Alfonso Arias Bernal
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Sentimos temor de enfrentarnos solos a nuestras dudas y temores. El miedo a la autodeterminación nos lleva a aceptar de manera acrítica dogmas, lo cual nos resulta muy cómodo y tranquilizador

/  Alfonso Arias Bernal

Cuando lo que se dice corresponde a los hechos, estamos frente a la verdad. Pero, ¿cuáles hechos? ¿estamos seguros de qué (o cómo) es la realidad? Tenemos ciertamente una imagen del mundo que hemos formado en nuestra mente a partir de las sensaciones que percibimos, pero nada nos garantiza que esa imagen y que esas percepciones correspondan a “la realidad”. Podemos no obstante tomar la decisión de confiar en nuestros sentidos, y de hecho es lo que hacemos constantemente, pero en último término siempre quedará espacio para la duda: el mundo que creemos conocer podría ser una alucinación o un engaño. También puede ocurrir que el asunto del que se habla sea incognoscible o indecidible, como ocurre algunas veces en lógica, en matemáticas y aun en la física. En este escenario la certeza absoluta simplemente no puede existir, pues nunca podremos estar completamente seguros de que lo que llamamos verdad, realmente lo sea.

 Por definición, nunca podremos decir nada con respecto a qué tan reales son nuestras percepciones, pues son ellas (nuestras percepciones) las que nos ofrecen la única versión del mundo que conocemos; no tenemos un segundo mecanismo independiente que nos proporcione una idea “real” del mundo con la cual pudiéramos contrastar la nuestra. Por otra parte, la idea del mundo que hemos creado en nuestra mente, aun cuando muy eficiente y funcional, es extremadamente imprecisa. Podemos mejorar las percepciones con instrumentos y equipos muy poderosos, pero siempre nuestras observaciones irán a acomodarse en el lugar que les corresponde según nuestra imagen del mundo, tan incierta. Por esa razón, la ciencia es autocrítica y humilde, y considera que todas sus proposiciones son en principio falibles, refutables, mejorables, y en esa medida provisionales. La verdad que se verifica al confrontar nuestras afirmaciones con los hechos, se llama verdad de correspondencia.



Otro tipo de verdad (también puede verse como un caso particular de la verdad de correspondencia) se da cuando los hechos con los cuales se contrasta una afirmación no son hechos externos a nosotros, sino hechos internos que ocurren en nuestra mente; es decir, cuando confrontamos una afirmación con todas las otras creencias que tenemos y que damos por verdaderas. Esta suele llamarse verdad de coherencia. Las verdades de la lógica y de las matemáticas (ciencias formales, en oposición a las ciencias fácticas, según las clasifica Mario Bunge), por ejemplo, son verdades de coherencia, y su validez depende de que se haya llegado a ellas mediante operaciones permitidas y sin entrar en contradicción con los axiomas o con otros postulados demostrados verdaderos. Este tipo de verdades no necesita contrastación con los hechos externos pues su validez surge de su propia coherencia.

Hay además un tercer tipo de verdad muy diferente a las ya expuestas; se da cuando existe una correspondencia entre “lo que se dice y lo que se piensa”, con independencia de si “lo que se piensa” es en sí mismo verdadero o falso. Por ejemplo, si el lunes digo, “hoy es martes”, y yo realmente creo que hoy es martes, estamos ante una afirmación que es en principio falsa, pero que sin embargo es también verdadera en un sentido, pues estoy siendo consecuente con lo que creo; estoy siendo sincero, digámoslo así. Es lo que podría llamarse la verdad psicológica.
Tal vez no sea exagerado afirmar que las mayores desgracias de la humanidad han surgido de este modo: hombres convencidos de la veracidad de sus doctrinas arrastran irracionalmente a las multitudes a imponer con violencia sus ideas. Por esa razón quizás no haya nadie tan peligroso en el mundo como aquél que tiene la convicción de poseer la verdad

La verdad psicológica con su relativismo introduce mucha confusión y con frecuencia nos sentimos tentados a pensar que si cremos algo muy fervientemente es porque debe ser cierto. Creemos que mostrándonos muy convencidos de lo que decimos estamos agregando algo de veracidad o al menos de credibilidad a nuestras afirmaciones. Se confunde la sinceridad (verdad psicológica), que es la correspondencia con lo que se piensa, con la verdad (verdad de correspondencia o de coherencia), que es la correspondencia con los hechos ya sean éstos internos o externos.

Además, algunos autores sostienen que el proceso de formación de gran parte de nuestras creencias sigue los siguientes pasos: a) Escogemos un grupo al que queremos pertenecer. b) Nos afiliamos a ese grupo. c) Aceptamos sin mayor filtro las afirmaciones que en ese grupo se tienen por ciertas. Las “verdades” de este tipo se denominan dogmas (o también “verdades de consenso”).

Un buen ejemplo de este proceso se observa en las religiones, cuyas afirmaciones son además, en su mayoría, inverificables. Pero es también común este proceso en relación con ideas estéticas, políticas, éticas e incluso científicas. Sentimos temor de enfrentarnos solos a nuestras dudas y temores; no queremos asumir la responsabilidad de formarnos ideas propias. El miedo a la autodeterminación nos lleva a aceptar de manera acrítica los dogmas de los grupos a los que nos hemos sumado, lo cual nos resulta muy cómodo y tranquilizador. Estos mecanismos explican fenómenos de pérdida de la individualidad como la masificación y el fanatismo que tan frecuentemente aparecen a lo largo de la historia.

Tal vez no sea exagerado afirmar que las mayores desgracias de la humanidad han surgido de este modo: hombres convencidos de la veracidad de sus doctrinas arrastran irracionalmente a las multitudes a imponer con violencia sus ideas. Por esa razón quizás no haya nadie tan peligroso en el mundo como como aquel que tiene la convicción de poseer la verdad.

André Gide nos dejó al respecto este prudente consejo: “Cree a aquellos que buscan la verdad, duda de los que la han encontrado”.
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