Bernardo Gómez Cortés
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En Belén se palpa la ternura del misterio de Dios hecho hombre. Que no se nos olvide por qué una vez al año se habla de ángeles, pastores y pañales
/ Bernardo Gómez

El evangelio de Lucas nos proporciona algunos detalles maravillosos que dan cuenta del verdadero sentido de la Navidad que no podemos perder de vista en estas fiestas.

Los que reciben el anuncio del ángel para ir al pesebre no son los poderosos del pueblo, los influyentes o ricos, sino unos pobres pastores. Este detalle histórico resalta la humildad y pobreza del Salvador.

En la actualidad, los pastores gozan de simpatía y aprecio; en nuestro imaginario son personajes idílicos y casi mágicos, los podemos encontrar en las grandes cadenas de almacenes en época decembrina, los hay de todos colores, materiales y tamaños. Sin embargo, si nos remitimos a la verdadera historia, encontraremos que los pastores eran despreciados. Su vida nómada les impedía cumplir los preceptos de la Torá, les hacía vivir fuera de la observancia de la ley. Tenían mala fama; el Talmud dice que se les tachaba de ladrones, pues con frecuencia apacentaban sus ganados en los campos de otros, y no podían ser testigos en un juicio. Ya desde el primer momento de la venida del Mesías, la salvación es para los pobres y marginados. Ellos acudieron al pesebre para ofrecerle a Jesús el obsequio de sus penurias.

Los ricos prepotentes, ciegos por sus intereses, quedaron fuera de tan glorioso acontecimiento. De ese modo, Jesús hace notar la predilección por los pequeños y los excluidos, pero también por aquellos que, venciendo el materialismo, son capaces de salir de su egoísmo y atreverse a compartir con los más débiles porque saben que también son nómadas en este mundo, que hay que andar ligero de equipaje y la mejor manera de hacerlo es compartiendo lo poco o mucho que se tiene.

Solo los que se hacen pobres consiguen descubrir la riqueza en la pobreza. Únicamente los humildes y los que comprenden que su mayor tesoro es el Señor. Por eso pueden considerarse bienaventurados por la gran misión que realizan al anunciar a todos la buena nueva de la liberación que viene de Dios.

Hace unos días transmitieron por televisión una interesante entrevista realizada al presidente de Uruguay, José Mujica, quien afirmaba de manera vehemente: “Yo no soy pobre, pobres son los que creen que lo soy. Tengo pocas cosas, es cierto, las mínimas, pero solo para poder ser rico”. Esto es muestra de que hoy también existen verdaderos pastores, tal vez ya no usan cordeles en la cabeza o cayados para ahuyentar a los lobos, pero sí conservan un corazón limpio que les concede el privilegio de reconocer al Mesías en un pesebre, envuelto en pañales. La Iglesia ha visto en este signo una expresión de la debilidad, fragilidad y limitaciones a las que se ha sometido Dios al encarnarse.

En esta escena se contrapone la gloria del Señor que envuelve a los pastores, y los pañales que envuelven a Jesús. Los pañales son signo de pequeñez, de fragilidad, de precariedad, son muestra de los cuidados maternales de María a los que se unieron los paternales de José. De ese modo Jesús creció y llegó a la plena madurez. Ahora somos nosotros quienes podemos cuidar a Jesús, siendo pañales para los hambrientos, marginados, excluidos.

Muchos cristianos de nuestros días realizan en el amor a los necesitados su encuentro con el Señor. Un día descubrieron que Dios no era invisible, que su rostro se multiplica en el rostro de sus criaturas sufrientes y decidieron sacrificar su vida para salvar a las otras vidas.

En Belén se palpa la ternura del misterio de Dios hecho hombre. Que no se nos olvide por qué una vez al año se habla de ángeles, pastores y pañales.
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