Anselmo dijo que tenía que ausentarse por un negocio urgente y le pidió a su esposa que atendiera a su amigo de la mejor manera. La mujer obedeció, pero –temiendo por su honra– siempre estuvo acompañada por su criada. Lotario no intentó ningún gesto indecoroso y la velada transcurrió sin novedades.

Anselmo regresó de su viaje y preguntó a su amigo por lo ocurrido. Lotario le dijo que había hecho lo acordado, que la mujer había respondido con la honradez que era de esperar y que lo había amenazado con contarle a su esposo si insistía en su necedad. Pero Anselmo no quedó satisfecho. Ordenó a su amigo que insistiera y, esta vez, se ocultó en su propia casa para ver lo que pasaba. Grande fue su disgusto al comprobar que su amigo no intentaba propasarse con su esposa y, a la primera ocasión, le recriminó ese gesto que consideró desleal.

Anselmo forzó tanto las cosas que al final encontró la perdición. Organizó un largo viaje y ordenó a su esposa que atendiera las visitas diarias de Lotario. De ese modo, el contacto permanente, la simpatía y la belleza encendieron un fuego incontrolable.

El final de la historia es desolador. La servidumbre pierde el respeto por sus señores y la casa se llena de conductas licenciosas. La amistad de los amigos queda rota. Anselmo muere escribiendo el testimonio de sus faltas. La esposa termina recluida en un convento y suspirando por su amante. Y Lotario, acosado por la culpa y el deseo insatisfecho, se enlista en un ejército y muere en una batalla.

Se ha dicho que la historia de El curioso impertinente es un relleno en la intrincada narrativa del Quijote –el mismo Cervantes simula estar de acuerdo con esa idea. Pero a mí me parece necesaria, pues separa la locura inspirada de Quijada de la simple y popular estupidez.
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