Carlos Arturo Fernández U.
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Las sutilezas de la pintura obligan a mirar de cerca, una estrategia con la cual el artista pretendía que la persona se sintiera inmersa en la obra. Pero no es el juego de colores ni las relaciones formales lo que le interesa
/ Carlos Arturo Fernández U.

Casi siempre la obra de Mark Rothko (Daugavpils, Letonia 1903 - Nueva York 1970) nos deja sin palabras. Por eso, estas líneas quieren ser, ante todo, una invitación y no tanto un discurso crítico o histórico.

El Museo de Arte Moderno de Medellín nos ofrece en estos días la posibilidad de tener una de las experiencias más intensas que pueden encontrarse en el arte actual y, en sentido general, en toda la historia del arte. En el marco de la exposición De lo espiritual en el arte. Obertura, planteada por María Iovino como curadora, se encuentra un montaje especial de la Capilla Rothko, de Houston (Texas) que, además, se acompaña a lo largo de todo el día con la reproducción de la música que Morton Feldman compuso para el espacio original de esa capilla. En realidad, es la oportunidad para enriquecerse interiormente con la profundidad de una especie de obra total.
Capilla Rothko. Foto cortesía

Pero, aunque uno se quede sin palabras, quizá algunos datos pueden ayudarnos a ubicar esta obra.

Siendo él muy niño, la familia de Rothko emigró a Norte América en condiciones económicas complejas que también dificultaron su educación. No tuvo un acercamiento temprano a la formación artística y solo comenzó a exponer sus obras a mediados de los años 30, en momentos en los cuales Nueva York asiste a la llegada masiva de artistas, críticos, teóricos, galeristas y todo tipo de personas vinculadas al mundo del arte, que huyen de Europa ante el inminente estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Entonces, mientras la ciudad se convierte en la capital mundial del arte, surge una generación de pintores norteamericanos que, por primera vez, plantean un arte propio que ya no sigue los caminos dictados desde el Viejo Mundo sino que manifiesta la cultura cosmopolita que se vive. Es la llamada Escuela de Nueva York o la generación del Expresionismo Abstracto que impone maneras de trabajar radicalmente nuevas, como en el caso de Jackson Pollock que crea pinturas dejando chorrear los colores sobre las telas extendidas en el piso. El momento es de absoluta libertad y total reivindicación de la propia personalidad; y así, junto a un arte frenético, estridente y a veces incluso violento, se encuentra también Mark Rothko con pinturas aparentemente abstractas y serenas. Pero él afirmará muchas veces que no es un pintor abstracto y que concibe sus obras como un drama.

En general, las pinturas de Rothko son de gran formato, verticales, en colores que se fueron haciendo cada vez más oscuros. Y sobre ellos no hay casi nada: en un fondo aparentemente uniforme parecen flotar rectángulos o cuadrados de colores contrastantes; pero, en realidad, todas las superficies son de colores vibrantes, las formas nunca son rectas ni están distribuidas simétricamente en el cuadro. Las sutilezas de la pintura obligan a mirar de cerca, una estrategia con la cual el artista pretendía que la persona se sintiera inmersa en la obra. Pero no es el juego de colores ni las relaciones formales lo que le interesa y, por eso, niega que sea un pintor abstracto.

Cuando uno se aproxima a los cuadros de Rothko percibe casi automáticamente que ingresa a un espacio sagrado que invita al silencio y a la mirada interior; un espacio que, por eso mismo, parece no necesitar de otras voces que nos acompañen o nos expliquen lo que experimentamos, porque es obvio que cada uno de nosotros conoce mejor que nadie sus propias experiencias. Y la que se tiene con la obra de Rothko, si nos dejamos llevar por ella, es tan directa y potente que, a la manera de una experiencia mística y religiosa, sentimos y sabemos que se nos comunica de forma personal. Y, según las propias palabras del artista, lo que le interesa expresar son las emociones humanas más elementales: la tragedia, el éxtasis, la fatalidad del destino; una experiencia religiosa que Rothko espera que sea tan profunda como fue la suya al pintar sus cuadros. Por eso, quien solo mira los juegos de formas y colores, pierden los valores esenciales.

Entre 1966 y 1969 pinta un conjunto de 14 óleos para ser instalados en el interior octogonal de la capilla construida en Houston por el arquitecto Philip Johnson. La profundidad de esta obra de arte permitió que la Capilla Rothko se convirtiera en un espacio de reflexión espiritual, abierto a todas las creencias y corrientes de pensamiento, auténticamente ecuménico, donde, a través de la introspección, las personas buscan los fundamentos de su existencia.
Una razón más para visitar las salas del MAMM.
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